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Arturo Pérez-Reverte

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Pérez-Reverte carga contra la RAE y la acusa de permisividad y de renunciar a su papel normativo

Lo ha hecho en un extenso un artículo publicado en el diario El Mundo, titulado Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor, en referencia al lema de la institución

No se esperaba esta vez no el mensaje en X, sino un extenso artículo, y además contra la RAE, o al menos su rumbo actual, por parte de quien es su probablemente más famoso y destacado miembro de la institución, Arturo Pérez-Reverte. El texto se titula Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor en referencia al lema de la Academia, escogido en 1714, un año después de su fundación.

El escritor afirma que ese lema ya no se cumple porque la RAE «renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería». Pérez-Reverte desvela debates tensos desconocidos en el seno de la Real Casa a propósito de la admisión de términos que en otros tiempos se hubieran considerado erróneos.

En este párrafo se explica con claridad la denuncia del autor al doblegarse la institución «con demasiada facilidad y frecuencia al simple uso mediático, político o de redes sociales. El resultado es una normativa cada vez más laxa, ambigua y contradictoria, que deja al hablante sin referencias firmes, sometido a los vaivenes de las modas (...) Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes. Y no es una figura retórica exagerada. Es que realmente ocurre», escribe Pérez-Reverte.

El acádemico afirma que existe «miedo a parecer elitistas, conservadores o excluyentes en un ámbito cultural hipersensible». Habla de «tibieza», «una institución que no fija, duda», dice, o cuando sube el tono al asegurar que no con su «claudicación» normativa, no solo no orienta al «buen uso», sino que «lo desprecia». A pesar de todo, el escritor dice que lo más grave es el «abandono del Esplendor».

Critica «el efecto social devastador» de las redes sociales: «Si todo vale porque se usa, ¿para qué esforzarse en escribir bien? ¿Por qué leer a buenos autores, estudiar o ampliar vocabulario?», se pregunta. «Cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez...», escribe, antes de acometer la politización del lenguaje y la ambigüedad de la institución a este respecto:

«Cada vez que la Real Academia Española parece más preocupada por no irritar al poder político que por su propia coherencia y obligaciones, pierde autoridad...», dice. Es la inversión de la autoridad lingüística, donde se remite a sus primeros tiempos en la Academia, donde escuchaba (más que hablaba) «fascinantes discusiones de gran altura» entre «lingüistas de categoría como García Yebra o Rodríguez Adrados», quienes «se medían y enfrentaban en debates inteligentes, respetables y amistosos» con Camilo José Cela o Mario Vargas Llosa.

Denuncia «errores, empobrecimientos y banalizaciones del idioma, sólo para ver cómo el sector ahora dominante en la Academia -los talibanes del todo vale- los ignora o trata como opiniones respetables, pero irrelevante» y reconoce los logros del actual director, Santiago Muñoz Machado, al tiempo que lamenta que se haya roto «el vínculo histórico, el respeto mutuo, el equilibrio al que antes aludía entre creación literaria y técnica lingüística».

El «proceso siniestro» donde cada vez se escribe peor y la Academia lo acepta. Pérez-Reverte pide valentía y autoridad a la institución que de no tenerlas seguirá siendo útil, pero «traidora a sí misma» en la renuncia a su grandeza.

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