29 de enero de 2023

William James Sidis

William James Sidis

La desgraciada vida de Sidis, el mayor niño prodigio y el hombre más inteligente de la historia

Ni Einstein, ni Stephen Hawking, la persona considerada como la más lista, capaz e instruida fue William James Sidis

William James Sidis, bostoniano niño prodigio nacido en 1898 lo siguió siendo, prodigio, a lo largo de su corta y trágica vida. El portento de orígenes rusos y judíos que con año y medio de edad leía el periódico, a los ocho ya hablaba ocho idiomas (inglés, francés, alemán, ruso, latín, griego, hebreo y armenio) y antes de esto incluso había inventado uno, al que llamó «vendergood», con ocho conjugaciones. Un buen ejemplo de la rareza de las aplicaciones que dio a su inteligencia, y que provocaron un rechazo casi inicial de sus contemporáneos y de los académicos, que veían en él a un extraño, además de una terrible amenaza para sus egos.
Antes también de los ocho años ya había escrito cuatro libros, dos de astronomía y otros dos de anatomía. Ingresó en Harvard a los doce, aunque había sido admitido a los 11 (en el MIT lo aceptaron a los ocho) y era tan cinematográficamente experto en Matemáticas Aplicadas como El Indomable Will Hunting. No se conocen registros de medición de su coeficiente intelectual, pero dice la leyenda que se situaba entre 250 y 300, más del triple del factor de una persona con una inteligencia normal. Los dones, sin embargo, ocultaban (o no) una deficiente inteligencia emocional que contribuyeron a ahondar en su alejamiento y aislamiento esencial.

Licenciado en Medicina a los 16

No se conformó con declararse ateo y comunista (fue encarcelado por participar en una marcha socialista) en los años veinte estadounidenses (en los años veinte del XXI hubiera sido colmado de elogios) y elaboró su propia teoría anarquista. Una evolución ideológica paralela, pero inversamente proporcional, a sus logros académicos. A los 16 obtuvo la licenciatura en Medicina, y cuanto mayores eran sus conocimientos y avances eruditos, menores eran los sociales. El amor le fue negado, aunque lo sintió (quizá hasta la mismísima muerte) pues nunca pudo superar su timidez delante de las chicas y de las mujeres, ahogado en una mudez patológica.
Dicen que su padre, hacedor de las hechuras personales de su hijo desde su nacimiento, le recomendó dejar de ver a Martha Foley, a quien conoció en una manifestación para que no se distrajese del camino trazado hacia una fama y una gloria inciertas. Y le hizo caso, aunque el inevitable resultado fue que se alejó también de su padre y entonces se quedó solo y desvalido y sumido en surrealistas y poco aceptados proyectos, como su propia personalidad. Hacia el fin, que le llegó a los 46 años por una embolia cerebral (casi el efecto físico de una explosión de insoportable inteligencia inhumana), hablaba 40 idiomas y se había licenciado en siete carreras, pero apenas sabía relacionarse, ni siquiera apenas vestirse con normalidad, vivir al fin y al cabo, en la paradoja donde los expertos, en el debate sobre los prodigios, no se ponen de acuerdo si es la excepción o la norma.
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