Macron convierte Notre Dame, como la ceremonia de los Juegos Olímpicos, en otro espectáculo «woke»
El presidente francés, después de una reinauguración de la catedral parisina impropia de su significado, consigue sustituir las vidrieras originales por otras modernas, obra de la artista contemporánea Claire Tabouret
El presidente francés Emmanuel Macron pronuncia un discurso durante la reapertura de la catedral de Notre Dame
Viollet-le-Duc, autor de las vidrieras originales de la catedral de Notre Dame debe de revolverse en su tumba. En realidad, de ser así, lo lleva haciendo más de un año, desde que se puso en marcha el concurso para llevarse sus vitrales a un Museo y sustituirlos por unos nuevos después del gran incendio.
No hay ningún motivo de conservación, ni siquiera de oportunidad, para llevar a cabo este cambio. Se puede decir que es ya una vieja reivindicación la defensa de la obra del arquitecto parisino del XIX. El revisionismo que se lleva la obra secular para instalarla en otro lugar por otra sin explicaciones convincentes y con contundentes y prestigiosas oposiciones.
Es el triunfo de la vulgar política sobre el arte. Ya se vio en la reinauguración de la catedral blanqueada como una dentadura y con el obispo vestido como si fuera un rey mago de aquellos de Carmena. Por no hablar del báculo que parecía sacado de una película de Marvel. Cuando con él dio golpes al portón, más de uno debió de pensar que de su extremo iban a salir rayos.
Sobre las vidrieras ya hubo una petición de más de 120.000 firmas lanzada por el historiador y crítico de arte Didier Rykner, fundador de la revista La Tribune de l’Art, para quien (y para muchos más) «Las vidrieras de Notre Dame diseñadas por Viollet-le-Duc fueron creadas como un todo coherente. El arquitecto quiso ser fiel a los orígenes góticos de la catedral».
La artista francesa Claire Tabouret ante algunos de sus bocetos para las nuevas vidrieras de Notre Dame
La ganadora del concurso público ha sido la artista Claire Tabouret en asociación con el taller de vidriería Simon-Marq. Un concurso apoyado por la propia Iglesia francesa. De hecho fue el propio arzobispo de París, Laurent Ulrich (el mismo que apareció con el báculo de Marvel y la casulla de los reyes magos de Carmena), quien expresó a Macron su deseo de que el Estado encargase «una serie de seis vidrieras para las capillas laterales sur de la nave».
El crítico Rykner escribió sobre las vidrieras originales que «Son parte integrante de la obra del arquitecto y sobrevivieron al incendio. Retirarlos dañaría el equilibrio de la luz». Pero no debe de interesar demasiado este equilibrio, sino una supuesta modernidad que no tiene en Notre Dame el sujeto ideal precisamente como símbolo de la Europa cristiana y no de la Europa que se pretende reconstruir, se diría que anticristiana después de ver lo sucedido en la ceremonia de los Juegos, también en París y también con Macron a los mandos.
Bocetos para las nuevas vidrieras de Notre Dame
Macron y la Iglesia francesa, que tampoco se libró de la tensión en su seno debido a la remodelación interior innecesaria del templo. Además de artistas e intelectuales, muchos religiosos se han opuesto y se oponen con ferocidad a la modernización ya llevada a acabo y propuesta en un principio por el anterior arzobispo de París, Michel Aupetit. Los primeros ya escribieron un manifiesto en Le Figaro denunciando el proyecto:
«La diócesis de París quiere utilizar la restauración para convertir el interior de Notre Dame en un proyecto que distorsiona por completo la decoración y el espacio litúrgico», dijeron. «Considera que la destrucción del fuego es una oportunidad para transformar la forma en que el visitante entiende el monumento, mientras que el fuego se limitó al techo y la aguja y no destruyó ningún patrimonio en su interior».
Y añadieron que la renovación tenía como objetivo «destruir el rediseño del interior del siglo XIX por Eugène Viollet-le-Duc, el arquitecto que también construyó la aguja de estilo gótico». Una destrucción que ya es un hecho después de la reapertura de la nueva Notre Dame, cuyo siguiente paso de su hoja de ruta inamovible y «woke», pese a las fuertes y razonadas oposiciones (245.000 firmas hasta el momento), es la sustitución de las vidrieras de Viollet-le-Duc por las de Tabouret, cuyos primeros bocetos se han podido ver a lo largo y ancho de este artículo.