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Cuando Churchill ganó el Nobel de literatura

Por qué Churchill ganó el Nobel de Literatura y no el de la Paz

La razón por la que Churchill ganó el Nobel de Literatura y no el de la Paz

En 1954, el ex primer ministro británico, que tenía entonces 80 años, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura «por su dominio de las descripciones biográficas e históricas, así como por su brillante oratoria en defensa de los valores humanos exaltados», una decisión no exenta de polémica

Cuando en 2016 el cantautor Bob Dylan fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura «por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición estadounidense de la canción», se alzaron unas cuantas cejas en gesto de sorpresa y se comentó lo controvertido de la decisión en todo el mundo. No es el primero que recibe un galardón sin ser conocido principalmente por su labor de escritor: en 1954 fue elegido un político, Winston Churchill, quien había sido primer ministro del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial.

Examinemos la situación: ¿Churchill, escritor? Lo cierto es que sí. Pese a que era hijo de un lord de la Cámara de los Comunes y de una socialité estadounidense, el joven Winston no quiso una vida tranquila en Inglaterra, sino que se unió al ejército británico en 1895 y ganó fama como corresponsal de guerra escribiendo libros sobre sus campañas en la India británica, en Sudán y en la Segunda Guerra de los Bóeres. Estas aventuras, de hecho, impulsaron su carrera política.

Winston Churchill en Sudáfrica

Winston Churchill en Sudáfrica

Ganó notoriedad con un relato narrando cómo escapó, a los 25 años, de un campo de prisioneros en Sudáfrica: tras escalar los muros, caminó durante seis días en una huida de película que incluyó subirse a un tren en marcha. También escribió biografías, tanto la suya propia como la de su antepasado John Churchill, duque de Marlborough (como curiosidad, la canción Mambrú se fue a la guerra procede de una deformación en la pronunciación de Marlborough).

La calidad literaria y el impacto que tuvieron sus discursos también es reseñable. Algunos de los que pronunció durante la Segunda Guerra Mundial se convirtieron en hitos de la retórica política y moral del siglo XX. «Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» fue pronunciado en mayo de 1940 al asumir el cargo de primer ministro y anunciar que solo podía ofrecer sacrificio total frente a la Alemania nazi.

«Lucharemos en las playas» llegó en junio, tras la evacuación de Dunkerque, para convertir una retirada militar en una proclamación de resistencia absoluta. «Su hora más gloriosa», de ese mismo verano, presentó la inminente Batalla de Inglaterra como una prueba histórica decisiva. Y «Nunca tantos debieron tanto a tan pocos», dedicado a los pilotos de la RAF, celebró a quienes defendieron el cielo británico durante esa misma batalla.

Los pilotos eran a veces llamados The Few («los pocos») en referencia a este discurso, y sus frases se vieron impresas en carteles para subir la moral a los combatientes y a la población civil.

Merece la pena mencionar otro discurso que también pulió Winston Churchill, sobre un tema muy espinoso para el Reino Unido: la abdicación de Eduardo VIII para poder casarse con la estadounidense Wallis Simpson. Con tacto y diplomacia, el rey anunció que «me ha resultado imposible soportar la pesada carga de la responsabilidad y desempeñar mis funciones como Rey, en la forma en que desearía hacerlo, sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo».

Queda establecida, por tanto, la faceta de Churchill como escritor, pero surgen dos preguntas que, desde luego, plantearon sus contemporáneos: ¿no había otros escritores dedicados plenamente a esto que merecieran el premio? Y, relacionado con ello, ¿por qué no concederle el Nobel de la Paz en vez del de Literatura?

Cabe destacar que cuando Alfred Nobel crea los premios que llevan su nombre no busca solo premiar la calidad literaria, que, por supuesto, se presupone, sino que indica que el premio se debe dar «a quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal», ya que los galardones se dirigen a reconocer a quienes otorgaran «el mayor beneficio a la humanidad».

Esta «dirección ideal» se interpretó como «un idealismo elevado y sólido» y, posteriormente, como una «humanidad de corazón amplio». Vemos, por tanto, que cabe una elevada subjetividad por parte de la Academia Sueca, que decide los ganadores, y que ha generado polémicas en más de una ocasión.

Con respecto a conceder a Churchill el Nobel de la Paz, suponía acercarse demasiado a cuestiones muy espinosas: era un político y un hombre de guerra, hijo de su época, con sus luces y sombras. Hay episodios controvertidos en su carrera, desde su oposición al voto femenino hasta la dura represión contra la población civil en las colonias británicas, pasando por su apoyo a dictaduras y grupos violentos como medio para combatir el comunismo.

Sin entrar a juzgar si estas acciones estaban justificadas en su contexto histórico o no, o a debatir si el fin justifica los medios, podemos estar de acuerdo con la Academia Sueca en que otorgarle un Nobel de la Paz habría sido una decisión, como mínimo, controvertida. La «solución» de concederle el premio de Literatura pareció una buena forma de no dejar sin reconocimiento a una de las figuras más importantes del siglo XX.

Churchill no recogió el premio en persona por problemas de salud (tenía 80 años y moriría a los 90). Su esposa, Clementine, aceptó el galardón en su nombre y leyó el discurso escrito por él, que puede consultarse íntegro en la página web de los premios Nobel: «El veredicto de la Academia Sueca es aceptado como imparcial, autoritativo y sincero en todo el mundo civilizado. Me siento orgulloso, pero también, debo admitir, sobrecogido por su decisión de incluirme. Espero que tengan razón. Creo que ambos estamos corriendo un riesgo considerable y que yo no lo merezco. Pero no tendré dudas si ustedes tampoco las tienen».

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