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Uclés, un vendedor de crecepelo

Uclés ha pasado de ser un entrañable buscavidas a darnos lecciones de autenticidad y explicarnos con quién se puede y con quién no se puede hablar

El escritor David Uclés ganador del Premio Nadal

El escritor David Uclés ganador del Premio NadalEuropa Press

En principio, no tengo nada contra los embaucadores. Yo mismo sufro el síndrome del impostor. Lo padezco con tanta intensidad que, el día que defendí mi tesis, estaba absolutamente convencido de que, durante mi intervención, entre el público se iba a levantar un sabio barbudo —en mi imaginación todos los sabios son señores calvos y barbudos como Aristóteles— para desbaratar mis teorías. Lo tenía tan asumido que estaba tranquilísimo. Como esos aristócratas que iban a la guillotina con elegante parsimonia. Luego no pasó nada y, contra todo pronóstico, me convertí en doctor. Años después, mi querido José María Areilza me explicó que todos nos creemos charlatanes sin serlo. Los únicos que no padecen el síndrome del impostor son los verdaderos impostores.

Mientras el fingidor solo ejerza de lo suyo para pagar las facturas, lo considero un trabajo como otro cualquiera. Todos tenemos que ganarnos la vida. El problema es cuando el vendedor de crecepelo del Lejano Oeste deja de ser un pillo entrañable y se convierte en un pelma que imparte lecciones de autenticidad. Porque en esta vida todo se puede perdonar, menos ser un pesado.

Es lo que le ha pasado a David Uclés. En dos telediarios ha pasado de ser ese sobrino buscavidas, al que le sueltas 50 euros cuando te lo encuentras de copas por la noche, a subirse a nuestra chepa para explicarnos muy campanudo con quién se puede y —sobre todo— con quién no se puede hablar en este país. Y eso de pontificar sí que es imperdonable.

Porque se empieza por dictar normas sobre las malas compañías y se acaba por exigir certificados de buena conducta. Que se lo pregunten a los organizadores del encuentro Letras en Sevilla, en el que durante años han compartido escenario gentes de todas las ideologías y que ahora ha sido cancelado tras inflamarse la campaña en contra promovida por el autor.

Uclés tiene el kit completo para ser un escritor de éxito en España. Viste una indumentaria minuciosamente desaliñada, luce boina incluso en interiores (donde todos esos abuelos que siempre llevaron boina nos enseñaron que uno nunca debe cubrirse la cabeza), predica el catecismo woke y habla siempre con frases que ya salen entrecomilladas de su cabeza. Como si viviese en un eterno posado para Instagram.

Se hizo un nombre con su novela La península de las casas vacías, y hace unas semanas volvimos a ver su boina y su americana tres tallas más grande de lo debido en la gala del premio Nadal, donde aprovechó de nuevo sus minutos en el atril para cultivar ese discurso superficialmente progresista que tantos antes que él han convertido en un suculento negocio.

A ese pensamiento frívolo, escrupulosamente ceñido a los dictados de la corrección política y salpicado siempre de tópicos y lugares comunes, nunca le faltan herederos ni palmeros. Es cómodo practicar la levedad y disfrazarla luego de hondura. Justo lo contrario de lo que proclamaba el gran Josep Pla: «Yo no creo en las profundidades. Siendo joven leí en André Gide que lo más profundo que tiene el hombre es la superficie, o sea, la piel». Frente a aquel prosista profundo y falsamente superficial, tenemos ahora al narrador superficial y falsamente profundo.

Uclés posee todo lo que el mundillo literario —esa aburridísima camarilla de escritores, editores, agentes y críticos— anhela para coronarlo como el gran autor de nuestro tiempo. Solo le falta saber escribir y ponerse a escribir. Pero a quién le importa eso hoy en este país llamado España.

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