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Fotograma clave de la película "El exorcista" (1974), de William Friedkin

Fotograma clave de la película «El exorcista» (1974), de William FriedkinE.E.

El hombre ante el que temblaba el abismo: los exorcismos más impactantes del padre Cándido Amantini

Desde policías incapaces de mover a un joven de catorce años hasta revelaciones sobre la pavorosa soledad del infierno, reconstruimos los relatos más asombrosos del maestro del padre Amorth

La figura del exorcista suele evocar imágenes cinematográficas de claroscuros, gritos desgarradores y escenas fuera de lo común. Sin embargo, la realidad de este ministerio suele ser muy distinta y, en la mayoría de los casos, transcurre de una manera mucho menos espectacular. Aun así, a lo largo de la historia se han documentado relatos y testimonios de episodios particularmente insólitos donde la realidad superaba –y supera– con creces a la ficción.

En la Escalera Santa de Roma se encontraba el despacho de un hombre menudo y de sonrisa inquebrantable, que escondía su extenuante fatiga detrás de un rostro siempre acogedor. Se trataba del padre Cándido Amantini (1914-1992), un sacerdote pasionista que, hasta su muerte en septiembre de 1992, ejerció el ministerio de expulsar demonios durante 36 años a tiempo completo, atendiendo diariamente a entre sesenta y ochenta personas. De él, el mismísimo san Padre Pío de Pietrelcina llegó a pronunciar: «El padre Cándido es un sacerdote según el corazón de Dios».

A través del testimonio de la obra Habla un exorcista, de su más ilustre discípulo y sucesor, el célebre padre Gabriele Amorth, rescatamos las crónicas de los exorcismos más impactantes de un hombre que se convirtió en un adversario incómodo para los demonios.

El padre Cándido Amantini (1914–1992) pertenecía a la Congregación de la Pasión (pasionista) y fue el exorcista principal de la Diócesis de Roma durante 36 años

El padre Cándido Amantini (1914–1992) pertenecía a la Congregación de la Pasión (pasionista) y fue el exorcista principal de la Diócesis de Roma durante 36 años

1. Desafiando las leyes de la física: el caso de Pierluigi

Uno de los episodios más asombrosos de su ministerio ocurrió con Pierluigi, un robusto muchacho de catorce años que sufría una severa posesión diabólica. El joven presentaba un extraño comportamiento: en ciertos momentos se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas. Cuando esto ocurría, una misteriosa fuerza sobrenatural hacía que su cuerpo adquiriera el peso del plomo, volviéndolo absolutamente inamovible para cualquier fuerza humana.

Un día, Pierluigi se sentó en esa postura en el rellano de su casa, en el tercer piso. Su actitud alteró de tal manera el vecindario que los inquilinos, presas de un nerviosismo inexplicable, salieron a las escaleras y comenzaron a gritar descontrolados contra él. Ante el caos, se requirió la intervención de la policía. Al llegar al lugar, tres agentes corpulentos intentaron levantar al muchacho del suelo. La respuesta fue inútil: a pesar de quedar empapados en sudor por el esfuerzo físico, no consiguieron desplazar el cuerpo de Pierluigi ni un solo milímetro.

Fue en ese instante cuando apareció el padre Cándido Amantini. Con total serenidad, pidió a los oficiales y vecinos que se apartaran y guardaran silencio. El pasionista se acercó al joven poseído, conversó brevemente con él y, tomándolo suavemente de la mano, logró que Pierluigi se levantara al instante sin oponer resistencia, siguiéndolo dócilmente al interior de su vivienda. Tal y como afirma el libro, «con los exorcismos Pierluigi logró una considerable mejoría, pero no una total liberación».

2. Fuerza sobrehumana contra herrajes de hierro

La fenomenología física de la posesión extrema se evidenció también en el caso de una joven, descrita por el padre Cándido como una persona delgada y aparentemente débil. Sin embargo, la debilidad se desvanecía por completo durante las crisis de posesión. El demonio manifestaba en su cuerpo una fuerza tan descomunal que se requería la contención de cuatro hombres robustos para intentar mantenerla quieta.

La muchacha destrozaba con pasmosa facilidad cualquier ligadura que le impusieran, incluyendo gruesas correas de cuero. En una ocasión, desesperados por contenerla, la sujetaron fuertemente con sogas a un somier de hierro. Lejos de detenerla, la fuerza hercúlea del demonio destrozó parte de los hierros del somier y dobló otros en un ángulo recto perfecto.

3. «El infierno lo hicimos nosotros»: las revelaciones de los condenados

A menudo, bajo la estricta orden del exorcista, los demonios se veían obligados a revelar verdades espirituales que estremecían a los presentes. Durante uno de sus exorcismos, el padre Cándido se dirigió al espíritu inmundo con ironía: «¡Vete de aquí; total, el Señor te ha preparado una buena casa, bien calentita!». El demonio le replicó de inmediato con amargura: «Tú no sabes nada. No es Él (Dios) quien ha hecho el infierno. Hemos sido nosotros. Él ni siquiera había pensado en ello».

En otra sesión, el sacerdote interrogó a un espíritu que poseía a una niña de trece años. El padre Cándido le preguntó cómo era la relación en el infierno entre dos enemigos mortales que terminan condenados juntos por toda la eternidad. La respuesta del demonio, a través de la voz de la pequeña, describió un panorama desolador: «¡Qué tonto eres! Allá abajo cada uno vive replegado sobre sí mismo y desgarrado por sus remordimientos. No existe ninguna relación con nadie; cada uno se encuentra en la soledad más absoluta, llorando desesperadamente por el mal que ha hecho. Es como un cementerio».

4. Respuestas imposibles en labios de niños

El padre Cándido explicaba que prefería interrogar a los demonios cuando poseían a niños pequeños, pues de esa manera resultaba innegable que las profundas respuestas teológicas no procedían de la mente de los menores.

Es célebre el caso de un pequeño de once años. Cuando el demonio se manifestó, Amantini le preguntó qué opinaba de aquellos reputados científicos e intelectuales que niegan la existencia de Dios y de los demonios. El niño, con una furia impropia de su edad, gritó: «¡Qué va, altísimas inteligencias! ¡Son altísimas ignorancias!». Cuando el exorcista insistió sobre aquellos que deciden rechazar a Dios de forma consciente, el niño dio un salto y exclamó con extrema soberbia: «Fíjate bien. Recuerda que hemos querido reivindicar nuestra libertad incluso delante de él. Le hemos dicho que no para siempre». Al ser amonestado en el nombre de Dios por la inutilidad de esa rebelión, el menor comenzó a retorcerse, babear y llorar de forma terrible, suplicando: «¡No me hagas este proceso!».

Asimismo, el demonio demostró su capacidad de saltar entre personas e interactuar de forma burlona. Durante una extenuante sesión nocturna con una joven llamada Pina —quien caía de la mesa deslizándose en cámara lenta, como sostenida por una mano invisible—, los exorcistas desistieron temporalmente. A la mañana siguiente, mientras el padre Cándido exorcizaba a un niño de seis años, el demonio dentro del menor se mofó del sacerdote: «Esta noche habéis trabajado mucho pero no habéis conseguido nada. Os la hemos jugado. ¡Yo también estaba allí!». En otro caso, el demonio «Zabulón» alternó aullidos entre dos niñas distintas bajo la orden del sacerdote, demostrando que un mismo espíritu puede atormentar a varios sujetos a la vez.

5. La escena que puso a prueba el diagnóstico

El padre Cándido defendía firmemente la necesidad de colaborar con la ciencia médica y psiquiátrica para discernir los trastornos mentales de las auténticas posesiones. En una ocasión, atendía a un joven que, según su psiquiatra, sufría únicamente de epilepsia. Amantini invitó al médico a presenciar una sesión de exorcismo.

Al imponer el sacerdote la mano sobre la cabeza del paciente, este cayó al suelo presa de violentas convulsiones. El médico se apresuró a sentenciar: «¿Ve, padre? Se trata evidentemente de epilepsia». Sin embargo, el padre Cándido se inclinó y volvió a tocar la cabeza del joven, quien se levantó de golpe y permaneció de pie, completamente erguido e inmóvil como una estatua. Ante el asombro del médico, el sacerdote preguntó con ironía: «¿Hacen esto los epilépticos?». El psiquiatra, totalmente perplejo, admitió: «No, nunca». El joven continuó recibiendo los exorcismos hasta obtener su completa curación.

6. El aviso profético del Padre Pío

El demonio odiaba profundamente al padre Cándido, pero el cielo le otorgaba una protección extraordinaria. Durante el exorcismo de una mujer muy robusta que solía volverse sumamente violenta, y en presencia de un psiquiatra, la poseída se levantó de golpe. Tomando impulso como un discóbolo, propinó un tremendo puñetazo directamente en la sien derecha del sacerdote. El impacto fue tan brutal que el sonido del golpe resonó en toda la sacristía, alarmando al médico presente. Sin embargo, el padre Cándido prosiguió el exorcismo sonriente e impertérrito. Al finalizar, confesó que solo había sentido el roce de un «guante de terciopelo».

No obstante, no todas las batallas espirituales terminaban en liberación inmediata; los tiempos pertenecen a Dios. El propio Cándido relató cómo en una ocasión exorcizaba a un muchacho con el que llegó a entablar una violenta lucha física, cayendo ambos al suelo exhaustos. Pocos días después, el sacerdote recibió un mensaje providencial enviado por el Padre Pío desde San Giovanni Rotondo: «No pierda el tiempo y las fuerzas con ese joven. Es un esfuerzo inútil». La profecía del santo capuchino se cumplió, pues a pesar de los denodados esfuerzos del exorcista, el joven nunca logró la liberación definitiva.

El legado del padre Cándido Amantini, perpetuado en las memorias escritas por el padre Gabriele Amorth, sigue siendo hoy un testimonio imperecedero de que la batalla espiritual es real, que el diablo teme a los pastores humildes y que, ante el nombre de Jesús, toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en el abismo.

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