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Papa León XIV, Donald Trump, Santo Tomás y San AgustínEl Debate / IA

Filosofía para todos

San Agustín, santo Tomás y el concepto de «guerra justa» que enfrenta al Papa con Trump

La reflexión de los grandes doctores de la Iglesia sobre los límites morales de los conflictos bélicos vuelve a estar de actualidad

En los últimos días el papa León XIV se ha visto implicado en una polémica de corte político tras sus palabras en contra de la guerra. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y sus más cercanos colaboradores han lanzado duras críticas contra el Pontífice y han apelado al magisterio de la Iglesia sobre la «guerra justa».

El desarrollo moral e intelectual de la cuestión a lo largo de los siglos se apoya en dos de las grandes figuras del pensamiento cristiano: san Agustín y santo Tomás de Aquino. Ambos filósofos pueden arrojar luz sobre un concepto para el que no sirven las estrecheces partidistas.

El obispo de Hipona estableció cuatro requisitos para calificar como «justo» un conflicto armado que, ante todo, reconoce como fruto del pecado que atraviesa la vida del hombre. El dominico los reduce a tres, siempre en diálogo con el padre de la Iglesia.

En un contexto propio del siglo V d. C., el autor de La ciudad de Dios comienza señalando que solo una autoridad legítima, «el príncipe», puede declarar la guerra. En la misma línea, santo Tomás de Aquino explica en la Suma teológica que son ellos a quienes ha sido encomendada la tarea de «defender el bien público con la espada de la guerra contra los enemigos externos».

La segunda cuestión puede ser mucho más discutida: tener una causa justa o, en palabras del Aquinate, «que quienes son atacados lo merezcan por alguna causa». A este respecto, san Agustín considera que un Estado «no debe emprender guerra alguna si no es en defensa de sus pactos o de su supervivencia». Además, apela a las «injusticias del enemigo» como motivo para tomar las armas.

El tercer requisito agustiniano también parece admitir debates e interpretaciones: la recta intención de los atacantes. Así, el padre de la Iglesia escribe en sus Sermones sobre las palabras del Señor que «entre los verdaderos adoradores de Dios, las mismas guerras son pacíficas, pues se promueven no por codicia o crueldad, sino por deseo de paz, para frenar a los malos y favorecer a los buenos».

El de Hipona profundiza aún más en la cuestión y es citado de forma literal por santo Tomás en la Suma: «El deseo de dañar, la crueldad de vengarse, el ánimo inaplacado e implacable, la ferocidad en la lucha, la pasión de dominar y otras cosas semejantes son, en justicia, vituperables en las guerras». En definitiva, solo la paz es el fin deseado de la guerra y esa debe ser la única intención con la que se emprende.

Por último, san Agustín se preocupa por los terribles excesos y las brutalidades que se cometen durante los conflictos. Con la mirada puesta en la inexorable caída del Imperio romano, el obispo enumera en La ciudad de Dios las «ruinas, degüellos, pillajes, incendios y tormentos» que dejaban a su paso los pueblos bárbaros. Por ese motivo, aplica la máxima de que el fin no justifica los medios y, tal y como señala el profesor Julius Kakarieka en un interesantísimo artículo sobre la cuestión, apela a dos conceptos clave en la ética de su tiempo: la virtud y el honor.

Sobre los dos grandes doctores de la Iglesia mencionados se construye ese concepto de «guerra justa» que, sin embargo, ha ido evolucionando con el paso de los siglos. Durante las últimas décadas y motivados especialmente por la proliferación de las armas atómicas, los distintos papas han ido marcando un camino cada vez más estrecho para la justificación de los conflictos.

El papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti hablaba de esta cuestión y de una «legítima defensa» que se invoca con demasiada flexibilidad y sin garantías de que las acciones bélicas emprendidas no provoquen «males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar», como indica el Catecismo de la Iglesia Católica.

Más allá de esto, tales cuestiones ya son más propias del magisterio de la Iglesia y se alejan de la finalidad última de estos artículos: la divulgación filosófica. Por ese motivo, dejamos en manos del lector la necesaria actitud reflexiva para valorar la polémica protagonizada por Trump y la adecuación de las palabras de León XIV, el papa que comenzó su pontificado con aquel «¡La paz esté con todos ustedes!».