Fundado en 1910
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Artistas del mundo, ¡uníos contra Trump!

En Nueva York ya comparan a Trump con el Apartheid, mientras un colega de Gene Hackman se entrenaba en la discoteca, Nino Bravo surgió inesperadamente de Brahms y Cioran retrata a Zelenski

Zelenski y Trump discuten en el Despacho Oval de la Casa BlancaAFP

A falta de pronunciamientos públicos en los Oscar (solo Daryl Hannah se atrevió a salir a puerta gayola con un «¡Viva Ucrania!», pero a esta actriz, antigua novia de un Kennedy, siempre la han tenido allí por una desquiciada), The New York Times ya ha encontrado a un inesperado héroe solitario contra Trump, entre la vasta comunidad de artistas internacionales.

Asegura la prensa progresista que el «célebre» violinista alemán Christian Tetzlaff ha suspendido su próxima gira primaveral por ocho ciudades norteamericanas como muestra de su desacuerdo con las políticas de Trump.

A partir de ahí, una vez establecida la categoría, hay que convenir en que el gesto del músico parece encomiable. Al menos, renuncia voluntariamente a los beneficios que podría percibir mediante sus actuaciones, por sus ideas. El intercambio parece justo, dado que solo compromete a su bolsillo.

Contrasta su actitud con la de esas galerías españolas que se manifiestan en Arco. Apagan las luces para hacer notar su disgusto con el hecho de que sus clientes tengan que pagar el IVA cuando compran un cuadro, algo que, al parecer, no ocurre en otros países de la UE.

Tetzlaff se juega sus propios cuartos para protestar en público contra lo que considera una traición de Trump hacia Ucrania. Los galeristas españoles, no hallando ningún otro motivo de reprobación, disgusto o agravio, reprenden al gobierno español porque a la hora de vender sus productos se encuentran en franca desventaja frente a otros competidores.

Podían haberse sumado a los autónomos, por ejemplo. Pero que protesten los artistas (a través de sus representantes, eso sí), contra el organizado espolio fiscal, concede a la lucha por suprimir el IVA un nuevo prestigio.

Claro que, al Gobierno, le sobran argumentos para la victoria. Dado que otros artistas españoles célebres publicitan su solidaridad con Ucrania, qué menos que explicarles a todos que precisamente los mil millones de euros anuales que Sánchez pretende otorgar a ese país saldrán, necesariamente, de los impuestos, incluido el IVA que ahora reclaman ahorrarse las galerías de arte.

Por cierto, el Times neoyorquino, en una suerte de hipérbole para atizar futuras hazañas artísticas, asimila el pronunciamiento de Tetzlaff a los boicots de artistas que se sucedieron en los últimos años del Apartheid, en contra del gobierno de Sudáfrica. Qué pensarán, por ejemplo, las legiones de afroamericanos que libremente votaron a Trump.

Gene Hackman, un obrero de la actuación

Ha muerto Gene Hackman y, como suele ocurrir cuando la parca se presenta bajo morbosas circunstancias, las causas de un hecho luctuoso, ya irreparable, se imponen en una cháchara infinita sobre el recuerdo de los méritos del fallecido.

Cierta vez, Dustin Hoffman (que fue compañero de estudios de Hackman en la escuela de cine y logró acabar, no como este, al que echaron por «inútil» para la profesión) se preparaba para su dura escena en un rodaje. Tenía que aparecer completamente agotado, casi consumido ante la cámara. Así que no se le ocurrió nada mejor que pasarse la noche anterior en vela, dándolo todo en la pista de una célebre discoteca.

A las pocas horas, al presentarse por la mañana en el lugar elegido para la escena, su compañero de trabajo, sir Laurence Olivier, avanzó hasta él para interesarse por su apreciable desmejora. Hoffman eligió la verdad. Orgulloso de su proeza, le explicó el motivo sin ahorrarse ningún detalle. Al concluir el apasionante relato de su intensa «preparación», Olivier, sin apenas mirarle, le dijo: «Chico, se trata de actuar».

Otro gigante como Spencer Tracy, que sintetizó así su tarea: aprenderse las líneas y decirlas procurando no tropezar con los muebles, se destacaba también a la hora de sacarle hierro a un oficio que, a menudo, se adorna de una complejidad, una entrega, un intelectualismo inasumibles por falsos, artificiales o descarados.

Hackman, a su modo un obrero, también despreciaba esas pomposidades. Nunca se extendió demasiado acerca de su pretendido arte porque ni lo necesitó ni creía en eso. Sin estridencias ni métodos, supo encauzar todo tipo de roles y dotarlos de verdad.

Basta acudir a sus seguras, primerizas encarnaciones de Popeye Doyle o Henry Caul. Pero incluso los encargos relativamente menores, como aquel del rico al que pretendían timar las encantadoras Sigourney Weaver y Jennifer Love-Hewitt en una tan olvidada como entretenida comedia, adquirían con él una dignidad inalcanzable para otros, quizá más conscientes de su «compromiso».

El primer Nino Bravo surgió de Brahms

El azar siempre establece conexiones inesperadas. El otro día me hice con la autobiografía de uno de los más importantes compositores españoles entre los que aún permanecen en este valle de lágrimas, Manuel Alejandro. Sus canciones, que tanto contribuyeron a la celebridad de Rocío Jurado, Raphael, Julio Iglesias o Marisol, entre muchos otros, inspiraron a García Márquez, que le tenía por un genio, y requirieron, en su momento, de impensados glosadores como el exquisito poeta Caballero Bonald.

A los cinco minutos de esta compra, me fijé en otro libro, que ya había leído en una época anterior pero cuya falta presentía en mi rodante biblioteca. El Breviario de podredumbre de Cioran, en la traducción de Fernando Savater, regresó conmigo a casa. Y allí surgió el hallazgo. Resulta que en la tercera página de las memorias del autor de la maravillosa. Procuro olvidarte (sobre todo en la voz del inimitable Bambino), Manuel Alejandro se refiere a… Cioran.

Luego, al continuar, se apunta el interés que en el compositor suscitó, desde muy temprano, la filosofía, también fruto de una casualidad. En una ocasión, tenía en la mesa la partitura del Concierto para la mano izquierda de Maurice Ravel. Se la había proporcionado su padre, porque como el futuro músico había sufrido una grave lesión en el codo, esperaba que cuando algún día se recuperase pudiera, al menos, interpretar la obra que el compositor francés de origen vasco (de cuyo nacimiento se cumplen, justamente mañana, 150 años) concibió para Paul Wittgestein.

Cuando el profesor particular de Manuel Alejandro observó el apellido impreso en aquella partitura, le comentó a su pupilo que aquel hombre, miembro de una distinguida familia vienesa, era el hermano del filósofo Ludwig Wittgenstein. Y el chico pidió inmediatamente poder leer algo del también matemático. Así fue cómo en manos del futuro modesto muñidor de canciones populares cayó el Tractatus logico-philosophicus, uno de los mayores hallazgos de la filosofía contemporánea, de no escasa complejidad.

Manuel Alejandro no se arredró ante el envite y, a partir de entonces, se forjó su interés por los más encumbrados pensadores, que añadió al que ya tenía por otras lecturas de poetas que le servirían de inspiración para sus propias obras. Como le ocurriría, también, con las creaciones de los principales compositores. De su particular devoción por Brahms, concretamente de la Balada en sol menor op. 118, número 3, surgiría Es el viento, una canción para Nino Bravo, la primera que grabó quizá la voz más importante entre las masculinas españolas.

Zelenski ante la obviedad de los hechos

En el prólogo del libro de Cioran, su gran divulgador en España, Fernando Savater, afirma con su habitual sarcasmo que nada puede hacer más por salvar un mediocre artículo que la oportuna cita al pensador de origen rumano. Para constatar la insuficiencia de estos sueltos volanderos, ahora incurriré en el pecado.

Asegura el autor de La tentación de existir que «vivir es cegarse sobre sus propias dimensiones». Siempre resulta así. Le acaba de ocurrir a Zelenski en su accidentada visita a Trump. Todos, casi al unísono, han corrido ahora a vapulear al muñeco. Resulta fácil atizarle al neoyorquino: unos porque no tienen nada que perder y otros porque creen que, a corto o medio plazo, cosecharán los frutos. Pero solo aquí mismo, Luis Ventoso, en un lúcido artículo, acertó a calibrar la justa medida de tan pretendido escarnio.

«La fuente de nuestros actos reside en una propensión inconsciente a considerarnos el centro, la razón y el resultado del tiempo», asegura además Cioran. Tanto monta para el supuesto agresor como hace al caso del héroe ultrajado. Al norteamericano ya lo conocemos. Pero en la parte del alto representante ucraniano, se verificó el histórico error, tan común, de su rechazo a aceptar la realidad tal cual es. El resto pertenece al reino ilusorio de la poesía.

Zelenski midió mal y por eso va a perder (ya está rectificando, pues sabe que el apoyo europeo se quedará en vanos circunloquios para no reconocer nuestra inevitable decadencia: los líderes van de farol, por emplear el lenguaje trumpista, saben que sobre ellos caería todo el peso de las urnas al explicar que la pastilla del abuelo, o el piano del chaval, debería sustituirse por un puñado de balas). En sus presentes circunstancias, la astucia seguramente habría resultado mejor aliada que la temeraria soberbia.