Varios religiosos jóvenes conversan en un receso
Qué significan los votos de pobreza, castidad y obediencia
Los consejos evangélicos no son solo para los religiosos; son una invitación a la libertad para seguir a Cristo más de cerca, eliminando los obstáculos que impiden el desarrollo pleno de la caridad
La vida de la Iglesia no se entiende sin la presencia de aquellos fieles que, movidos por el Espíritu Santo, deciden abrazar los llamados consejos evangélicos. Aunque el Catecismo de la Iglesia Católica aclara que este estado de vida no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia, subraya que «pertenece, sin discusión, a su vida y a su santidad». Pero, ¿qué implican realmente estos votos y por qué la Iglesia los considera un camino de perfección?
Catecismo Iglesia Católica, 915
Consejos frente a preceptos: la distinción de la caridad
Para comprender estos votos, primero hay que distinguir entre los mandamientos y los consejos. Según explicó en una serie radiofónica monseñor José Ignacio Munilla, los preceptos están destinados a apartar lo que es incompatible con la caridad, como robar o matar. En cambio, los consejos evangélicos tienen como fin «apartar lo que incluso sin serle contrario pueden constituir un impedimento al desarrollo de la caridad».
En palabras de Munilla, Jesús no solo vino a darnos una ley, sino también consejos para que le sigamos «más libremente» y con prontitud. No se trata de sustituir los mandamientos, pues «no se pueden vivir los consejos sin vivir primero los mandamientos»; los mandamientos son lo esencial y los consejos se añaden a ellos para quitar obstáculos.
Los tres pilares de la consagración
La tradición cristiana ha destacado tres consejos principales que dan las coordenadas de la perfección evangélica: obediencia, castidad y pobreza. El Catecismo señala que la profesión de estos consejos en un estado de vida estable es lo que caracteriza a la «vida consagrada».
La obediencia: el voto principal
Contrario a lo que se suele pensar, Santo Tomás de Aquino y la tradición consideran que el principal es el de la obediencia. Munilla explica que es el más importante porque en él se entrega «lo más interior, que es tu libertad». A través de la obediencia, el fiel imita a Cristo, quien por su obediencia hasta la muerte comunicó a sus discípulos el don de la libertad regia para vencer el reino del pecado.
La castidad: un corazón indiviso
Se trata de la «castidad en el celibato por el Reino». El Catecismo añade que este estado permite consagrarse a Dios con una «libertad mayor de corazón, de cuerpo y de espíritu», siendo un signo del amor de la Iglesia hacia Cristo.
Los diversos regímenes de la castidad
2349 La castidad «debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o célibes» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 11). Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia.
La pobreza: desprendimiento y humildad
La pobreza evangélica no es meramente una carencia económica, sino una «pobreza de espíritu». Munilla la define como «vivir el desprendimiento de los bienes materiales con humildad de corazón». Es un aviso contra las riquezas, a las que Jesús llamó «espinas» que ahogan la palabra de Dios. El sentido de este voto es revelar la dependencia absoluta del Padre, tal como hizo Cristo, quien «siendo rico se hizo pobre por nosotros».
Un llamado con diferentes matices
Es importante destacar que estos consejos pueden vivirse a distintos niveles: como voto, como promesa o sencillamente como virtud. Mientras que los religiosos hacen profesión pública de los tres, los sacerdotes diocesanos realizan promesas de celibato y obediencia. En cuanto a la pobreza, la profesión formal de este consejo corresponde a la vida religiosa; en el clero diocesano se vive como una virtud de desprendimiento y disponibilidad, sin implicar la renuncia jurídica a la posesión de bienes materiales. Los laicos, por su parte, están llamados a vivir el espíritu de estos consejos según su propio estado de vida.
Como afirma el Catecismo, quienes asumen estos votos buscan «seguir más de cerca a Cristo» y anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro. En última instancia, la pobreza, la castidad y la obediencia son «tres regalos de Dios» para que el hombre pueda volar hacia Él sin ataduras y con un corazón plenamente libre.