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El Hobbit

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De Tolkien y Cicerón a la Biblia: ¿por qué los dragones siempre acumulan tesoros?

Conviene recordar que el dragón tiene un papel destacado en la Biblia, donde se le identifica con el demonio

El aventurero se adentra en las profundidades de la montaña. Avanza palmo a palmo, a la luz de una antorcha titilante, hasta que el pasadizo desemboca en una gran cámara excavada en la roca.

Frente a él hay un pozo, cubierto por una cornucopia de monedas de oro, collares enjoyados y cálices refulgentes: un tesoro de valor incalculable sobre el cual yace, tal vez dormitando, un gigantesco dragón.

La escena es un clásico de las historias de fantasía: la podemos ver en mil relatos, de Dragones y mazmorras a Shrek, pasando por variaciones en las películas Disney –en Vaiana, el monstruo obsesionado por lo brillante es un cangrejo– o en la saga de Harry Potter, donde los dragones vigilan el oro en el banco mágico de Gringotts.

Todo ello sin olvidar al reptil acaparatesoros más famoso de la literatura fantástica moderna: el dragón Smaug, que protagoniza un clímax memorable con Bilbo en El Hobbit, la semilla del universo de J.R.R. Tolkien, publicada en 1937.

Smaug no es la única sierpe de este tipo que imaginó el Profesor –gusanos como Scatha o Glaurung también acumulaban botín, entre otros–, pero sí es el que ha tenido más repercusión en las obras posteriores: la popularidad del autor de El señor de los anillos explica en buena medida que hoy el tropo siga vivo y coleando.

Sin embargo, Tolkien no se inventó la visión de un reptil obsesionado por el oro, sino que la rescató de los antiguos mitos nórdicos que le fascinaban.

«Es difícil encontrar un dragón en las antiguas leyendas anglosajonas, germánicas o nórdicas que no custodie oro», señalan en el socorrido portal web TV Tropes.

Algunos de los ejemplos más famosos en este sentido son Fafnir –en la Saga Volsunga se narra cómo este príncipe enano robó el tesoro de su padre y se convirtió en un monstruo para protegerlo– o el dragón escupefuego al que se enfrenta Beowulf como prueba final, precedente directo de Smaug.

Y esto no sólo pasaba en el norte de Europa: hace dos mil años, romanos y griegos ya tenían la misma visión de los dragones. En su 13ª filípica, por ejemplo, Cicerón compara a un hombre que no quiere devolver una deuda con el «dragón que guarda su tesoro», y Fedro dedica una fábula a un dragón que esconde una fortuna de la que no puede disfrutar.

«Hombre que has de morir o ir a donde fueron tus antepasados, ¿para qué atormentas con ciega codicia tu pobre alma?», advierte el poeta.

Pecado capital

Esto último pone de manifiesto el sentido simbólico que comparten todas estas historias, que muestran a los dragones como símbolos de la avaricia o la codicia.

Este carácter alegórico favoreció que perdurasen en el tiempo; gracias, también, a los copistas cristianos que durante la Edad Media reconocieron el valor perenne de estas viejas leyendas.

En este sentido, conviene recordar que el dragón tiene un papel destacado en la Biblia, donde se le identifica con el demonio: entra en escena en el Génesis en forma de serpiente –en inglés antiguo se usaba en este pasaje la palabra wyrm, el mismo término empleado para referirse al citado dragón del Beowulf– y es finalmente derrotado en el Apocalipsis: «Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero; fue precipitado a la tierra y sus ángeles fueron precipitados con él».

Con esta equiparación tan clara entre dragón y demonio, no es raro que unas historias que destacan su asociación con uno de los siete pecados capitales hayan perdurado y sigan resonando.

Podemos cerrar este breve repaso con el genial C.S. Lewis, a quien tampoco se le escapó el poder pedagógico del mito del dragón y le dio un papel destacado en La travesía del Viajero del Alba, la tercera entrega de Las Crónicas de Narnia.

En la novela, el irritable Eustace encuentra el tesoro de un dragón muerto y, tras verse poseído por la codicia, acaba convertido él mismo en un monstruo alado.

A través de este personaje, Lewis canaliza sus críticas al materialismo rampante y sus consecuencias, pero también da pistas sobre la solución: sólo el león Aslan –ese que tiene «otro nombre» en nuestro mundo– es el camino para salir definitivamente de la cueva del dragón, por muchos tesoros que esta esconda todavía.

*Artículo publicado originalmente en la revista La Antorcha, de la Asociación Católica de Propagandistas.

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