Fernando León de Aranoa durante la entrevista con El Debate
Entrevista | Fernando León de Aranoa
«Hoy se retuerce el lenguaje hasta que las palabras signifiquen cosas muy diferentes a lo que significan»
El Debate entrevista a Fernando León de Aranoa con motivo de la publicación de su libro Leonera (Seix Barral)
Fernando León de Aranoa es un corredor de fondo. No tiene prisa en llegar, porque su meta es el recorrido, con sus tiempos y paradas. Lo demuestran algunos de sus proyectos.
La película de Joaquín Sabina, Sintiéndolo mucho, fue un trayecto de trece años. Leonera, publicado por Seix Barral, tiene una senda de diez. «Combates a un solo asalto, relatos a primera sangre, romances de una noche» caben en el desorden de su cuarto de juegos.
En la sociedad de la inmediatez, León de Aranoa conserva una coherencia y una tranquilidad en su balanza interna, jugando con su pequeño lápiz desgastado por el uso, nos hace reflexionar que ese es el camino para «encontrarse a uno mismo».
— En la Leonera, un libro de un género propio, con aforismos, microrrelatos y cuentos, hace alusión a la huella dactilar de las palmas apoyadas en la superficie de la mesa, ¿valdría tanto para su vocación de dibujante como de escritor y guionista?
— Recuerdo que hice un curso de criminología por un guion que estaba escribiendo y la persona de la policía científica que lo impartía dijo que una huella muy importante en las investigaciones es la huella del escritor.
Cubierta de 'Leonera'
Y pensé: «¡Qué maravilla!». La huella palmar, la que dejamos en la superficie de la mesa cuando escribimos, tiene mucho que ver con el libro, porque tiene esa connotación de crimen. Al final, siempre que uno escribe está asumiendo algunos riesgos y, sobre todo, está dejando su huella propia.
— ¿Cree que deja más huella las palabras escritas o las imágenes?
— Depende más de qué se cuenta y qué representa esas palabras y esas imágenes. Y dependerá mucho más del contenido, la huella que deje y cuánto perdure. Pero sí creo que la palabra deja una huella muy profunda. Y no solo la palabra escrita, también la palabra dada. Por eso es algo tan delicado que tenemos que cuidar muy bien. Pero no solo en los cuentos, también en la vida, porque deja una huella muy duradera.
— La palabra dada. Muchas veces se olvida del valor de la palabra, cuando dabas el apretón de manos y esa palabra iba a misa. Ahora, es como si se hubiera desvanecido.
— Es cierto, es como de otra generación, y todavía de algunas personas en esta. De hecho, es una expresión en desuso, que me gusta porque también le concedo ese valor y es algo que antes era más habitual, lo reconozco en personas como mi padre, y tenía una importancia mayor que la palabra escrita.
— Los temas que trata son universales: la familia, la amistad, el amor… Algunos con un poso de amargura, de no hacerse ilusiones con la realidad.
— Sí, al final supongo que el libro atraviesa media docena de temas, que son los que atravesamos en nuestra vida diaria. También mi oficio: el de escribir ficción. Es casi inevitable, porque es un libro escrito a través de los últimos diez años. Y, por eso, hay temas que se abordan en distintos momentos, como el paso del tiempo.
Un momento de la entrevista con Fernando León de Aranoa
En La traición de los espejos se explica cómo los espejos nos traicionan y nos devuelven una imagen completamente tergiversada de nosotros. Supongo que decir envejecimiento suena demasiado grave. Y es una manera de hablar con humor, con cierta desafección.
Pero ese mismo tema se retoma años más tarde y entonces hay más dolor, como sucede con la pérdida de los seres queridos. Los temas son los mismos, pero esa evolución está dentro del libro. Así, por momentos, es más lúdico, más juguetón, y por otro es más melancólico. He buscado mantener ese balance, porque creo que la vida está hecha de las dos cosas.
— Asegura que las mejores ideas surgen en la insignificante cotidianidad de nuestros días, y que nuestras mejores historias se escriben en minúsculas.
— Es como esas vetas de oro que se encuentra en algo aparentemente más gris o cotidiano, que suelen ser las mejores. A veces es simplemente un ángulo o una pequeña revelación que indagando adquiere más vuelo. Pero el punto de partida es muy pequeño. Lo he percibido en otros autores, como en las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro.
En ese género, cuando él contempla a través de su ventana de su casa en París y explica lo que está viendo y hay todo ese mundo escondido en algo tan cotidiano. Ese hallazgo sucede de manera casi inesperada y cuando sucede, intento agarrarlo, aprehenderlo, anotarlo en un papel, y termina convertido en una de esas greguerías, en esos pequeños aforismos, o surgen otras reflexiones.
— ¿Tiene ya esa veta de oro que seguir?
— Sí, porque este libro ya está terminado. Y, por fortuna, como lo escribo en algún cuento, a veces todos los recuerdos desaparecen, pero las ideas siguen llegando. Es como si los recuerdos al irse dejaran espacio a las ideas.
— Una de sus reflexiones es sobre la fascinación por la destrucción. Ahora que estamos en un punto en que lo cotidiano ha sido invadido por lo insólito: una pandemia mundial, una DANA mortal, un apagón nacional… ¿Huiría de esos temas si tuviera que tratarlo en sus relatos?
— Es cierto que la realidad nos lo está poniendo cada vez más difícil a los escritores. Cada dos o tres días sucede algo que parece que le da la vuelta a todo, que lo supera, aunque es difícil superar lo que vivimos con la pandemia en términos de irrealidad, porque todavía cuesta recordarlo como algo que realmente ha sucedido. De hecho, parece que nunca ha sucedido.
Pero incluso en esos acontecimientos también en lo pequeño está lo más trascendente. Pienso en este apagón reciente, yo viví una de esas situaciones de aislamiento en un tren durante muchas horas, y realmente lo más interesante estaba en lo humano, cómo se buscaba la socialización, la necesidad de compartir una situación de incertidumbre, buscar protección, aprobación o desaprobación de las decisiones o especular qué estaría pasando.
— Ahora los medios ya no recogen el término de «pobreza energética», e incluso nos cuentan el apagón con alborozo por todos los planes que se pueden hacer sin energía, ¿estamos creando nuevos eufemismos?
— Sí, eso pasa en otros muchos terrenos. Las «soluciones habitacionales» para decir que la gente no tiene dónde vivir o que es casi imposible acceder a una vivienda digna. Esto es algo que viene de muy atrás y tiene que ver cómo se retuerce el lenguaje hasta el extremo de hacer que las palabras lleguen a significar cosas muy diferentes a lo que significan.
El lenguaje es un territorio por explorar, pero también por defender. Y creo que es la batalla esencial. Al final el lenguaje es realmente la palanca que puede mover el mundo. Si se desposee las palabras de su significado está todo perdido.
— Después de estar tantos años acompañando a Joaquín Sabina, ¿se hubiera atrevido a escribir una canción de desamor de las que habla en su libro?
— Bueno, me encantaría. Es una de las cosas que digo en el prólogo. Uno envidia siempre lo que está enfrente, lo que no sabe hacer. Por eso, a veces, los que hacemos cine queremos ser músicos, los músicos quieren ser poetas y los poetas quieren hacer cine.
— Pero todavía puede hacerlo…
— Estoy a tiempo (dice mientras sonríe). Lo que no sé es si tengo la capacidad para hacerlo, tengo un enorme respeto por la gente que lo hace muy bien, como Joaquín, como Leiva, como Robe. Y por eso tienen el alcance que tienen, porque cuando están bien hechas, nos llegan a todos.
— ¿Le da pena haber cerrado la película Sintiéndolo mucho y no seguir a Sabina en su última gira de Hola y adiós?
— Ahora voy a disfrutar de los conciertos, que es una cosa fantástica, y antes iba a trabajar. Es una diferencia muy importante porque cuando vas a trabajar, por mucho que te guste, tienes la tensión necesaria para hacerlo bien, y lo vives de otra manera.
— Cuando apuesta por una historia sigue con ella en el tiempo. He vuelto a ver Familia, de 1996, y sigue siendo absolutamente actual.
— Lo peor que le puede pasar a cualquier trabajo creativo es que envejezca mal. Y, como anécdota, ¿sabes qué es lo que más cambia? El otro día proyectamos Barrio a un instituto de chavales, que la disfrutaron, y yo viéndola con ellos, porque es una vía fantástica para entender lo que se cuenta.
Pero al final, la diferencia más relevante es el teléfono móvil. Es lo único que marca una diferencia. Lo mismo pasaría en Familia y eso altera muchas cosas, quizás no esenciales, pero sí en la comunicación. Hay un trabajo reciente sobre eso: Adolescencia, una serie muy interesante, que estoy convencido de que esa misma historia se puede haber contado hace 30 años sin redes sociales.
— Hablando de cómo envejecen las historias, el documental que realizó hace veinte años sobre Podemos, Política, manual de instrucciones, ¿ha envejecido mal?
— Eso les correspondería decirlo a ellos.
— Desde su punto de vista.
— El documental termina en el momento que hicieron su primera entrada, en las primeras elecciones generales a las que concurrieron, que era también el objetivo fijado desde el principio.
El proceso de formación y de cómo se articulaba con tanto viento en contra y tantas dificultades. A partir de ahí, quizá la fragmentación en otros grupos es lo peor que les ha pasado. El hecho de que haya tantos partidos al final muy cercanos ideológicamente, no conozco los programas, pero aparentan serlo, y que se presenten de manera separada a las elecciones, porque al final es una fragmentación del voto.
— Si hubiera hecho un proyecto a largo plazo, ahora estaría con el crowdfunding de la Taberna Garibaldi...
— Eso le corresponde quizá hacerlo a otro cineasta –dice riéndose–. Yo conté mi proceso con la meta que tenía.
— En el relato Materia dice que uno escribe sobre lo que teme ser o sobre lo que desea ser, ¿cuáles son sus anhelos y temores?
— Están expresados en los cuentos. Uno se refleja en los personajes, pero no porque te representen, sino porque representan lo que uno querría ser o lo que uno teme llegar a ser. Entonces eso también pasa a la hora de elegir tus personajes en la ficción.