Fotograma de Ciudadano Kane
Cine
¿Por qué 'Ciudadano Kane' es la mejor película de la historia del cine?
85 años después de su estreno sigue siendo rabiosamente actual, estéticamente poderosa y profundamente poética
Muchos dicen que está mitificada, que subrayar hoy su grandeza resulta pedante y que a las generaciones actuales les aburre y no la entienden. Pero lejos de las listas de cine, de las notas en IMDb o los críticos de Sight & Sound, lo absolutamente cierto es que Ciudano Kane es una de las películas más influyentes y profundas de la historia del cine. Y que nunca está de más hablar de ella.
Orson Welles tenía 25 años cuando la realizó. El enfant terrible de Hollywood logró que la RKO se la financiara debido a que, desde 1937, su nombre era uno de esos «en alza» dentro de la industria gracias a sus Macbeth vudú y Julio César antifascista que habían causado sensación en el teatro de Nueva York. A ello se añadió la fama que había adquirido de genio joven y moderno después la emisión radiofónica de La guerra de los mundos en 1938 que provocó que millones de americanos creyeran que la Tierra estaba siendo atacada por los alienígenas. Orson Welles era un fenómeno en alza y después de que todos los estudios le tentaran, se decidió por la RKO porque le dio libertad creativa total para realizar el proyecto que quisiera garantizándole el montaje final, 800.000 dólares de presupuesto y un contrato por dos películas más.
Fotograma de Ciudadano Kane
Así que Welles encargó a su amigo y guionista Herman J. Mankiewicz que se inspirase en la vida del magnate de la prensa William Randolph Hearst para hacer un guion «muy americano» sobre el poder, la memoria y la identidad. Además, Welles quería que algo muy insólito a nivel narrativo y es que la historia fuera fragmentada y no lineal, que hubiera varios narradores y que la historia de su personaje se conociera a base de flashbacks contradictorios.
La película cuenta la vida de uno de los hombres más poderosos de América, Charles Foster Kane, dueño de una cadena de radios y periódicos ingente, creador de opinión pública y candidato frustrado a la presidencia de Estados Unidos, que lo tuvo todo y murió solo. Una película que, en su primera capa, habla sobre la vida, el apogeo y la caída en desgracia de un magnate de la comunicación; en la segunda, de la degradación moral de un hombre poderoso; y en el subtexto más profundo, de algunos de los grandes temas que han marcado el arte, la literatura y el drama. Y es ahí donde radica la grandeza de Ciudadano Kane, en este fondo insondable.
Porque la cinta habla de la corrupción del idealismo por el poder (ya que Kane se convierte en aquello que juró combatir, un arrogante manipulador que sólo quiere satisfacer su propio ego), de la verdad como algo imposible de alcanzar (pues este rompecabezas demuestra que la realidad de una persona es subjetiva, un misterio que nadie puede resolver por completo), de la infancia perdida (ya que Rosebud, la última palabra que dijo Kane antes de morir, simboliza la inocencia y la seguridad que le fueron arrebatadas), del vacío existencial (de quien, teniéndolo todo, pasa su vida acumulando posesiones y comprando personas para intentar llenar esa desolación), de la soledad (pues Kane no quería o no podía amar a nadie, pero deseaba que le amaran bajo sus propios términos, lo que inevitablemente le condenó al aislamiento) y, por supuesto, del narcisismo y el control (de alguien que destruye todas sus relaciones personales por el deseo de dominación que ejerce sobre los demás).
Fotograma de Ciudadano Kane
Todo esto, que ya es grandioso, vino acompañado de una estética única, pues la fotografía de Gregg Toland, la iluminación y el diseño de producción se siguen estudiando en las escuelas de cine por hermoso y complejo. Así como el simbolismo casi poético que salpica toda la historia como ese trineo que representa la inocencia perdida, la nieve como el deseo de congelar el tiempo, la acumulación de estatuas como la necesidad de llenar el vacío, los constantes rompecabezas y juegos de espejos como metáfora de la complejidad del alma humana, el castillo de Xanadú como un mausoleo en vida y la prensa como esa nada que entretiene y manipula a las masas, pero que es incapaz de narrar la verdad de los hechos.
Ciudadano Kane fue un fracaso de taquilla y sólo a finales de los 50 empezó a entenderse y a valorarse en toda su grandeza. Hoy ya no hay duda de que es la Capilla Sixtina del cine, la obra madura, arrebatada, laberíntica y superlativa de un genio incomprendido que, 85 años después, sigue pareciendo nueva. Su belleza y complejidad no han envejecido y su actualidad y vigencia están intactas. Por eso, Ciudadano Kane de Orson Welles, aunque a muchos no les guste, aunque otros no entren en su historia y su lenguaje, sigue siendo la más importante y la mejor película de todos los tiempos.