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Wo men bu shi mo sheng ren

Fotograma de Somos todos extraños

Festival de Berlín

La película 'antifestival' que podría triunfar en la Berlinale 2026

Uno de esos filmes que por su simplicidad narrativa, normalidad de situaciones, simpatía de personajes y calidad interpretativa es injustamente calificada así

Hoy en la sexta jornada de la Berlinale 1976 cabe señalar la presencia de un intruso, uno de esos filmes que por su simplicidad narrativa, normalidad de situaciones, simpatía de personajes y calidad interpretativa llaman a la identificación por parte del espectador y por ello son injustamente calificados como películas no para festival.

Wo men bu shi mo sheng ren, aquí traducido como Somos todos extraños, del singapureño Anthony Chen, que trae por primera vez a la cinematografía de su país en los 76 años que lleva de vida la Berlinale, es esa cosa simple, común y clara como el agua que es tan difícil de encontrar en un festival como lo es descubrir el líquido elemento en un desierto.

Es también el debut en Berlín de este director de 42 años, descubierto por Cannes en 2013 con Ilo ilo, primer capítulo de una trilogía autobiográfica, que le valió la Cámara de Oro al mejor debutante y que se vuelve a reunir con dos de sus actores de esa ópera prima, Yeo Yann Yann y Koh Jia Ler, a los que lanzó en sus carreras, en los papeles respectivos de una madura cervecera y el hijo adolescente del dueño del local, hostil a la boda de este con aquella.

Una familia normal con problemas normales que logra despertar la simpatía y la identificación del público más común gracias a un guion muy bien escrito por el mismo Chen, que siempre extrae de su propia vida la inspiración para sus películas.

Cada personaje está muy bien dibujado con pocos y simples detalles que terminan por delinearlos psicológicamente y cada situación está manejada con tal naturalidad por Chen que hace olvidar las dos horas y media que dura el filme que se revela como una de esas recetas caseras que se hacen con los ingredientes que uno tiene en su casa y que son el perfecto broche de oro para una velada en familia.

Muy de festival, en cambio, las dos ofertas de la jornada en concurso de hoy, At the sea del húngaro Kornél Mundruczó, retrato de un bailarina en crisis profesional, conyugal y maternal, y Nina Roza de la canadiense Geneviève Dulude-de Celles que vuelve a Berlín después que en 2019 la premiara con el Oso de Cristal a la mejor ópera prima, Une colonie, sobre un marchand que debe descubrir la verdad acerca de una supuesta pintora prodigio de 11 años.

Mundruczó, que desde 2017 tiene problemas para rodar en su país, a causa del boicot productivo que le hace el gobierno conservador, ha debido encontrar los fondos necesarios para filmar At the Sea en el lejano Canadá con la consiguiente restricción de rodar en inglés para obtener la presencia de una estrella de atracción internacional como Amy Adams.

Adams interpreta a una bailarina moderna que ha pasado seis semanas en una clínica de rehabilitación para dipsómanos que vuelve a su hogar para afrontar una crisis existencial general, tanto familiar como profesional.

El guion que le ha preparado su esposa Kata Wéber tiene todos los ingredientes necesarios para un filme de festival, es decir, mezcla tiempo y espacio con flashes que irán aclarándose a medida que avanza la narración mientras la protagonista dialoga con su propio yo, cuando era niña, y con el padre que la obligó a ser una estrella del ballet, mientras afronta una similar situación con su propia hija.

Una curiosa característica de At the Sea es que a pesar de contar con un guión que se propone desorientar al espectador, con idas y venidas en el tiempo, la acción no deja nunca de ser previsible, incluyendo una secuencia resolutiva en la que todo vuelve a entrar como por encanto en la normalidad.

Nina Roza es la historia de un galerista búlgaro que vive desde hace 23 años en Montreal, rompiendo todo lazo con su país de origen, incluyendo a su hermana a la que de tanto le envía dinero, y que debe retornar a Bulgaria para descubrir si una niña de 11 es la verdadera autora de unas pinturas abstractas que él podría comercializar.

El viaje para Michel, el actor búlgaro Galin Stoyev, es no solo la ocasión de representar en exclusiva a un nuevo e inédito valor de la pintura internacional, sino también la de ajustar una vieja cuenta con su pasado, alejándose por un momento de un conflicto con la hija que acaba de abandonar a su fresco marido para irse a vivir con él.

Una historia descabellada que la directora trata de llevar a buen puerto sin mucho daño pero que se revela superior a sus delicadas fuerzas.

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