Fundado en 1910
«En ese día están abiertas todas las compuertas divinas», le dijo Jesús a santa Faustina"

«En ese día están abiertas todas las compuertas divinas», le dijo Jesús a santa Faustina"

Confesión y Comunión: los requisitos para acceder al «océano de gracias» que Jesús prometió este segundo domingo de Pascua

Basada en las revelaciones místicas de santa Faustina Kowalska, la jornada ofrece a los fieles una gracia extraordinaria definida por muchos como un «segundo bautismo»: la remisión completa de las culpas y de las penas para quienes se acerquen a los sacramentos

La Iglesia católica celebra hoy, segundo domingo de Pascua, la Fiesta de la Divina Misericordia, una celebración que ha cobrado un protagonismo central en el calendario litúrgico desde su universalización en el año 2000. No se trata de una devoción más, sino de una jornada que subraya uno de los ejes fundamentales del Evangelio: el amor infinito de Dios a los hombres. Una fiesta que se instauraría como respuesta a una petición que el propio Jesús habría manifestado a una humilde religiosa polaca en la década de 1930: santa Faustina Kowalska.

La promesa vinculada a este día es de una magnitud incomparable. En su Diario, santa Faustina registró las palabras que recibió: «El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas», es decir, no solo el perdón del pecado —que concede el sacramento de la penitencia—, sino también la remisión de toda pena temporal, equivalente a la purificación del purgatorio.

Faustina recibió esta revelación privada que, aunque no forma parte del depósito de la fe, merece credibilidad por la santidad de quien la recibió. Por otra parte, la indulgencia es una gracia que la Iglesia concede para fomentar las buenas obras; pertenece al ámbito de la doctrina, mientras que lo transmitido por santa Faustina se sitúa en el de las revelaciones particulares, por lo que tienen un origen distinto

En todo caso, para acceder a este «océano de gracias», los requisitos son claros: el fiel debe acudir a la confesión sacramental —que puede ser días antes— y recibir la Eucaristía en estado de gracia el mismo domingo de la fiesta. Como señala el Diario en su anotación 699, en esta jornada «están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias», una invitación para que incluso el pecador más alejado pierda el temor a acercarse a Dios: «Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata».

El origen en la mística polaca

La historia de esta festividad está indisolublemente ligada a la figura de santa Faustina Kowalska, fallecida en 1938 a los 33 años. Conocida como la «secretaria de la Misericordia», Faustina plasmó en sus cuadernos espirituales una serie de visiones que hoy se consideran una de las joyas de la mística cristiana. En una de estas apariciones, en 1931, Jesús se presentó con una túnica blanca y dos rayos —uno rojo y otro pálido— que emanaban de su corazón, pidiendo que se pintara una imagen con la firma «Jesús, en Ti confío».

Estos rayos poseen un profundo simbolismo teológico que el mismo Diario explica: el rayo pálido representa el agua que justifica a las almas, mientras que el rojo simboliza la sangre que es la vida de las mismas. Ambos brotaron de las entrañas de la misericordia cuando el Corazón de Jesús fue abierto por la lanza en la Cruz. La imagen, cuya versión original se encuentra en Vilna (Lituania), tiene como fin ser venerada públicamente para que las almas encuentren consuelo y esperanza.

La importancia de este mensaje radica en su urgencia para el mundo contemporáneo, una devoción que es presentada como una «señal de los últimos tiempos» y una preparación para la segunda venida de Cristo. En el Diario (n.º 848), se lee una advertencia: «Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi misericordia... Quien no quiere pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia».

Juan Pablo II rezando ante la imagen original de la Divina Misericordia

Juan Pablo II rezando ante la imagen original de la Divina Misericordia

El legado de los Papas

Si bien la devoción nació en Polonia, su expansión mundial se debe en gran medida al impulso de san Juan Pablo II. El Papa polaco, que falleció precisamente en la víspera de esta fiesta en 2005, consideró que difundir este mensaje era su «tarea especial» asignada por la Providencia. Fue él quien canonizó a Sor Faustina en el año 2000 y decretó que el segundo domingo de Pascua se denominara oficialmente Domingo de la Divina Misericordia en toda la Iglesia universal.

Benedicto XVI también profundizó en este concepto, afirmando en 2008 que la misericordia es el «núcleo central del mensaje evangélico» y el nombre mismo de Dios. Por su parte, el Papa Francisco mantuvo esta línea, destacando que la misericordia no es algo distante, sino que busca salir al encuentro de todas las formas de pobreza y esclavitud humana, tocando las heridas del alma y del cuerpo.

Las promesas y la devoción

Más allá de la fiesta anual, la devoción a la Divina Misericordia incluye otras prácticas que han ganado popularidad entre los católicos. Una de ellas es la «Coronilla», una oración que se reza utilizando las cuentas del rosario y que se centra en el sacrificio de Jesús como propiciación por los pecados del mundo entero. Según el Diario, Jesús prometió que «hasta el pecador más empedernido, si reza esta coronilla una sola vez, recibirá la gracia de Mi misericordia infinita».

Otro elemento clave es la «Hora de la Gran Misericordia», las tres de la tarde, momento que conmemora la muerte de Cristo en la cruz. Se invita a los fieles a sumergirse, aunque sea por un breve momento, en la Pasión del Señor, especialmente en su abandono durante la agonía. Es un tiempo en el que, según la promesa recogida por Faustina, «nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de Mi Pasión».

Este domingo, millones de fieles en todo el mundo se unirán en una oración común, recordando que, a pesar de las dificultades y pruebas, la misericordia de Dios permanece como un refugio. Como recordaba san Juan Pablo II, el hombre no necesita nada tanto como la divina Misericordia, «ese amor que quiere bien, que compadece, que eleva al hombre por encima de su debilidad hacia las infinitas alturas de la santidad de Dios».

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas