Las otras 'Carmen' españolas
Los franceses celebraron el centenario de Bizet, en París, con una Carmen murciana, Conchita Velázquez, y una gallega, Inés Rivadeneira, interpretó a la célebre gitana en la plaza de la Maestranza de Sevilla, entre otras…
Conchita Supervía
¡Cuántas y qué grandes y variadas cármenes ha dado al mundo la ópera española! Hoy aún se recuerda fundamentalmente a dos, las que ofrecieron en los principales escenarios internacionales Conchita Supervía y sobre todo Teresa Berganza. La mezzo madrileña se benefició seguramente de haber interpretado a la gitana en un momento en el que la ópera aún ocupaba un lugar más relevante en los medios.
Cuando a finales de los 70, ella, que había sido la gran rossiniana de su época, debutó el papel de la andaluza universal, contra todo pronóstico, en el Festival de Edimburgo, dirigida por Claudio Abbado y con el entonces ascendente Plácido Domingo como su don José ideal, aquellas funciones adquirieron, de inmediato, la consideración de un gran acontecimiento cultural.
Seguramente lo fue por la categoría del envite y sus consecuencias: en Escocia surgiría la Carmen más relevante de la segunda mitad del siglo XX por su moderna concepción del personaje, como luego repetiría en otros lugares relevantes (París, por ejemplo), legando por el camino una de las mejores grabaciones del papel para el sello Deutsche Gramophon, que lo ha reditado en todos los formatos.
La meditada interpretación de la alumna de Lola Rodríguez Aragón, una artista cultivada, que contribuyó a despojar a la música española (la ópera de Bizet es francesa, pero intenta evocar una España a ratos folletinesca) de innecesarios folclorismos, le restituyó a la protagonista su condición eterna de mujer libre sin complejos ni prejuicios.
Cierto, pero a la vez, radicalmente alejada de la vulgar meretriz en la que otras interpretaciones más naturalistas basaban su esencial interés: ninguna, como Berganza, ha sabido captar el refinamiento intrínseco de lo gitano, el enigma y el duende, perceptible en detalles tan aparentemente nimios como el sutil movimiento de una mano, desde al baile a la caricia.
Bienvenida italiana a una murciana, con una avioneta
Pero con ser quizá la más célebre, no fue Berganza, genio y figura, la única genuina Carmen española. Más allá de ella y de la catalana Supervía, en el pasado, ha habido otras como Aurora Buades, Victoria de los Ángeles y Consuelo Rubio, reclamadas en todo el mundo, y aún hasta nuestro tiempo, una sobre el resto de sus coetáneas compatriotas, Nancy Fabiola Herrera, que la interpretó en el Met neoyorquino.
Existen dos modelos, en particular, que merecerían una mayor consideración, conocimiento y respeto por haber caído ambas artistas en inmerecido olvido, pese a la innegable relevancia de sus méritos. Figúrese esta escena hoy impensable en nuestros días, salvo que la protagonista de la anécdota fuese Taylor Swift o alguna otra idolatrada joven figura del pop.
Cuando, a mediados de los años 40, la murciana Conchita Velázquez, que llegó a cantar 300 representaciones de la heroína de Bizet en Europa y América, lo hizo esa vez en la Ópera de Ancona, los italianos lanzaron al aire, desde avionetas contratadas para la ocasión, octavillas en las que se saludaba a «la incomparable Carmen, maravillosa figura de la gloriosa España».
Poco antes, en 1938, cuando se celebró el centenario del nacimiento de Georges Bizet, la elegida por los franceses para conmemorarlo había sido, precisamente, la mezzo de Cartagena con una Carmen ofrecida en la legendaria sala Pleyel de París. El homenaje al compositor, con idéntica protagonista, se repetiría luego en Montecarlo.
Inés Rivadeneira, encargada de reinaugurar la Zarzuela
La otra «rival» de Teresa Berganza, más cercana a nosotros (falleció hace cinco años, en Madrid), fue la gallega Inés Rivadeneira, encargada de reinaugurar el Teatro de la Zarzuela de esta capital, en 1956, en unas recordadas funciones de «Doña Francisquita» en las que aparecía junto a Ana María Olaria y un joven tenor canario, Alfredo Kraus, al que precisamente Conchita Velázquez le había augurado una gran carrera («llegarás a ser un gran Wertherl»), una vez que le escuchó cantar en Barcelona.
Rivadeneira, que había recibido el Premio Nacional de Música con 25 años, se retiró temprano de los escenarios. En el cenit de su carrera, y tras cantar La vida breve de Falla en el Royal Albert Hall londinense, al lado Victoria de los Ángeles, decidió llevar una vida más apacible, ordenada, burguesa como catedrática de la Escuela Superior de Canto madrileña. También solía ofrecer consejos en su piso próximo a la Plaza del Biombo: ayudó a José Sacristán a prepararse para su gran éxito con El hombre de la Mancha, e incluso a Rossy de Palma, que la adoraba.
Rivadeneira, interpretando «Carmen» en la plaza Mayor de Madrid
Pero previamente se convirtió en una de las cármenes referenciales entre las españolas. Aunque hoy, si acaso, se la recuerde más por su participación en el memorable ciclo de zarzuelas que grabó bajo la batuta de Ataúlfo Argenta, un director por el que sentía el máximo aprecio («hubiera sido un Karajan español; tenía un nervio, una fuerza, un alma... algo fuera de lo común. En España no he vuelto a ver algo parecido», dijo de él en una ocasión).
Rivadeneira inició su formación en Valladolid. Aún adolescente se trasladó a Madrid para formar parte de «las lolitas», como popularmente se conocía a las alumnas de Lola Rodríguez Aragón. En sus últimos tiempos recordaba aquella época dorada para ella con cierta nostalgia: «Ese Madrid era mucho más alegre, más íntimo... En ocasiones, a finales de mes, los estudiantes nos veíamos apurados, sin embargo, lo arreglábamos todo cantando, riendo... y ahora la juventud está amargada, triste, cada uno va a lo suyo...»
En su caso, tuvo además a una importante maestra para la ópera, la soprano Ángeles Ottein, hermana de Ofelia Nieto, con la que preparó varios de los papeles que llegaría a interpretar en las principales temporadas españolas, donde compartió triunfos con Montserrat Caballé, Carlo Bergonzi, Richard Tucker, Victoria de los Ángeles, Ruggiero Raimondi, Piero Cappuccilli o Pedro Lavirgen.
La gitana en una plaza de toros de verdad
Con este último tenor, durante los años 60, protagonizó en varias ocasiones sus aclamadas interpretaciones de la obra maestra bizetiana, que ella ofreció numerosas veces en el Liceo barcelonés. Ambos cantaron Carmen en un escenario de ensueño, la arena de la plaza de la Maestranza sevillana, una idea que ha vuelto a anunciarse en varios momentos sin éxito (Lorin Maazel estuvo a punto de cumplirlo, y más recientemente se pensó en hacerlo con la estrella Elina Garança).
De procurar que no toda su labor quede sepultada por las urgencias de la actualidad se ha encargado, con particular celo, información y esmero uno de sus más rendidos admiradores, el musicólogo Julián Jesús Pérez, que le dedicó un reciente libro, Inés Rivadeneira, una vida para el canto. En el epílogo, el autor glosa algunas de sus mayores prendas: «Perfecta dicción, amplitud de registro con rotundos graves y brillantes agudos, expresividad que se acomodaba en los caracteres fuertes, cualidades actorales innatas, gracia, energía y desenvoltura en escena…»
Unas aptitudes excepcionales que esta mujer atribuía en una entrevista a «un don de Dios», una suerte de «elevación» que solo procuran los sonidos. «Quien está dentro de la música vive como en otro mundo, quizá irreal, pero siempre mejor que en el que vivimos».