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April 4, 2026, Orion Capsule, Outer Space: NASA astronaut and Artemis II Commander Reid Wiseman  peers out of one of the Orion spacecraft's main cabin window, looking back at Earth, as the crew travels towards the Moon, April 2, 2026, from Space.,Image: 1088677820, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Credit line: Nasa/Nasa / Zuma Press / ContactoPhoto
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04/4/2026 ONLY FOR USE IN SPAIN

El astronauta de la NASA y comandante de Artemis II, Reid Wiseman, observa la Tierra desde una de las ventanas principales de la cabina de la nave espacial OrionNASA

Cohetes, hollín y megaconstelaciones: la contaminación espacial que crece sin regulación

Según una nueva investigaciónm las megaconstelaciones, que comenzaron a desplegarse masivamente a partir de 2019, podrían representar alrededor del 42% del impacto climático total del sector espacial hacia finales de esta década

Un reciente estudio liderado por científicos del University College de Londres, en el Reino Unido, advierte que la contaminación generada por las llamadas megaconstelaciones de satélites podría convertirse en una parte muy importante del impacto ambiental de la actividad espacial.

Según la investigación, estos sistemas, que comenzaron a desplegarse masivamente a partir de 2019, podrían representar alrededor del 42% del impacto climático total del sector espacial hacia finales de esta década.

El trabajo, publicado en la revista Earth’s Future, analizó las emisiones producidas por los lanzamientos de cohetes, los restos de cohetes abandonados y los satélites fuera de servicio que reingresan a la atmósfera terrestre, informa Europa Press.

Uno de los contaminantes más relevantes es el carbono negro, también conocido como hollín, que permanece durante mucho más tiempo en las capas altas de la atmósfera que el originado por fuentes terrestres. Por esa razón, su efecto climático puede ser cientos de veces más intenso.

No todos los efectos son negativos

A partir de datos de lanzamientos y despliegues satelitales registrados entre 2020 y 2022, los investigadores realizaron proyecciones hasta 2029. Sus cálculos indican que las megaconstelaciones ya representaban cerca del 35% del impacto climático de la industria espacial en 2020, y que esa proporción podría aumentar hasta el 42% para el final de la década.

El estudio también señala que la contaminación acumulada por los lanzamientos y la reentrada de satélites de gran tamaño se concentra rápidamente en la atmósfera superior. Esta acumulación reduce la cantidad de radiación solar que llega a la superficie de la Tierra.

Para 2029, dicho efecto podría asemejarse, aunque a menor escala, a algunas propuestas de geoingeniería que buscan enfriar el planeta mediante la introducción de partículas en la atmósfera para reflejar parte de la luz solar.

Los autores aclaran que no todos los efectos ambientales de los satélites son necesariamente negativos. El hollín procedente de los cohetes puede producir un pequeño efecto de enfriamiento climático. Sin embargo, este impacto sería muy limitado frente al calentamiento global previsto durante el mismo período.

La profesora Eloise Marais, del Departamento de Geografía de la UCL y directora del proyecto, comparó la contaminación de la industria espacial con un experimento de geoingeniería no regulado a pequeña escala.

Según explicó, aunque el impacto atmosférico actual todavía es reducido, existe una oportunidad para tomar medidas antes de que el problema se vuelva más grave y difícil de revertir. También advirtió que hasta ahora se han hecho pocos esfuerzos para controlar eficazmente este tipo de contaminación.

Starlink, la megaconstelación más conocida

Los investigadores creen, además, que sus estimaciones podrían quedarse cortas. Sus proyecciones se basaron en las tendencias observadas entre 2020 y 2022, los primeros años de expansión de las megaconstelaciones, pero los lanzamientos realizados entre 2023 y 2025 ya han superado esas previsiones. A esto se suma que se espera un crecimiento todavía mayor en los próximos años.

Marais añadió que, aunque la reducción de la luz solar pueda parecer beneficiosa en un contexto de calentamiento global, debe analizarse con mucha cautela, ya que podría generar consecuencias ambientales imprevistas.

El equipo estudió los principales contaminantes asociados a los lanzamientos y reingresos de megaconstelaciones. Estas misiones están compuestas por cientos o miles de satélites ubicados en órbita terrestre baja y han impulsado un fuerte aumento de los lanzamientos espaciales en los últimos años.

La megaconstelación más conocida es Starlink, de SpaceX, destinada a ofrecer conexión a internet. Con casi 12.000 satélites en órbita, es actualmente la más grande.

No obstante, existen otros proyectos similares que también han puesto en funcionamiento cientos de satélites. Los autores señalan que las estimaciones anteriores, que preveían unos 65.000 satélites adicionales para finales de la década, ya podrían estar desactualizadas y ser demasiado conservadoras.

El estudio indica que, aunque esta nueva etapa de megaconstelaciones comenzó con fuerza en 2020, estas misiones ya consumen más de la mitad del combustible utilizado en cohetes.

Además, se espera que su participación siga creciendo. La expansión de constelaciones existentes y el desarrollo de nuevas redes han hecho que los lanzamientos anuales casi se tripliquen: pasaron de 114 en 2020 a 329 en 2025, principalmente por el uso de cohetes Falcon 9 de SpaceX.

El Falcon 9 emplea queroseno como combustible, lo que libera partículas de hollín en las capas superiores de la atmósfera durante el lanzamiento.

Debido a que la circulación atmosférica en esas zonas es lenta, estas partículas pueden permanecer allí durante años. En cambio, el hollín procedente de automóviles o centrales eléctricas suele eliminarse más rápido gracias a fenómenos meteorológicos como la lluvia.

Por este motivo, el hollín emitido por cohetes puede tener un efecto climático unas 540 veces mayor que el hollín generado cerca de la superficie terrestre.

870 toneladas de hollín al año

De acuerdo con las proyecciones del equipo, para 2029 la industria espacial podría emitir unas 870 toneladas de hollín al año, una cifra comparable a las emisiones anuales de todos los automóviles de pasajeros del Reino Unido.

El doctor Connor Barker, autor principal del estudio, explicó que los lanzamientos de cohetes constituyen una fuente de contaminación particular porque introducen sustancias dañinas directamente en regiones altas de la atmósfera.

Aunque por ahora su impacto climático es menor que el de otras actividades industriales, su elevada potencia hace necesario actuar antes de que provoque daños difíciles de reparar.

La investigación también evaluó posibles efectos sobre la capa de ozono, encargada de proteger la vida en la Tierra de la radiación ultravioleta.

Algunos lanzamientos pueden liberar sustancias como cloro, capaces de afectar el ozono. Además, tanto los lanzamientos como las reentradas producen partículas que pueden acelerar reacciones químicas relacionadas con su degradación.

Por el momento, el impacto de las megaconstelaciones sobre el ozono sería limitado, ya que los cohetes que utilizan queroseno no emiten cloro y pocas misiones de este tipo han empleado combustibles que sí lo producen. Para 2029, se calcula que todos los lanzamientos de cohetes reducirían la capa de ozono global en apenas un 0,02%, muy por debajo del 2% asociado a sustancias reguladas por el Protocolo de Montreal.

Aun así, el despliegue de nuevas megaconstelaciones continúa. Algunas de ellas podrían utilizar combustibles que sí liberan cloro. Entre los proyectos en desarrollo se encuentran la constelación Leo de Amazon y la red Guowang impulsada por China.

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