Ls científicos advierten sobre la creciente resistencia global a los antimicrobianos
La amenaza invisible que pone en jaque a la medicina moderna
Durante décadas, los antibióticos han sido considerados uno de los pilares de la medicina moderna. Sin embargo, su eficacia para combatir infecciones se está viendo cada vez más comprometida. En distintas regiones del mundo, enfermedades que antes se trataban con relativa facilidad hoy representan un desafío clínico considerable y, en algunos casos, llegan a ser prácticamente intratables.
Una revisión científica reciente ofrece un panorama preocupante sobre la resistencia global a los antimicrobianos (RAM), al mostrar cómo bacterias y hongos están evolucionando a un ritmo que supera la capacidad de respuesta de la medicina actual. A partir del análisis comparativo de datos provenientes de múltiples sistemas de vigilancia, el estudio identifica tendencias alarmantes, como el aumento de resistencias frente a antibióticos de última línea, las notables diferencias entre regiones y la rápida propagación de genes resistentes, favorecida por los viajes internacionales y ciertas prácticas agrícolas. No obstante, el trabajo también plantea posibles caminos para enfrentar este escenario, como el desarrollo de combinaciones terapéuticas innovadoras y enfoques de medicina de precisión.
El avance de la medicina contemporánea depende, en gran medida, del control eficaz de las infecciones. Sin embargo, el uso excesivo e inadecuado de antibióticos en hospitales, comunidades y sistemas de producción agrícola ha favorecido la expansión de microorganismos resistentes a escala global. Estas llamadas «superbacterias» proliferan especialmente en contextos donde el uso de antibióticos carece de regulación estricta y se diseminan de manera silenciosa entre seres humanos, animales y el entorno.
Los sistemas internacionales de monitoreo han evidenciado marcadas diferencias entre países, relacionadas tanto con sus políticas farmacéuticas como con la solidez de sus sistemas de salud. En muchas regiones en desarrollo, la ausencia de una vigilancia adecuada y la venta de antibióticos sin receta han agravado la situación. Ante este panorama, los investigadores plantean una pregunta urgente: ¿cómo puede la comunidad internacional frenar la resistencia a los antimicrobianos antes de que rebase la capacidad de la medicina actual?
La revisión fue realizada por un equipo de la Universidad de Jilin y del Hospital Universitario Médico Peking Union, y se publicó en septiembre de 2025 en la Revista Médica del Hospital Universitario Médico Peking Union. El estudio integra datos de vigilancia global con experiencia clínica para describir la propagación de bacterias y hongos resistentes. Al detallar los mecanismos moleculares involucrados y los retos terapéuticos asociados a la RAM, los autores ofrecen una base científica que busca orientar una respuesta internacional coordinada y destacan la importancia de un uso estratégico de los antibióticos como medida clave para contener esta tendencia.
Políticas de control más estrictas
El análisis se sustenta en información de programas internacionales como CARS, SENTRY y One Health Trust–ResistanceMap, los cuales muestran contrastes significativos entre distintas regiones del mundo. Escherichia coli y Klebsiella pneumoniae siguen siendo los patógenos más frecuentes, con una amplia presencia de cepas productoras de β-lactamasa en Asia y un incremento de variantes resistentes a carbapenémicos en Europa y América.
Por su parte, Acinetobacter baumannii y Pseudomonas aeruginosa destacan por su elevada dificultad terapéutica, con niveles de resistencia que superan el 70 % en ciertas zonas. En contraste, los países del norte de Europa registran tasas de resistencia de un solo dígito, lo que refleja la eficacia de políticas de control más estrictas.
El problema tb son los hongos
La problemática no se limita al ámbito bacteriano. En el caso de los hongos, Candida auris se ha consolidado como un patógeno prácticamente panresistente, mientras que Aspergillus fumigatus presenta un aumento sostenido de resistencia a los azoles, fenómeno que los investigadores vinculan, en parte, con el uso de fungicidas en la agricultura.
La revisión examina en detalle las rutas genéticas que sustentan estas amenazas, como la expansión de β-lactamasas, la evolución de carbapenemasas y la sobreexpresión de bombas de eflujo. Frente a este escenario, los autores proponen tratamientos personalizados basados en parámetros farmacocinéticos y farmacodinámicos, así como el uso de inhibidores de β-lactamasas, tigeciclina y combinaciones terapéuticas con polimixinas.
El mensaje es contundente: la prescripción racional y la cooperación internacional son tan importantes como el desarrollo de nuevos fármacos
«La resistencia a los antimicrobianos representa una pandemia de avance lento», señala en un comunicado el Dr. Xuesong Xu, autor principal del estudio quien añadió: «Nuestra revisión demuestra que los patrones de resistencia cambian de forma constante y están influenciados por el comportamiento humano, los sistemas de salud y factores ambientales. Ningún país puede enfrentar este problema de manera aislada. Se requiere una estrategia integral de Una Salud que vincule la medicina, la agricultura y la ecología. Solo mediante una vigilancia fortalecida, el uso optimizado de antibióticos y el impulso a la innovación será posible evitar un futuro en el que infecciones comunes vuelvan a ser letales».
En conjunto, los hallazgos subrayan que la resistencia a los antimicrobianos va más allá del ámbito estrictamente médico y constituye un desafío sistémico de alcance global. Los autores abogan por una vigilancia internacional más coordinada, un control riguroso de las prescripciones y un uso responsable de antibióticos en la producción agrícola. Asimismo, consideran fundamental que los hospitales incorporen diagnósticos genómicos y sistemas de apoyo a la toma de decisiones basados en inteligencia artificial para ajustar los tratamientos en tiempo real. La inversión en nuevos antimicrobianos y en inhibidores de β-lactamasa se perfila como una prioridad urgente.
Más allá del desarrollo farmacológico, la educación y las reformas en políticas públicas se presentan como elementos clave para preservar la eficacia de los tratamientos actuales. Si la cooperación global logra consolidarse, aún existe la posibilidad de revertir la tendencia y proteger los fundamentos de la medicina moderna para las generaciones futuras.