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Nazarenos caminan en procesiónGetty Images | Francisco Javier Ortiz Marzo

Ni dieta milagro ni moda pasajera: por qué se ayuna en Cuaresma y cuál es la diferencia con la abstinencia

La Iglesia propone buscar una transformación interior profunda, recordando que la privación voluntaria de alimento es solo el medio para disponer el espíritu ante la gracia y los gozos de Dios

Lejos de las tendencias actuales de bienestar físico o el tan mencionado ayuno intermitente que inunda las redes sociales, el ayuno cristiano se presenta como una propuesta espiritual que va mucho más allá de saltarse una comida. No se trata de un recurso para alcanzar una 'dieta milagro', sino de una práctica esencial de la vida cristiana que busca la conversión del corazón, fundamentada en una tradición bíblica y teológica que se remonta a los primeros siglos de la Iglesia.

Raíces en el desierto

Esta praxis hunde sus raíces en el Antiguo Testamento y fue una práctica habitual en el pueblo de Israel. El propio Jesús, antes de comenzar su ministerio público, ayunó durante cuarenta días en el desierto, dejando claro en el Sermón de la Montaña que esta disciplina debe vivirse con humildad y no con «cara triste como los hipócritas» para ser eficaz. Como bien enseña el Catecismo de la Iglesia, estas privaciones no son meras penas, sino que «disponen al hombre para los gozos de Dios», permitiendo que el alma se abra a la gracia al dominar los deseos del cuerpo.

Actualmente, la Iglesia establece como obligatorios solo dos días de ayuno y abstinencia: el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Sin embargo, la abstinencia de carne los viernes de Cuaresma sigue siendo un pilar fundamental en recuerdo del sacrificio de Cristo en la cruz. En la antigüedad, la carne simbolizaba el alimento de los ricos y el placer; por ello, abstenerse de ella se convirtió en un signo de renuncia y penitencia. San Basilio de Cesarea ya en el siglo IV definía el ayuno como el «arma que nos libra de la esclavitud del pecado».

Más allá del plato

Pero la verdadera penitencia no puede quedarse en el estómago. San Juan Crisóstomo advertía que de nada sirve ayunar de comida si no se ayuna también de «malas palabras, de ira y de rencor». También cobran fuerza propuestas como el «ayuno digital». El Papa Francisco recordaba que la Cuaresma es un tiempo propicio para «apagar la televisión y abrir la Biblia», buscando esa reorientación radical de la vida hacia Dios.

Y hace unos días, el Miércoles de Ceniza, el Papa León exhortaba a los fieles en la audiencia general a «ayunar de gestos y comentarios que hieran a los demás y nos alejen del Corazón misericordioso de Jesús», recordando además a los peregrinos que este tiempo litúrgico es propicio para el encuentro con Cristo a través de la confesión y las obras de misericordia.

Para que el ayuno no sea un fin en sí mismo o un sacrificio vacío, el Magisterio de la Iglesia insiste en que debe ir acompañado de la oración y la limosna. Esta atención a Dios y al prójimo es lo que da sentido a la renuncia. Como bellamente expresó San Agustín, «el ayuno y la limosna son las dos alas de la oración, que la elevan hasta el cielo», permitiendo que el fiel no solo se prive de algo, sino que se llene de lo verdaderamente esencial.