05 de julio de 2022

Fotograma de `La ley de Teherán´

Fotograma de La ley de Teherán

Crítica de cine

'La ley de Teherán': El sorprendente mapa humano de la droga en Irán

Una lección de montaje, ritmo interno, uso de la banda sonora, suspense y resolución dramática

En Irán la droga se ha convertido en un problema social de primer orden. Ya son millones los ciudadanos los que han caído en las garras de la drogodependencia. Como la pena es la misma por un poquito de droga que por un gran alijo, los que se dedican al narcotráfico optan por trabajar a gran escala. Este es el escenario real en el que se desarrolla la película. El director y guionista Saeed Roustayi tiene una corta filmografía, pero de hondo calado social, como Life and a Day (2016), también protagonizada por Payman Maadi. En La ley de Teherán nos cuenta cómo un jefe de policía en Teherán, Samad (Payman Maadi), y su equipo tratan de dar con Naser Khakzad (Navid Mohammadzadeh), un capo del narcotráfico para el que trabajan un montón de camellos, pero al que nadie parece haber visto nunca. Sin embargo, la ley iraní no se lo pone fácil a los policías cuya palabra vale ante el juez lo mismo que la de un traficante.
Aunque se trata de una película bastante coral, protagonista y antagonista tienen en común una complicada situación familiar que les obliga a tomar decisiones en su vida. No es que el director quiera justificar lo injustificable, pero sí huye de un maniqueísmo de buenos y malos, y trata de comprender el drama humano que se esconde dentro de cada personaje. El bien y el mal aparecen mezclados, entrelazados. Nadie es completamente malo ni completamente bueno. Una de las subtramas más impactantes es la del vendedor lisiado que quiere que su hijo, menor de edad, se declare culpable de los delitos de droga que él ha cometido y así evitar la cárcel, aunque suponga la prisión para el niño.
La ley de Teherán

La ley de Teherán

Una de las cosas más sobresalientes del filme es su puesta en escena. Ya el arranque es de una fuerza inusitada. Sin efectos especiales ni trucos de postproducción es una lección de montaje, de ritmo interno, de uso de la banda sonora (música de Peyman Yazdanian y sonidos), de suspense y de resolución dramática. Una perfecta combinación de los oficios de Hooman Behmanesh, director de fotografía, y Bahram Dehghani, montador. Y ese arranque marca el estilo de toda la película, que tendrá al espectador clavado en su butaca. A diferencia de otras películas de género, aquí no es previsible lo que va a pasar ni nada debe darse por supuesto.
Otro acierto del film es su fuerte estilo documental. Algunas secuencias, como la de los drogadictos escondidos en una especie de colmena de cemento, y que huyen como moscas a la llegada de una redada policial; o las escenas de la prisión, abarrotadas de cientos de pobres hombres, con el rostro marcado por el horror de las drogas, son escenas dignas del mejor documental. Un género en el que el director ya había hecho sus pinitos. Por tanto, nos encontramos con un cine que en algunos aspectos recuerda al del maestro iraní Asghar Farhadi, en el sentido de que, tras la trama principal, se nos dibuja un potente retrato de algunos aspectos de la sociedad iraní, con sus luces y sus sombras, con sus contradicciones.
El espectador sabe que el camino que la película le va a hacer recorrer es duro, pero también sabe que la realidad en la que se inspira el film es más dura todavía. Pero lo importante es la autenticidad humana de esta historia, maravillosamente contada.
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