James Hetfield y Lars Ulrich en concierto en 2019
Cuando Metallica tocó ante cientos de miles de personas en Moscú con el comunismo soviético en descomposición
En septiembre de 1991, la banda de thrash metal participó en el Monsters of Rock, un festival gratuito que fue un clamor contra los últimos estertores de la URSS
James Hetfield comienza a tocar el riff inicial de Enter Sandman. Es el 28 de septiembre de 1991, Metallica estaba en la cumbre del thrash metal tras haber lanzado su disco sin nombre, conocido popularmente como Black album. Kirk Hammet hace cosquillas maestras a su guitarra, Lars Ulrich aporrea la batería y Jason Newsted protagoniza las líneas de bajo. Nada nuevo bajo el sol.
¿Otro concierto, uno más, de Metallica? No, en absoluto. Las circunstancias hicieron de una actuación una leyenda, un símbolo. En primer lugar, porque la banda tocó ante cientos de miles de personas. Las imágenes son abrumadoras. Los cuatro parecen surfear, en los planos traseros, sobre una marea de personas que cabecean al ritmo de las notas potentes que emanan de los altavoces.
Y, en segundo, porque el concierto fue en Moscú. En 1991, en pleno corazón de la Unión Soviética. Pero era una URSS en descomposición, que se derrumbaba desde dentro. El comunismo daba sus últimos estertores en Rusia y allí estaba Metallica. Ya no había muros en Berlín ni telones de acero en Europa, pero fue la música la que hizo trizas los últimos coletazos de la opresión roja.
El 28 de septiembre de 1991 se celebró en Moscú el festival Monsters of Rock en el aeródromo moscovita de Túshino. Además de Metallica, tocaron AC/DC, Pantera y The Black Crowes. Aquellos conciertos fueron el grito de rabia y libertad de un pueblo que se había cansado del yugo de sus amos.
El 'thrash metal' que rompió las cadenas de la URSS
Aunque el comunismo soviético estaba dando sus últimos estertores, el contexto político de la URSS en aquel momento seguía siendo turbulento. Pocas semanas antes del Monsters of Rock de 1991, había tenido lugar un golpe de Estado fallido contra Mijaíl Gorbachov.
El festival, a pesar de los intentos de algunos miembros del partido de volver a antiguas fórmulas contrarias al aperturismo de Gorbachov, se celebró, pero con medidas de seguridad extremas. El Gobierno ruso mandó a soldados armados para mantener el orden durante los conciertos.
Y se celebraron. Cientos de miles de personas acudieron a ver a Metallica en lo que fue un grito que clamaba libertad para romper las últimas cadenas comunistas que aún ataban a la población. Y eso hizo el grupo, recogió el clamor del pueblo y lo transformó en una actuación legendaria. Lo transformó en su propio grito.
Los rusos querían libertad. Y querían música. Y Metallica les dio ambas cosas. El grupo abrió con Enter Sandman, uno de sus temas más míticos y también inicio de su Black album. El espectáculo ya estaba servido y el público, en plena ebullición, pedía metal. Pedía guitarreo y mover la cabeza.
Y uno de los momentos cumbre de la actuación llegó con una de las mejores canciones de Metallica, Fade to black. La canción comienza con un bellísimo arpegio de guitarra acústica. A su ritmo, como invocados por sus propias ansias de libertad, el público elevó las manos al cielo. Cientos de miles de manos alzadas en Moscú para sacudirse el yugo que aún pendía, aunque moribundo, sobre sus cabezas.
El repertorio de Metallica aquel 28 de septiembre de 1991 incluyó los grandes himnos que aún siguen resonando en sus conciertos: Master of puppets, For whom the bell tolls, One, Battery o Seek and destroy. Pero lo más importante era su simple presencia en Moscú (junto a la de AC/DC o Pantera, por ejemplo).
Aquel concierto fue el símbolo de un clamor de cientos de miles de personas que pedían vivir, cantar, bailar y vibrar con la música. Por las grietas de la URSS se colaron, así, las notas pesadas y liberadoras de Metallica.