Morante de la Puebla muestra su coleta tras quitársela el pasado 12 de octubre en Madrid
El penúltimo regreso de Morante, el torero que no puede respirar lejos de la Plaza
Podría decirse ya que el De la Puebla siempre vuelve. Su naturaleza le devuelve a su agua, a su medio que es la arena (como si fueran las marismas de su niñez) y todo lo que la rodea
Volverá Morante solo unos meses después de su sonada despedida en la Feria de Otoño de Madrid. El sevillano se quitó la coleta envuelto en lágrimas en los medios de Las Ventas. Era la cuarta vez que se iba y de todas ellas va a regresar.
Podría compararse a Morante de la Puebla con un delfín. Fuera del agua debe mantenerse mojado y fresco para mantener la hidratación de su piel. Mojado y fresco para el genio matador del XXI es vestirse de torero antiguo, ir a la Plaza en calesa, fumarse un puro en el callejón y torear.
Ni siquiera va a pasar medio año desde que se despidió con falsa apariencia definitiva. Desmintió los rumores pronto al otro lado del Atlántico, en el New York Times, igual que Belmonte apareció en la portada de Time. «No es una retirada, es un descanso», afirmó.
La orfandad aficionada duró poco tiempo. Poco más puede Morante respirar fuera de la Plaza como indican los adioses anteriores. Cualquiera diría que ha estado muchas veces lejos, pero en realidad no es así. Han sido retiradas cortas, preventivas, facultativas.
Podría decirse ya que Morante siempre vuelve, a pesar de todo. Su naturaleza le devuelve a su agua, a su medio que es la arena (como si fueran las marismas de su niñez) y todo lo que la rodea: la vida de torero de Morante en la historia de la tauromaquia.
Se están escribiendo unas páginas únicas. Los capítulos de las idas y venidas lacónicas del torero del XXI que en el cuarto de siglo alcanzó la cumbre absoluta de la que no quiere descender, quizá porque no pueda, porque necesita respirar en ella a pesar de la enfermedad.
Los jóvenes le quieren, le vitorean a hombros por las plazas del mundo como en la noche del adiós que no fue adiós, cuando en la puerta del Wellington le llamaban, después de haberle llevado hasta allí a hombros (y él salió al balcón sonriendo, en bata como si fuera hace cien años), ansiosos por exprimir el momento final que no lo era porque volverá a suceder.