John Bradburne, un hombre de profunda fe, compasión sin límites y dedicación inquebrantable.
El pariente de Churchill y oficial de élite que murió por sus leprosos: John Bradburne, el «Vagabundo de Dios»
Su conversión al catolicismo fue el preludio de una entrega absoluta que hoy es uno de los testimonios de fe más conmovedores del siglo XX
De las filas de las tropas de élite en Birmania a la miseria extrema de una leprosería en Rodesia, John Bradburne recorrió un camino de perfección cristiana tan errante como fascinante. Nacido en 1921 en el seno de una familia con raíces profundas en la historia británica; su madre estaba emparentada con figuras de la talla de Winston Churchill y Baden-Powell, el fundador de los Scouts. Sin embargo, aquel niño que trepaba a los árboles y se refugiaba en la música nunca se sintió cómodo en la rigidez de los internados ingleses.
Su espíritu libre e inquieto encontró un primer cauce en el ejército, donde llegó a comandar un pelotón de Gurkas, las tropas de élite nepalíes. Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras combatía en la jungla y sufría los estragos de la malaria, tuvo una visión de una «dama blanca» que más tarde identificaría como la Virgen María, un suceso que marcó el inicio de su metamorfosis espiritual.
Un converso en busca de su celda
Antes de que la fe transformara su destino, la vida de John en las estribaciones del Himalaya distaba mucho de la austeridad que marcaría sus años finales. Fue una época que él mismo describiría años después como «dos años esfumados, sin provecho». Allí, en compañía de su amigo John Dove, se dejó arrastrar por el ambiente de los clubes y los pubs, compartiendo el gusto por la música, las largas conversaciones, la bebida y las mujeres.
Sin embargo, aquel joven oficial que parecía perderse entre los juegos de azar y la vida mundana guardaba una inquietud que la disipación no lograba silenciar. De hecho, en mayo de 1943, mientras aún se encontraba inmerso en esa etapa de aparente vacío espiritual, escribió a sus padres una sentencia que anticipaba el vuelco total de su existencia: «He entregado mi vida a Cristo de una vez por todas».
John Bradburne en la colonia de leprosos de Mutemwa en Rodesia del Sur (actual Zimbabue) durante la década de 1970.
Tras el horror de la guerra, el reencuentro en Inglaterra con su amigo John Dove y la lectura de la Apología de Newman fueron el catalizador definitivo para su alma inquieta. El 26 de octubre de 1947, domingo de Cristo Rey, Bradburne abrazó oficialmente el catolicismo, convencido de haber encontrado la Iglesia fundada por Jesucristo. Aquel paso, que incluyó su primera comunión ese mismo día, fue el punto de no retorno para un hombre que, tras haber conocido los placeres fugaces del mundo, ya solo aspiraba a la vida cristiana perfecta. Aunque intentó sin éxito adaptarse a la vida monástica en diversas abadías y cartujas, su vocación parecía estar hecha para ser un santo errante; en 1953, profesó un voto privado de castidad, consolidando su vida como un laico totalmente consagrado a Dios.
En 1962, siguiendo una invitación de Dove, aterrizó en Rodesia (actual Zimbabue). Allí, entre misiones franciscanas y trabajos de conserjería, vivió como un ermitaño que escribía poemas y tocaba la flauta en lo alto de las colinas, ganándose el apodo de «Crazy English» por sus excentricidades cargadas de piedad. Pero su verdadera misión no llegaría hasta 1969, cuando puso un pie en Mutemwa, una colonia de leprosos que sobrevivía en condiciones espeluznantes.
El protector de los parias de Mutemwa
Lo que John encontró en Mutemwa fue un escenario de pesadilla: ochenta personas deformadas por la enfermedad, malnutridas, con cuerpos plagados de llagas sin curar y viviendo entre la suciedad más absoluta. Lejos de huir, se instaló con ellos. «Soy un marginado y ellos son marginados, así que nos entendemos», escribió con sencillez. En ausencia del capellán, John dirigía el servicio religioso y hacía uso de una autorización especial recibida para distribuir la Sagrada Comunión, asegurándose de que sus amigos no carecieran del alimento del alma mientras él mismo los asistía en su agonía.
Su amor por los enfermos era tan radical que pronto chocó con los responsables de la Asociación rodesiana contra la lepra, quienes impusieron criterios médicos que John consideraba inhumanos. Se negó en rotundo a suministrar anticonceptivos a las mujeres leprosas y rechazó con indignación la orden de reducir sus raciones de comida o ponerles placas de identificación al cuello, alegando que «los leprosos no son ganado».
Esta defensa le costó la expulsión oficial del centro, pero no lo alejó de sus amigos. Se instaló en una chabola cercana y, cada mañana, descendía para darles la Comunión y asistir a los moribundos. Su presencia se volvió un estorbo para muchos en medio de una guerra civil sangrienta que asolaba el país.
Decidió irse a vivir en una casa prefabricada para estar cerca de sus leprosos.
Morir por fidelidad al rebaño
El desenlace llegó en septiembre de 1979. A pesar de las advertencias sobre el peligro que corría, John Bradburne se negó a huir: no podía dejar solos a sus leprosos. Fue capturado por rebeldes comunistas que lo sometieron a ultrajes antes de que un guerrillero, por la espalda, vaciara su cargador contra él mientras vadeaban un riachuelo. Murió como había vivido, con lo puesto, pero vistiendo el hábito franciscano que el provincial de la orden le había regalado por ser «más franciscano que todos nosotros juntos».
La noticia de su muerte conmocionó a la región. El «amigo de los leprosos», aquel hombre que decía no tener dinero pero regocijarse en Dios, fue enterrado como un santo entre el pueblo al que entregó su vida. En abril de 2019, la Iglesia inició formalmente su proceso de beatificación, enseñando al mundo el ejemplo de un oficial de élite que entendió que la verdadera nobleza reside en servir a los más pequeños.