León XIV lanza una corona de flores al mar en memoria de todos los migrantes que perdieron la vida durante su travesía
León XIV interpela a Europa a hacer «examen de conciencia» ante los «cementerios sin lápidas» del Atlántico
León XIV ha pedido a los migrantes a no sucumbir a los «cantos de sirena» de quienes prometen paraísos fáciles a cambio de dinero o libertad, calificando estas redes como auténticas «industrias de muerte»
Se podría pensar que León XIV ha llegado este jueves a Gran Canaria para reiterar los habituales llamamientos a la acogida de los migrantes. Sin embargo, desde el puerto de Arguineguín, el Pontífice ha querido ir más allá de la respuesta humanitaria inmediata para abordar las causas profundas —políticas, morales y espirituales— que alimentan el drama migratorio.
Desde el muelle de Arguineguín, y con el «anillo del Pescador» como símbolo de una misión que hoy se vuelve «literal y dolorosa», el Santo Padre ha pedido un examen de conciencia que señala responsables en cuatro frentes: los países de origen, las naciones de tránsito, la Unión Europea y la comunidad internacional.
León XIV ha sido taxativo al desgranar las causas de la crisis. Ha puesto el foco en la responsabilidad de las naciones de origen, a las que ha instado a crear condiciones de justicia y desarrollo para que sus ciudadanos no se vean obligados a partir. En este sentido, ha introducido un concepto clave: el derecho «a no tener que migrar». El Papa ha denunciado que la corrupción en esos países «roba el pan de los pobres» y que las armas «destruyen el futuro de los niños», forzando un exilio que no es elección, sino desesperación.
Contra las «industrias de muerte»
Las palabras del Pontífice no han evitado el entramado criminal que sostiene las rutas atlánticas. Ha calificado a las mafias y tratantes como «monstruos» y «fuerzas que devoran» la vida humana. Precisamente, ha advertido a los propios migrantes de todo ello. León XIV les ha pedido no sucumbir a los «cantos de sirena» de quienes prometen paraísos fáciles a cambio de dinero o libertad, calificando estas redes como auténticas «industrias de muerte».
El reproche a la gestión comunitaria ha sido igualmente seco. El Papa ha señalado la retórica de los derechos humanos en el Viejo Continente con la realidad de sus costas: «Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». Para el Santo Padre, la gestión migratoria no puede reducirse a «gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido» mientras se ignora el clamor de los que sufren.
Una Iglesia que no puede ser «espectadora»
En clave interna, León XIV ha dado un aviso a los fieles: la acogida no es una tarea secundaria ni delegable en voluntarios. Ha afirmado que no se puede adorar a Cristo en la Eucaristía y «pasar de largo» ante los cayucos. El Papa ha recordado que el Evangelio obliga a abandonar la posición cómoda del espectador para reconocer a Cristo en quienes llegan «marcados por el miedo, el hambre y la violencia». La cuestión migratoria no aparece así como un mero desafío político o humanitario, sino como una prueba para la propia conciencia cristiana.
Un migrante africano besa la mano de León XIV durante un encuentro con organizaciones que trabajan con migrantes en el puerto de Arguineguín
«¿Qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?», ha preguntado, advirtiendo contra el peligro de que el drama humano termine por convertirse en un «paisaje habitual». Para el Papa, la respuesta a esta quiebra de la humanidad no reside únicamente en la gestión administrativa, sino en una «conversión de la mirada»: solo cuando se reconoce que ese rostro podría ser el de «nuestra hija» o el de un miembro de nuestra propia familia, la conciencia «se queda sin excusas». Al final, ha recordado, citando a San Juan de la Cruz, que el Dios que «en el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor» nos conceda reconocerlo hoy «en los pobres y en los extranjeros», y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera.