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Historias del 27Andrés Amorós

Dos noches históricas en la Alhambra

El Premio Zuloaga fue para El Tenazas; otro premio de mil pesetas, para el niño Manuel Ortega, Caracol. Fuera de concurso habían actuado La Macarrona, El Niño de Jerez y don Antonio Chacón

Merienda de la Asociación de la Prensa de Granada ofrecida en el Casino de Granada a los asistentes al ConcursoFundación Archivo Manuel de Falla, Granada, 2013

Los esfuerzos de Lorca, Falla y sus amigos alcanzaron finalmente su objetivo: el Concurso de Cante Jondo se celebró en Granada las noches del 13 y el 14 de junio de 1922. Le ilusionaba a Ignacio Zuloaga que, esas noches, luciera, en la Alhambra, una hermosa luna.

En realidad, no fue así: la segunda jornada, hubo tormenta y lluvia. Eso no impidió el éxito de público. Los cronistas hablan de la recaudación de más de 30.000 pesetas, por la venta de entradas, y la asistencia de unas cuatro mil personas.

Entre ellos estaban Zuloaga, Andrés Segovia, Santiago Rusiñol, Fernando de los Ríos, Edgar Neville, Ramón Gómez de la Serna, Melchor Fernández Almagro, Adolfo Salazar, los musicólogos John B. Trend y Kurt Schlinder… No acudieron pero sí se habían adherido Pérez de Ayala, Bagaría, Díez Canedo, Julio Camba, Antonio y Manuel Machado, Guillermo de Torre, Gutiérrez Solana, Romero de Torres…

Abrió la primera sesión Ramón Gómez de la Serna: además de dirigirse al público presente, lo hizo también a las «moras errantes» y a los «reyes moros espectrales» pero la gente no estaba para discursos, quería oír cantar. (Años después, Isabel García Lorca, la hermana de Federico, recordaba que interrumpieron a Ramón varias veces con aplausos, para que abreviara).

Además de los granadinos, acudieron varios periodistas de Sevilla y Madrid. Las crónicas más detalladas que he encontrado son las que firma en El Liberal de Sevilla Agustín López Macías, Galerín, popular por su serie de anuarios Sevilla en broma; el mismo que, en 1925, mantuvo una polémica con Ignacio Sánchez Mejías.

En la primera jornada, cautivó al público un chaval sevillano de once años, Manuel Ortega, hijo de un mozo de espadas, que cantó esta copla (reproduzco la fonética popular andaluza):

Corre y dile a mi mare
que no llore más,
sino que vaya a la Audiencia de Cái
por mi libertá.

Años más tarde, ese chiquillo se hizo famoso con el nombre artístico Manolo Caracol… Cantó luego el granadino Paco Gálvez, el Yerbagüena. Según Galerín, «tiene la voz potente pero no buena. Su fuerte son las soleares… y las sopas de puchero». Arrancó una ovación formidable con esta copla:

Yo no vivo ya en la calle
donde usté me conoció,
que vivo en la plazoleta
del desengaño mayó.

La cumbre de esa jornada –y del Concurso– llegó con la actuación de Diego Bermúdez, El Tenazas:

«Es un viejecito encorvado, con el pelo como la estopa, anda muy despacio. Tiene setenta años. Fue profesional hace treinta años y no ha podido resistir la tentación de asistir al concurso. Y andando ha llegado desde Puente Genil».

Cuentan que tuvo que retirarse del cante porque un navajazo le afectó al pulmón… Falla dijo que es «un arsenal de cante verdad». Entusiasma al público con esta copla:

Como sé que contigo
no me he de lográ,
por eso mis penas nunca van a menos,
siempre van a más.

Se emociona Galerín: «Quedó consagrado Tenazas como el padre del cante jondo».

Actuó luego La Macarrona, que había entusiasmado al Sah de Persia en la Exposición Universal de París de 1889. Con cincuenta y dos años, bailó un tango flamenco «como cuando tenía dieciséis. ¡Ayer, Juana!» (Años después, en 1933, Ignacio Sánchez Mejías y La Argentinita la llamarán para su espectáculo Las calles de Cádiz).

Después de un descanso, María Amaya, La Gazpacha, cantó «con voz de ángel» esta copla:

Quisiera ser como el aire
pa estar a la vera tuya
sin que lo notara nadie.

En medio de «un silencio sepulcral», subió al tablao el «rey de lo cañí», Manuel Torre, El Niño de Jerez; es decir, el mismo que fascinó a los poetas del 27, en la juerga flamenca de Pino Montano. «Se oye el vuelo de un mosquito», cuando se arranca por una siguiriya clásica:

Vamos a jincarnos de roílla,
que ya viene Dios:
va a recibirlo la pobrecita de mi mare
de mi corazón.

Luego, las insistentes aclamaciones del público obligaron a que abandonara la presidencia del Jurado y subiera al tablao don Antonio Chacón, «el Emperador del cante», el ídolo del sevillano Café del Burrero. Con cincuenta y tres años, enloqueció al público con los polos, las cañas y, sobre todo, con su célebre granaína (que ahora ha recuperado Rosalía, en el álbum El mal amor):

Tú llevas una cruz al cuello,
engarzá en oro y marfil,
déjame que muera en ella
y crucificarme allí.

La jornada concluyó con una zambra gitana, a cargo de veinte gitanas del Sacromonte.

La noche siguiente, en medio de la tormenta, volvieron a actuar los mismos artistas y se repitió el entusiasmo del público.

Cuenta Adolfo Salazar que «aquellos ilustres extranjeros parecían enajenados y auténticamente llenos de asombro, ante tanta belleza y exotismo».

Ramón Gómez de la Serna escuchó a un joven inglés que gritaba: «¡Esto es más grande que las Pirámides

El Premio Zuloaga fue para El Tenazas; otro premio de mil pesetas, para el niño Manuel Ortega, Caracol. Fuera de concurso habían actuado La Macarrona, El Niño de Jerez y don Antonio Chacón.

Al acabar el Concurso, Santiago Rusiñol escribió: «Quisiera ver siempre la Alhambra en cante jondo».

Y Edgar Neville, que tenía entonces veintitrés años (y que en 1952 rodará la maravillosa película Duende y misterio del flamenco):

«Charlábamos con el anciano compañero de Silverio, mirábamos con inquietud al cielo, que estaba completamente encapotado, amenazando lluvia. Le pedimos que entonase una copla determinada y él nos complació: al momento, ocurrió que las nubes se alejaron y el sol entró en el patio. Una de las niñas que luego tomaron parte en el concurso, le dijo al viejo: 'Abuelo, en cuanto canta usted, sale el sol'. Por todo eso, por muchas más cosas cuya enumeración se hace larga, he decidido, en cuanto acabe mi carrera, venirme a vivir a Granada».

La mayoría de los comentarios de aquel momento sobre el Concurso fueron positivos. No es significativa la censura de Eugenio Noel, obligado a ello por su campaña contra el flamenquismo. Otra cosa es valorar sus consecuencias.

Falla creyó en el proyecto, se implicó en él a fondo, pero sufrió por las polémicas locales. Otro de los promotores, Miguel Cerón, lo recordaba así, durante las jornadas: «Don Manuel se limitaba a sonreír. La procesión iba por dentro».

Una vez logrado lo que él creía su deber, Falla se abrió a nuevos horizontes. Tengamos en cuenta que, tanto –por lo menos– como el cante jondo, a él le apasionaba recuperar, desde criterios modernos, la música histórica española, incluida la religiosa, y que se sentía muy cercano a la nueva música rusa y francesa.

Sólo un año después, Falla estrenará en París El retablo de maese Pedro, su reflexión sobre el quijotismo español. A la vez, con Wanda Landowska, comienza a trabajar en el Concierto para clave (1926) y, en los años veinte, está ya planteándose su magno proyecto hispánico, la inacabada Atlántida.

El caso de Lorca es bastante diferente, por edad, temperamento y estética. Él está feliz por el resultado del Concurso y así lo comenta, con su habitual humor:

«Ya os decía, queridos amigos, que la fiesta del Cante Jondo sería única. Yo imaginaba a todos sus detractores en un rincón y mordiéndose las uñas (…) Afortunadamente, no se hundió el aljibe y fue una fiesta con luna y lluvia, equivalente al sol y sombra de los toros. Ahora recuerdo como un sueño a la formidable Macarrona y al viejo cantaor de Puente Genil, piedra angular del Cante Jondo».

Gracias al Concurso, Lorca ha recibido un impulso decisivo para continuar con el Poema del cante jondo y el Romancero gitano. A la vez, se está abriendo a nuevas aventuras estéticas.

El 5 de enero de 1923, en la casa granadina de los Lorca, celebran la fiesta de Reyes de un modo especial: se representa un entremés de Cervantes, el Auto de los Reyes Magos y «el viejo cuento andaluz La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón, dialogado y adaptado al Teatro Cachiporra por Federico García Lorca», con músicas de Debussy, Albéniz, Ravel y una obra anónima española del siglo XVII, transcrita por Pedrell.

Federico ha tenido un nuevo sueño: viajar con su teatrillo por la Alpujarra. Evidentemente, ésa es la semilla que le conducirá a Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, a la Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita y a la Barraca, su obra –quizá– más querida.

En los últimos años, varios estudiosos del flamenco han limitado la importancia del Concurso de Cante Jondo, acusándolo de puritanismo, de limitar la libre evolución del arte: es lógico, desde el actual imperio absoluto del llamado «flamenco fusión», pero no me parece justo.

Nos ha dejado el Concurso de Cante Jondo una serie de grabaciones históricas de enorme valor. Con él, además, concluye una época de falta de estudio y desdén por el cante y baile popular. Lo resume bien Ramón Gómez de la Serna:

«Se ha dignificado el flamenco y este pueblo maravilloso reconquistará el alma que iba a perder».

A la vez, el Concurso de Cante Jondo fue un ejemplo de lo que pueden hacer un grupo de poetas, unidos por un ideal común, y un anticipo de lo que harían en Sevilla, cinco años más tarde.