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Eugenio Mallol

Los trileros de la IA

Tanto los que sostienen que la implantación de la inteligencia artificial destruirá empleos como quienes defienden que los creará, pueden argüir razones sólidas, pero la solución a la pregunta «¿con qué rapidez se está reorganizará la economía en torno a la IA?» no se conocerá en el corto plazo, hay que tener cuidado con el uso del pánico

Palabras sísmicas de Marc Benioff, CEO de Salesforce, la empresa líder en software para la gestión de las relaciones con clientes, en el Foro de Davos de 2025: «este es un momento que ninguno de nosotros olvidará jamás, somos los últimos CEO que solo van a gestionar a humanos como fuerza laboral». Un año después, su compañía decidía despedir a 4.000 empleados de atención al cliente porque la inteligencia artificial (IA) ya realiza ya el 50% del trabajo.

Las noticias sobre recortes de empleo asociados al impacto de la IA se suceden, pese a que todavía son muchas las incertidumbres acerca cuál acabará siendo la dimensión real de ese impacto. Meta acaba de anunciar que prescindirá de aproximadamente 8.000 empleados, el 10 % de su plantilla, para compensar el alto gasto en infraestructura de IA y congelará 6.000 contrataciones. Oracle está despidiendo a miles de trabajadores por motivos similares y Microsoft ha comenzado a ofrecer indemnizaciones voluntarias.

Meta acaba de anunciar que prescindirá de aproximadamente 8.000 empleados

Frente a los agoreros, otras visiones del futuro son menos lacerantes. El poderoso fondo de inversión Vanguard ha demostrado que los 100 empleos más expuestos a la IA superan, en realidad, al resto del mercado laboral en crecimiento y en salarios. Tras analizar cerca de 1.000 millones de anuncios de trabajo en seis continentes, PwC ha concluido que los empleados con habilidades en IA obtienen un salario un 56 % superior y que la productividad casi se ha cuadruplicado en los sectores más expuestos a la IA.

Una de las investigaciones más interesantes del último año sobre el poder de la automatización incluye la firma de la profesora de la Universidad Pública de Navarra Ainhoa Urtasun. Para la Federación Internacional de Robótica (IRF) es, de hecho, el mejor paper científico de 2025 y S&P Global Market Intelligence está contribuyendo a su difusión. Urtasun y sus colegas de la Universidad de Minnesota sostienen que las plantas industriales que adoptan robots incrementan aproximadamente en un 150 % sus ofertas de empleo y en un 15% su plantilla, en comparación con las que no lo hacen.

Las plantas industriales que adoptan robots incrementan aproximadamente en un 150 % sus ofertas de empleo

«Los robots sustituyen ciertas tareas, especialmente las rutinarias, de precisión intensiva o peligrosas, reduciendo así la demanda de mano de obra», explican. Pero su introducción genera también «nuevas tareas, como el diseño de entornos laborales robotizados, la instalación y programación de robots, y su supervisión, mantenimiento o cuidado». Estas nuevas tareas motivan la demanda de «ingenieros, técnicos y operadores adicionales, o requieren que los trabajadores existentes mejoren sus habilidades».

La clave de por qué crean empleo las plantas más robotizadas se encuentra, añaden, en una de las consecuencias de la mejora de la productividad: ayuda a conseguir más contratos y aumenta el negocio. «Las plantas que los adoptan producen no solo más, sino también bienes de mayor calidad, lo que impulsa las ventas a expensas de las que no los adoptan, que quedan fuera de la competencia».

Las plantas que los adoptan producen no solo más, sino también bienes de mayor calidad

Tanto quienes afirman que la IA provocará desempleo masivo como quienes insisten en que la tecnología siempre crea más empleos de los que destruye, tienen razones para defender sus posturas. La utilidad de ese debate solo se encuentra en cómo incidirá en nuestra toma de decisiones. Pero la solución sólo se conocerá con el tiempo.

En su análisis de escenarios posibles, Tim O’Reilly dice acertadamente que todo dependerá de dos factores: la rapidez con la que la IA desarrolla su capacidad para reemplazar el trabajo humano y la velocidad a la que se adoptará dicha capacidad. Son cosas muy distintas e imprescindibles ambas para el éxito de una tecnología.

En una sesión memorable del último CES de Las Vegas, Ani Kelkar, de McKinsey, puso sobre la mesa datos sobre esa realidad contradictoria. En 2033, se estima que la industria de EE.UU. no podrá cubrir 1,9 millones de empleos; la tasa de rotación de empleados para trabajos de almacén es ahora mismo en ese país del 40 %; sólo el 6 % de fábricas están dotadas de robots a escala; las tasas de instalación de robots de fábrica en China son 10 veces superiores a las de EEUU; el 13% de las horas de trabajo ya son automatizables con robots; y las inversiones en robótica se han multiplicado por 25 en tres años.

En 2033, se estima que la industria de EE.UU. no podrá cubrir 1,9 millones de empleos

La capacidad no es sinónimo de adopción, esta es la clave para no caer en manos de los trileros de la IA, tanto los que aprovechan el pánico para promover estrategias de intervención en el mercado y sobrerregulación, como los que se valen de él para hacer limpias aceleradas de plantillas.

Muchas veces objetivo real de esto último es incentivar la captación de inversiones en un sector tecnológico necesitado de liquidez, obligado a cumplir con los desmesurados anuncios sobre expansión de infraestructuras de IA, que ya oscilan entre los 600.000 millones y el billón de dólares sólo para el proyecto Stargate de EE.UU.

¿Con qué rapidez se está reorganizando la economía en torno a la IA?

¿Con qué rapidez se está reorganizando la economía en torno a la IA? Esta es la cuestión fundamental. Con datos inaccesibles, de poca calidad, escasamente interoperables, sin estándares en sectores estratégicos como la industria y la cadena de suministro, descontextualizados, la IA todavía no puede dar lo mejor de sí misma.

Por no hablar de la situación real de la práctica totalidad del tejido productivo, muy lejos, a millones de kilómetros de distancia, de los «tres ordenadores de la IA» anunciados por NVIDIA en la reciente Hannover Messe: el de entrenamiento, el de simulación y el de aplicación.

Desde hace un tiempo, pregunto a los directivos qué piensan hacer con el tiempo que va a regalar la IA a sus plantillas. Unos dicen que lo dedicarán a tareas más creativas y a la innovación, otros apuestan por hacer más de lo mismo y otros aceptarían recortar la jornada y dedicarlo a uso personal. Recientemente, pude formular esa pregunta a abogados y jueces en un evento del Consejo General de la Abogacía. Lo mismo.

Los trileros de la IA no deben sacarnos de la senda del equilibrio

Los trileros de la IA no deben sacarnos de la senda del equilibrio. Obviamente, la IA nos introducirá en un mundo completamente nuevo, pero el reto para los gestores de empresas y sector público será adecuar los ritmos y el alcance de la transformación.

Starbucks descubrió que las notas escritas a mano en los vasos, las tazas de cerámica y los buenos asientos impulsaban la satisfacción del cliente y decidió reducir la automatización. La compañía de autobuses Alsa realiza 200.000 encuestas al año a sus clientes y el factor más destacado por ellos es el trato humano con el conductor.

Nvidia ante la próxima revolución industrial

Nvidia ante la próxima revolución industrial

La mentira más peligrosa de los trileros de la IA es la de que hay que tomar ya partido entre la postura pesimista y la optimista. Ni robotizar alocadamente, ni quedarse fuera del mercado por falta de automatización. Los próximos cinco años arrojarán luz acerca del cambio real en el mercado. Mi pronóstico es que en la Hannover Messe de 2027, precisamente la que tendrá a España como país invitado, comenzaremos a ver los primeros destellos del nuevo mundo. Los años de transición son así. Paciencia.

Eugenio Mallol es periodista especializado en innovación tecnológica, autor, conferenciante y columnista. En la actualidad es director de estrategia y comunicación de Atlas Tecnológico, el primer ecosistema de la industria 4.0 en España, y coordinador y analista de la Cátedra Ciencia y Sociedad de la Fundación Rafael del Pino.

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