La dama del bosque

Desde niño he cazado las pitorras cada temporada. En mi familia nos hemos sentido hechizados por esta especie, tal vez por el halo de misterio que envuelve a su secretivo comportamiento y costumbres, por su abigarrado y críptico plumaje y también por la relativa escasez de su presencia

Plumas del pintor en el sombrero de Beltrán Domecq Williams

Plumas del pintor en el sombrero de Beltrán Domecq WilliamsCedida

A sus 40 años mi padre se jactaba de jamás haber errado una becada. Mi madre las atesoraba para la cocina: en su escala de preferencias les concedía el segundo puesto, quizás compartido con la zarceta y por debajo de su pariente cercana, la agachona, que para ella representaba la excelencia. En casa todas las temporadas cobrábamos alguna. Siempre las tuvimos como una especie rodeada de misterio que irradiaba un poderoso atractivo. Llegaban con puntualidad cada luna de noviembre y se asentaban en el bosque de pinos y eucaliptos. Las buscábamos con avidez con los perros y al lubricán subíamos a la azotea para espiar sus movimientos, realizados siempre siguiendo la misma ruta entre el sesteadero y el comedero, orillas de charcas o cualquier otro terreno blando rico en materia orgánica, donde poder clavar el pico y extraer lombrices.

Sus rastros son muy evidentes. La deyección –freza—es de color oscuro con un punto blanco en el centro; la pisada es como la de una perdiz, más fina y pequeña. Además, en su búsqueda de organismos del subsuelo, deja grupos de perforaciones agrupadas en el fango. Recuerdo bien la primera que cobré, el lugar exacto y las tres veces que la levanté antes de poder tirarla y hacerme con ella. Dispararles al paso en su vuelo vespertino –siempre a la misma hora y por el mismo sitio —es como tirar a una paloma posada o a un conejo encamado… Tampoco me resulta ya atractivo dispararles cuando salen y cruzan la línea de puestos en un ojeo de perdices o faisanes. Tengo claras en la memoria las que he matado sobre muestra de perro, especialmente Rudis, aquel setter inglés que me regaló mi abuelo cuando aún era un colegial. Una vez, tirando zorzales, a mi padre le entró una apeonando, casi le llegó a los pies, desde donde lo miró con sus profundos ojos oscuros, se dio media vuelta y volvió indemne por donde había venido.

Gallineta, pitorra, arcea, sorda, chocha perdiz, reina del bosque y becada son diversos nombres por los que se conoce a esta escolopácida en distintas partes de la geografía española. En Albión la llaman woodcock (gallo del bosque) y en Francia becasse, pero también mordoree y Michel Chapoutier produce un vino a base de la variedad syrah en su Domaine de la Mordoree, Chateneuf du Pape, que etiqueta como La Dame Voyageuse y lleva la ilustración de esta dama viajera. Es muy altamente valorada en los restaurantes del país galo, donde se calculan cientos de miles de capturas cada temporada. La población de la becada euroasiática, (Scolopax rusticola) parece estable. Cría mayormente en los países bálticos y en Rusia, yendo muchas de esas aves nórdicas a pasar el invierno al suroeste de Europa. En Gran Bretaña hay una pequeña población nativa que está en declive, pero allí van a invernar muchas de las becadas finlandesas, lituanas y rusas. En España se estima que crían de 3 a 4.000 parejas a lo largo de la franja frondosa y húmeda de la cornisa cantábrica y también en Canarias, pero toda la península es zona de invernada para las gallinetas de las latitudes altas, que también llegan a Marruecos.

Plumas del pintor, primera primaria del ala bastarda de la becada

Plumas del pintor, primera primaria del ala bastarda de la becada

Desde hace varios años he seguido con fascinación las conclusiones de una investigación llevada a cabo por el Game and Wildlife Conservation Trust en Inglaterra sobre las que pasan allí el invierno. Capturándolas y marcándolas con radioemisores han llegado a trazar con precisión en el tiempo y en el espacio las rutas seguidas en sus viajes, tanto de ida como de vuelta. Algunos individuos siguen la línea costera; otros prefieren volar sobre tierra y algunos se aventuran a cruzar el Mar del Norte. Mientras que hay aves que realizan el viaje con escalas de duración variada, otras lo ejecutan más o menos de seguido. Un estudio que recomiendo a cualquier interesado por el desconocido mundo de las migraciones de las aves.

He presenciado muchas veces cómo los sabuesos de zorro las sacaban de una mancha de aulagas y retamas de bajo porte

Desde niño he cazado las pitorras cada temporada. En mi familia nos hemos sentido hechizados por esta especie, tal vez por el halo de misterio que envuelve a su secretivo comportamiento y costumbres, por su abigarrado y críptico plumaje y también por la relativa escasez de su presencia. Les gusta pasar el día en la cobertura del bosque, aunque yo las he levantado también en mitad de una viña y cuando el eucaliptal de casa fue sustituido por una plantación de naranjos, también se encamaban allí. Cazando a caballo en Gran Bretaña, he llegado a levantar alguna en mitad de un rastrojo de trigo y he presenciado muchas veces cómo los sabuesos de zorro las sacaban de una mancha de aulagas y retamas de bajo porte. Existe la creencia en los círculos de foxhunting de que la presencia de la gallineta viene seguida del hallazgo de un rastro de Charlie por parte de la rehala… Su actividad es eminentemente nocturna y en la época de celo, el cortejo del macho consiste en volar sobre las copas de los árboles con un aleteo más pausado del habitual que acompasa con la emisión de un sonido parecido al croar de la rana y rematado con nota chirriante. Es lo que los franceses llaman la croule y los británicos el roding, del cual he sido testigo en ocasiones de rececho de corzo y observación de aves en tierras escocesas.

Retrato de una becada, guache sobre papel, del artista británico William H. Riddell (Northamptonshire 1880 - Arcos de la Frontera 1946)

Retrato de una becada, guache sobre papel, del artista británico William H. Riddell (Northamptonshire 1880 - Arcos de la Frontera 1946)

A lo largo de muchos años he pasado la última semana de la temporada de caza menor, final de enero, en una espectacular finca de la costa de Norfolk, Gran Bretaña. Allí en esa época se van concentrando becadas movidas por la migración de vuelta y procedentes del resto de la isla y probablemente también de Irlanda. Alguna mañana, en un par de horas antes del almuerzo y acompañado por mi hijo y los perros de la casa, hemos cobrado más de treinta, en un bosque ralo de pinos nórdicos alfombrado de helechos y junto a la orilla del Mar del Norte. Jimmy Deterding, mi anfitrión allí en Kelling Hall, me contaba haber presenciado lo que ellos llaman a woodcock fall, una entrada masiva y repentina en otoño tras un temporal de frío y heladas en latitudes altas. Cansadas y hambrientas, Jimmy las pudo observar aterrizando en las dunas de la playa. Él decidió no tirarlas más después de este incidente y del hallazgo de una de ellas que había quedado aprisionada cuando la superficie del suelo se heló alrededor de su pico introducido en la tierra.

De siempre, los artistas pintores han codiciado la pluma primaria del álula de las pitorras (y también la de las agachonas) para utilizarla a modo de pincel para trazos muy finos. Se conoce como «pluma del pintor» y los becaderos clásicos suelen coleccionarlas prendidas en la badana del sombrero.

Desde el punto de vista gastronómico, probablemente ninguna otra ave despierte tanto interés como la gallineta. Los franceses, maestros de la culinaria, las cuelgan durante días para el faisandage y las cocinan con las tripas dentro. Los británicos se empeñan en la pose de hacerlas al horno y servirlas sobre una tostada, cabeza y pico incluidos. Yo las he tomado así y puedo afirmar que su textura es más próxima a la de una pelota de goma maciza que a la de la carne de ternera de Ávila…Y es que, tras un vuelo migratorio de miles de kilómetros, no se puede pretender que los músculos del ave puedan ser enternecidos por un simple horneado. Por ello mi madre las cocinaba con vino amontillado y aceite de oliva. Exquisitas.

Un ave enigmática que siempre ha ejercido una fuerte atracción sobre los cazadores y sobre la gente del campo en general.

  • Javier Hidalgo de Argüeso es cazador, ornitólogo y jinete

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