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Una copia de José de Ribera de la santa abulense, Teresa de Jesús

Una copia de José de Ribera de la santa abulense, Teresa de JesúsMuseo del Prado

La «determinada determinación» de Teresa de Jesús frente al ruido del 8-M

No buscaba el poder, sino la libertad de quien se sabe «favorecida de Dios» para emprender «cosas grandes» a base de realismo, humildad y, sobre todo, muchas obras

El 8 de marzo vuelve a señalarse en el calendario con su habitual despliegue de consignas y manifestaciones por el Día de la Mujer. No obstante, resulta llamativo cómo el discurso dominante suele ignorar nombres que, por su peso histórico y su audacia, harían palidecer cualquier manifiesto contemporáneo.

Frente al relato del 'feminismo oficial', que satura el espacio público con personajes como Simone de Beauvoir, la historia ofrece otros modelos de mujer. Figuras como las rescatadas por la reciente campaña de la ACdP —la Virgen María, Isabel la Católica, Juana de Arco, santa Mónica o Teresa de Ávila— proponen un modelo de mujer que no nace de la reivindicación del agravio, sino de una fortaleza interior capaz de transformar la historia sin necesidad de marcos teóricos.

Y es precisamente el modelo teresiano el que queremos destacar hoy, el que opera en la dirección opuesta al activismo de pancarta: de dentro hacia fuera. La santa abulense no necesitó estructuras de poder ni lenguajes inclusivos para entender que la verdadera autonomía nace de lo que ella llamaba una «determinada determinación». Su propuesta no se basa en lo que el mundo debe a la mujer, sino en lo que la mujer es capaz de acometer cuando se sabe «favorecida de Dios» para emprender «cosas grandes».

Virilidad espiritual

El análisis de sus escritos revela una especie de alergia a la sensiblería y a la parálisis del pensamiento. Mientras el debate contemporáneo se pierde en la autopercepción, Teresa advertía contra las almas «muy encapotadas» en su propia devoción o sentimiento. Para ella, la medida de una vida no reside en la cantidad de datos o conocimientos acumulados, sino en la eficacia en el amor: «Obras quiere el Señor», repetía a sus monjas.

Un modelo que no nace de la reivindicación externa, sino de un centro interior tan sólido que la hacía exclamar, con sencillez y desbordante sinceridad: «Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?». Pedía a sus monjas ser «varones fuertes» en su espíritu, una virilidad espiritual necesaria para luchar contra dificultades interiores, persecuciones e incomprensión. Una santidad que requería «ánimos fuertes», capaces de transitar por «tiempos recios» sin dejarse amedrentar. Decía la reformadora del Carmelo: «No querría yo a mis monjas bonitas, sino buenas, valerosas, fuertes, animosas».

Y no lo afirmaba por demostrar nada a nadie, sino porque esa fortaleza brotaba de una experiencia espiritual profunda. De hecho, Juan Pablo II realizó un elogio excepcional al afirmar que, entre todas las mujeres santas de la historia de la Iglesia, Teresa de Jesús es, sin duda, quien respondió a Cristo con el «mayor fervor del corazón». El Pontífice la vinculó además con la figura de la Samaritana del Evangelio, por su anhelo constante del «agua viva» que solo el Señor puede dar.

«Solo Dios basta»

Teresa aseguraba a sus monjas que si ellas «hacen lo que es en sí», el Señor las haría «tan varoniles que espanten a los hombres». No se trataba de una declaración de guerra contra el sexo contrario ni de una provocación, sino de vivir con una libertad interior firme. Tal es así que incluso sus censores terminaban reconociendo en ella a un «varón de los muy barbados» por su entereza.

En el lenguaje de su tiempo, lo «varonil» designaba la fortaleza de ánimo, la resolución y la firmeza ante la adversidad. Por eso, lo que Teresa de Jesús pedía a sus monjas no era rivalizar con los hombres, sino cultivar una vida espiritual tan sólida que nadie pudiera atribuir su determinación a debilidad o a simple entusiasmo pasajero.

Esta fortaleza interior permitió a una mujer sin estudios emprender reformas que cambiaron el curso de la historia. Al saberse «favorecida de Dios», la mujer adquiere un ánimo audaz para acometer «cosas grandes». El 'modelo teresiano' propone una autonomía real basada en una verdad que otorga una libertad interior absoluta. Es la victoria de la voluntad sobre el victimismo: una vida donde «solo Dios basta».

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