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Evitar que los niños crezcan antes de tiempo es clave para Rousseau

Evitar que los niños crezcan antes de tiempo es clave para RousseauEl Debate (asistido por IA)

Filosofía para todos

Rousseau y el arte de proteger la inocencia infantil

El 'Emilio' no es solo un tratado filosófico: es una guía para que los más pequeños crezcan sin perder su bondad natural

Jean-Jacques Rousseau es una figura fundamental para la Ilustración, a pesar de las notables diferencias que le separan de muchos de los otros pensadores de su época. El filósofo de origen suizo es especialmente reconocido por El contrato social, obra en la que propone su teoría sobre el Estado y la posibilidad de que los hombres recuperen su libertad e igualdad mediante un acuerdo que dé forma a la voluntad general.

Sin embargo, en las Confesiones que escribió el autor en el tramo final de su vida señalaba otro texto como el más importante de los que había escrito: el Emilio, o De la educación. En esta obra, en la que se abordan temas muy variados, Rousseau se ocupa especialmente de cómo debe ser la formación de los niños y los jóvenes con el fin de salvaguardar en ellos una bondad que, según él, es natural al hombre, pero que se pierde por culpa de la vida en sociedad.

Rousseau analiza con detalle todas las etapas de la infancia, la pubertad y la adolescencia. Así, para cada edad determinará una serie de acciones concretas que bien pueden leerse en clave actual y que todavía pueden arrojar luz a padres y maestros a la hora de afrontar su tarea.

Proteger la inocencia

Se publican habitualmente informes que advierten de la facilidad con la que muchos niños acceden a contenido nada adecuado para su edad. Los niños cada vez dejan de serlo antes, y Rousseau ya veía en eso un peligro en pleno siglo XVIII. Para el ginebrino, lo mejor que se puede hacer para conseguir que un menor sepa controlar sus impulsos y pasiones es «ensanchar el tiempo durante el cual se desarrollan». Es decir, cuidar y proteger la infancia y su inocencia.

Precisamente, para proteger la inocencia de los niños, el autor propone una serie de pautas para evitar problemas futuros. Así, el filósofo apuesta por hablar a los pequeños con sencillez, sin mentiras y sin largos circunloquios que pretendan encubrir los asuntos más espinosos, especialmente en aquellos temas en los que a los críos les convendría una «absoluta ignorancia» que no se ha podido mantener.

Rousseau también ofrece consejos claros si se quiere evitar que los muchachos, despertada su curiosidad, busquen por su cuenta aquello que han intuido. Así, «una sonrisa, una mirada intencionada, un ademán furtivo, les advierten que algo trataban de callarles, y para entenderlo les basta ver que han querido escondérselo». Frente a eso, «hay cierto candoroso lenguaje que es el más apropiado para la inocencia y el mejor estilo para desviar al niño de una curiosidad peligrosa».

Por supuesto, volviendo al siglo XXI, este tipo de conversaciones y este cuidado por la infancia no puede darse si la educación se deja en manos de cualquier individuo que suba sus vídeos a internet.

¿De dónde vienen los niños?

La concreción de la propuesta de Rousseau llega al punto de utilizar como ejemplo una situación a la que, seguro, todo padre se enfrenta en algún momento: la pregunta por el lugar del que proceden los bebés.

El autor suizo considera que una respuesta absurda o evasiva puede tener consecuencias nefastas para la vida del menor. Contestar con un «es el secreto de las personas casadas» puede servir para salir del atolladero, pero no tardarán los muchachos en investigar hasta desentrañar ese misterio por su cuenta. Si creía Rousseau que lo lograrían rápido allá por 1762, que no pensaría ahora.

Frente a eso, ofrece otra respuesta que, dice, escuchó a una madre a la que pone como ejemplo de «modestia en sus modales» y preocupada siempre por la virtud de su hijo. Cuenta que el vástago de esta señora había orinado hacía poco tiempo una pequeña piedrecita, algo que le había provocado una pequeña herida. Aprovechando la coyuntura y ante la pregunta sobre el lugar del que vienen los niños, contestó que «las mujeres los orinan con dolores que a veces les cuestan la vida».

Para Rousseau, frente a cualquier burla o escándalo ante tal ocurrencia, la respuesta debe ser tomada como «juiciosa» y digna de cualquier sabio. La madre ofrece al niño la idea de «una necesidad natural y conocida», el orinar, que aparta su imaginación de «cualquier operación misteriosa». Además, al remarcar el aspecto doloroso del parto y la posible muerte de la progenitora, envuelve sus palabras «en un velo de tristeza que reprime la curiosidad».

Por si fuera poco, como ya se habrá podido notar, la mujer consigue que su pequeño «se ocupe en las consecuencias del parto y no en sus causas». Sin necesidad de engaños, dirá el filósofo, se consigue superar un momento delicado a la espera de que llegue el momento de retomar la conversación. Para entonces la madre tendrá delante a un adolescente y no a un chiquillo.

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