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Entrevista

Joanna Moncrieff: «Nos han engañado sobre la depresión, no hay pruebas de que se deba a un desequilibrio químico»

La psiquiatra británica denuncia la influencia de la industria farmacéutica y reclama un cambio profundo en la forma de entender y tratar el sufrimiento emocional

La psiquiatra británica Joanna Moncrieff se ha convertido en una de las voces más incómodas –y a la vez más influyentes– del debate contemporáneo sobre la depresión y el uso de antidepresivos. Profesora en el University College London y conocida por su mirada crítica hacia el modelo biológico dominante en salud mental, Moncrieff cuestiona uno de los pilares más arraigados de la psiquiatría moderna: la idea de que la depresión es el resultado de un desequilibrio químico en el cerebro, especialmente vinculado a la serotonina.

En esta entrevista con El Debate, la autora reflexiona sobre el impacto de su revisión científica de 2022, que sacudió tanto a la comunidad médica como a la opinión pública, y profundiza en las razones que la llevaron a escribir un libro que desafía décadas de discursos médicos y campañas farmacéuticas. Moncrieff habla sin rodeos sobre la medicalización del sufrimiento humano, los efectos reales –y a menudo minimizados– de los antidepresivos, la resistencia de su propia profesión al cambio y la necesidad urgente de un consentimiento informado honesto. Un diálogo que invita a replantear cómo entendemos la depresión y cómo decidimos tratarla.

–¿Qué la impulsó a escribir este libro?

–En 2022 publiqué una revisión sistemática que demostró que no existe evidencia convincente de que la depresión esté asociada con niveles bajos o anormales de serotonina. La investigación conmocionó a los medios de comunicación y al público en general, ya que se ha inducido a la gente a creer que la relación entre la depresión y la serotonina es un hecho comprobado. Nuestro artículo demostró que no es así. Al darse cuenta de esto, surgieron muchas preguntas, como «¿qué es la depresión?», «¿qué hacen los antidepresivos?», y «¿por qué nos han engañado?». Escribí el libro para responder a estas preguntas y también para describir la forma defensiva e inútil en que la profesión psiquiátrica respondió al artículo.

–¿Por qué cree que la teoría de los antidepresivos ha calado tan profundamente en la sociedad?

–Hay muchas razones, pero la principal es la industria farmacéutica. Esta lanzó una campaña masiva e influyente para persuadir a la gente de que la depresión se debe a un desequilibrio químico, a principios de la década de 1990. Si bien la industria ha avanzado bastante, la campaña logró cambiar la comprensión cultural de la depresión. Antes de estas campañas, se creía que la depresión era una reacción a eventos vitales, como el desempleo o el divorcio. Ahora, la mayoría cree que es una condición médica causada por un mecanismo cerebral. Las campañas también tuvieron éxito porque contaron con el apoyo de la profesión médica, que realizó campañas de «concienciación sobre la enfermedad», a menudo financiadas con contribuciones de las compañías farmacéuticas.

–¿Cuándo empezó a dudar seriamente del modelo biológico de la depresión?

–Comencé mi formación en psiquiatría a principios de los 90 y ya entonces era escéptica ante el intento de convencer a la gente de que la depresión es una enfermedad. Para mí era evidente que se trataba de una forma de promocionar nuevos antidepresivos; sin embargo, en aquel momento era difícil cuestionar el mensaje, ya que era omnipresente. Luego, empecé a analizar las investigaciones y me di cuenta de que las afirmaciones sobre los grandes beneficios de los antidepresivos no estaban claramente respaldadas por pruebas científicas.

–Si no «corrigen» un desequilibrio químico, ¿qué hacen realmente los antidepresivos en el cerebro?

–No lo sabemos con exactitud, además, cada antidepresivo tiene efectos diferentes (esto lo sabemos porque tienen distintos efectos físicos y mentales). Los ISRS probablemente aumentan la actividad de la serotonina al principio, al menos, pero es difícil saber qué efecto tienen a largo plazo, y existe evidencia de que pueden disminuir los niveles de serotonina cuando se usan a largo plazo. El efecto más consistente de los ISRS, en particular, es probablemente la disfunción sexual. Muchos antidepresivos también causan entumecimiento emocional, tanto positivo como negativo.

–¿Por qué cree que se minimizaron durante tanto tiempo los problemas de abstinencia?

–Creo que los médicos no querían admitir que uno de los medicamentos que recetan con más frecuencia causaba dependencia, sobre todo porque habían estado diciendo a los pacientes que los antidepresivos no tenían ese efecto. Otro problema es que muchos médicos dan por sentado que solo los medicamentos que producen efectos placenteros (como el alcohol o los opioides) pueden causar dependencia. Pero eso no es cierto. Los medicamentos causan dependencia física porque, si se toman de forma continuada, inducen al cuerpo a reaccionar a su presencia produciendo cambios biológicos. Estos cambios provocan síntomas de abstinencia cuando se deja de tomar el medicamento. Esto no tiene nada que ver con si el medicamento te hace sentir bien al tomarlo o no.

No hay pruebas convincentes de que exista un mecanismo biológico subyacente en ningún tipo de depresión, por grave que sea

–¿Estamos medicalizando emociones humanas normales?

–En mi opinión, estamos medicalizando toda una gama de emociones humanas de una manera poco útil. La mayoría de las personas a las que se les diagnostica depresión están respondiendo a acontecimientos y circunstancias negativas de la vida, como problemas económicos, problemas de pareja, problemas en el trabajo, etc. Pero incluso aquellas personas que no están reaccionando de forma evidente a algo no deben ser necesariamente consideradas como personas con una enfermedad. No hay pruebas convincentes de que exista un mecanismo biológico subyacente en ningún tipo de depresión, por grave que sea. Además, los efectos de los antidepresivos son minúsculos y muy probablemente irrelevantes tanto en personas con depresión grave como en personas con síntomas más leves.

Esto no quiere decir que no debamos ayudar y apoyar a las personas que están deprimidas, ansiosas o angustiadas. Pero podemos hacerlo sin tener que definir estos sentimientos como afecciones médicas. Hacerlo solo lleva a que se receten sustancias químicas (medicamentos) que probablemente causen más daño que beneficio a la gran mayoría.

–Usted es psiquiatra: ¿cómo ha sido criticar desde dentro a su propia profesión?

–La psiquiatría solía ser una profesión autorreflexiva y dispuesta al debate. Y aunque muchos psiquiatras siguen teniendo una mentalidad abierta y se interesan por diferentes puntos de vista, creo que los líderes de la profesión se muestran más a la defensiva. Después de publicar nuestro artículo en 2022, me dijeron que no debería haberlo hecho público porque la gente no sabe cómo manejar la información científica. Me dijeron que no debía decir nada a los medios de comunicación sobre los antidepresivos. La consecuencia era que se debería haber permitido a la gente seguir creyendo en el mito de que la depresión tiene un mecanismo biológico conocido, para evitar que cuestionaran el valor de los antidepresivos. Me sorprendió esta reacción.

–¿Cree que la psiquiatría está preparada para un cambio de paradigma?

–¡No! Creo que los antidepresivos se han vuelto demasiado importantes como para fracasar. Los psiquiatras no pueden contemplar la idea de que están recetando medicamentos a un número tan grande de personas que les están haciendo más daño que bien. Pero el problema no es solo de la psiquiatría. Todo nuestro sistema social occidental se ha vuelto dependiente de la idea de que la medicina puede controlar el malestar y el descontento de las personas.

–¿No considera peligrosas sus afirmaciones?

–Me parece una pregunta curiosa (pero que me hacen con bastante frecuencia). ¿Por qué sería peligroso alertar a la gente sobre el hecho de que no se ha demostrado que la depresión sea una enfermedad biológica, como se les ha hecho creer, que los antidepresivos no corrigen ningún desequilibrio químico subyacente, que no son muy útiles y que tienen complicaciones que no se han dado a conocer adecuadamente? Sin duda, es peligroso recetar medicamentos cuyos efectos no comprendemos, cuyos beneficios no se han demostrado claramente y cuyos efectos adversos probablemente sean peores de lo que habíamos previsto.

Sin embargo, reconozco que el quid de la cuestión es que esta información podría disuadir a las personas de buscar ayuda. Por eso creo que es importante destacar que las personas con depresión y otros problemas emocionales pueden recibir ayuda de otras maneras. Se les puede apoyar para que afronten los acontecimientos o circunstancias de la vida que les hacen infelices o les estresan, y se les puede derivar a terapia psicológica y recomendarles que hagan ejercicio, tomen medicación o apliquen otras estrategias que han demostrado tener efectos beneficiosos.

Y solo añadir que, aunque los médicos a veces afirman que los antidepresivos salvan vidas, nunca se ha demostrado que sea así. No hay pruebas de que tomar antidepresivos reduzca el suicidio y, de hecho, hay pruebas de que, en casos excepcionales, los antidepresivos pueden provocar pensamientos e impulsos suicidas, especialmente en los jóvenes.

–¿Cómo debería cambiar la forma en que los médicos hablan con los pacientes sobre la depresión?

–Los médicos no deben decir a sus pacientes que la depresión es causada por un desequilibrio químico o por algo en el cerebro. Deben animar a las personas a identificar qué es lo que les causa la depresión y qué pueden hacer para cambiarlo.

–¿Qué papel debería tener el consentimiento informado en la prescripción de psicofármacos?

–Las personas necesitan saber qué están ingiriendo. Necesitan saber cómo les afectará un medicamento a nivel mental y físico, y qué complicaciones pueden surgir. Y también necesitan saber lo que no sabemos. Necesitan saber que no sabemos si la depresión tiene una base física o química y, si la tiene, cuál es. Tampoco entendemos exactamente cómo afectan los antidepresivos al organismo, especialmente cuando se utilizan durante largos periodos de tiempo. Esto debería preocuparnos, porque estamos utilizando estos medicamentos a ciegas, sin los datos que necesitamos para garantizar su seguridad. Y tenemos pruebas de que pueden causar efectos adversos graves en algunas personas.

–¿Qué espera que sienta o piense un lector al cerrar este libro?

–Espero que muchos lectores se sorprendan al descubrir hasta qué punto se nos ha engañado sobre la naturaleza de la depresión y los antidepresivos, y sobre la naturaleza de todos los medicamentos que se recetan para los problemas de salud mental. Espero que esto les empodere, porque rompe el mito de que la depresión significa que hay algo mal en su cerebro. Demuestra que las personas pueden recuperarse sin tratamientos biológicos como los medicamentos.

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