Jornalero
Su tiempo se mide en días enteros que empiezan antes de que el campo despierte del todo y terminan cuando ya cae la tarde
Jornalera trabaja en el campo
Jornalero es palabra de campo y de fatiga, hecha de manos, sudor, sol y tierra. Nombra a quien vive del jornal —del trabajo que se paga por día, por tarea o por temporada— y que durante siglos ha sostenido la faena: la siega, la vendimia, la poda, el desbroce, la trilla, la carga. Figura central y, a la vez, expuesta: necesaria para el tajo y a menudo a merced de la escasez.
Su tiempo se mide en días enteros que empiezan antes de que el campo despierte del todo y terminan cuando ya cae la tarde. Hay en esa vida una relación muy directa con el cuerpo: el campo se gana con presencia, con resistencia y con oficio aprendido a fuerza de repetir gestos. El jornalero sabe de madrugones, de bocadillos comidos a la sombra, de manos agrietadas, de espaldas dobladas, de calor, de frío, de lluvias que retrasan la faena y de trabajos que no esperan.
Unos días conoce el tajo de memoria; otros entra en un sitio nuevo, lo lee deprisa y se pone al ritmo de la cuadrilla
Mira el terreno con ojos prácticos y aprende rápido cada labor, porque el trabajo rural cambia de una finca a otra y de una campaña a otra, según el jornal, el destajo o la urgencia. Unos días conoce el tajo de memoria; otros entra en un sitio nuevo, lo lee deprisa y se pone al ritmo de la cuadrilla. Esa adaptación es oficio, tanto como la fuerza o la destreza. Y junto a él, la jornalera: en la fresa, en el invernadero, en las tareas que piden destreza paciente y constancia diaria.
Hay en el jornalero una manera muy particular de habitar la incertidumbre. No trabaja sobre una seguridad, sino sobre una oportunidad: hoy hay tajo, mañana quizá no; hoy toca una finca, mañana otra; hoy manda el capataz, mañana la lluvia. Por eso su vida tiene algo de resistencia y algo de provisión. Sabe apretar el cuerpo cuando hace falta y guardar fuerzas cuando el día se vuelve largo. También sabe que el trabajo no termina en el gesto de hacer, sino en la costumbre de volver a empezar.
Su suerte depende de la lluvia, del encargo, del capataz, de la temporada, de que haya o no haya faena. De ahí esa mezcla de aguante y de filo: quien vive al día sostiene el campo, aparece, cumple, vuelve. El resultado se ve en la finca; la mano que lo hizo, casi nunca.
En el Diccionario sentimental de campo, jornalero es la palabra de quien se levanta antes del alba, acepta el tajo que toque y hace su parte sin grandes discursos. El campo, ese que tantas veces se da por hecho, lo levantaron manos así.
- Mercedes Barona es periodista premio Jaime de Foxá