Dean Martin
Cine
Dean Martin, el enigma del Hollywood clásico que nadie logró descifrar
Carismático, genial, legendario, popular, divertido, auténtico, canalla, atractivo, espontáneo y galán. Pero también…
Parte del atractivo de Dean Martin es que durante los treinta años que estuvo en lo más alto de éxito y popularidad, se cernió sobre él un misterio. ¿Qué escondía aquel compendio de simpatía, atractivo y espontaneidad? ¿Cómo conseguía ser así de carismático de manera ininterrumpida y sostenida? Nunca fue pillado en un renuncio, nunca le vieron siendo otra cosa que no fuera él… Pero algunos pensaron que interpretaba un papel, que nadie podía ser tan cool. Que en algún lugar desaparecía el personaje y empezaba el hombre. Un lugar que pocos conocían.
Dean Martin
Hoy, sin embargo, entre sus biógrafos, amigos y público general parece haber un consenso total: Dean Martin era Dean Martin.
Hijo de un barbero y una costurera inmigrantes italianos, Dino Paul Crocetti acabaría siendo otra manifestación de la cultura italiana en Estados Unidos, como Frank Sinatra o Mario Puzo. Y, sin embargo, pocos serían un icono más americano que él en la cultura popular del siglo XX. Había nacido en un pueblo de Ohio, Steubenville –hoy forrado de imágenes del actor–a medio camino entre Chicago y Nueva York. Vapuleado por el Crack del 29, la ciudad sobrevivió a base de casas de apuestas, licorerías, prostíbulos y cuadriláteros atestados de niños donde el actor se rompió la nariz y pasó su niñez. Una niñez 'idílica' diría: «Tuvimos todo lo que necesitábamos: una bicicleta, un coche y buena comida».
Su evidentísimo talento para la música le llevó a los clubs nocturnos donde empezó a actuar como Dino Martini y con algo más de 20 años se fue a Nueva York a trabajarse la noche en pequeños locales de variedades. Allí conoció a Jerry Lewis con quien estableció una rutina de música y gags en la que él hacía de playboy y el cómico de histriónico patán. Durante una década se convirtieron en un fenómeno de los clubs nocturnos y la televisión y, por supuesto, del cine ya que protagonizaron para la Paramount dieciséis películas en siete años.
Pero aquel fenómeno social y lucrativo se rompió amargamente en 1956, momento en el que muchos dudaron de que Martin pudiera triunfar en solitario. Sin embargo, después de Lewis, Martin demostró que podía brillar fuera de la comedia y asombró a la crítica con sus papeles en El baile de los malditos con Marlon Brando y Montgomery Clift y, por supuesto, Río Bravo donde canta el tema My rifle, my pony and me haciendo de ese momento algo legendario. En el cine trabajó con todos: John Wayne, Tony Curtis, Janet Leigh, Cantinflas, Shirley MacLaine, Paul Newman, Robert Mitchum, Gene Kelly, Bing Crosby, Deborah Kerr o Kim Novak.
Fotograma de Río Bravo
Y luego, por supuesto, hizo La cuadrilla de los once con aquel deslenguado y elegantísimo grupo llamado Rat Pack formado por él, Frank Sinatra, Peter Lawford, Samy Davis Jr. y Joey Bishop. Y él, arrebatador y cada vez más atractivo, llenaba cada noche el Sands de Las Vegas y grababa un disco tras otro, hasta un total de 750 singles, que se convertían en número uno.
En 1965, la NBC le ofrece un programa de televisión hecho a su medida, The Dean Martin Show, un espacio de variedades semanal que estuvo en lo más alto de cuota de pantalla durante sus nueve años de emisión marcado por su espontaneidad y carisma. Ni un ensayo, ni una lectura previa de guion o de chistes. Dean jugaba al golf toda la mañana del domingo, llegaba al estudio una hora antes del directo, se duchaba, picaba algo, se ponía su esmoquin… Y al aire.
En cada capítulo se equivocaba, se reía, improvisaba y, por supuesto, cantaba embelesando a la audiencia con ese estilo inspirado en los Mills Brothers y Bing Crosby, melifluo y fluido, personal y reconocible absolutamente vigente. No en vano, That’s amore, tiene 240 millones de reproducciones en Spotify porque, por supuesto, cantaba en italiano, su lengua materna, maravillosamente bien. ¿Su secreto? Él decía que el público: «No canto tan bien, pero la gente me quiere. Si no, habría acabado siendo el fontanero de mi pueblo». Pero hoy, treinta años después de su muerte, sigue funcionando porque sus canciones destilan una belleza especial, un sabor elegante que ya no existe, que sólo tuvieron unos pocos.
Dean Martin y Frank Sinatra
Dean Martin nunca dejó de trabajar, pero a partir de mediados de los 80, sobre todo a raíz de la trágica muerte de su hijo en 1987, se fue apartando poco a poco de los focos y de la vida pública. Días antes de su muerte en 1995, se despidió casi de su querido Frank Sinatra contándole un chiste por teléfono. Auténtico y espontáneo hasta el final.
Tan legendario, tan carismático que algunos siempre recelaron pensando que interpretaba un papel porque no existía lo cool de manera tan natural. Sin embargo, la mayoría nunca dudó. Hasta el mismo Elvis Prestley dijo a la hija de Martin en cierta ocasión: «A mí me llaman el Rey del Rock and Roll, pero tu padre es el Rey del Cool».
Cool… Que no es sólo genial, que para los jóvenes es más bien guay y que tampoco es magnífico. Esa palabra tan difícil de traducir al español que en su acepción de la RAE bastaría con que pusiera, sencillamente: Dean Martin.