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César Wonenburger
Bocados de realidad
César Wonenburger

La nueva IA de los chinos sabe hasta lo que piensas

Las certeras advertencias de León XIV, que al igual que Morin ya alertó sobre algunas siniestras combinaciones entre razón y locura, llegan tarde ante el impulso totalitario de algunas dictaduras, mientras Bad Bunny molesta a las feministas por preferir solo a las chicas guapas y delgadas

León XIV saluda a los peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano ayer, durante el Ángelus

León XIV saluda a los peregrinosEFE

Como se supo recientemente, cuando convocó a varios titanes de la industria del entretenimiento a su nuevo hogar, el papa León XIV es cinéfilo. Y habiendo nacido en Chicago, parece lo más natural que barra siempre para casa a la hora de proclamar sus gustos.

Prevost se mostró rendido admirador del gran Frank Capra, aquel siciliano que supo agradecerle a su nueva patria americana la oportunidad que esta le brindó al abrirle las puertas para que pudiera hacer realidad todos sus sueños de gloria, en su caso, mediante la habilidad desarrollada en libertad para proponer películas que incidían sobre la capacidad redentora del hombre a través de la bondad, el buen juicio y el amor.

Su santidad también incluyó en la lista de preferencias al Robert Redford director. En algún momento se sintió particularmente concernido por Gente corriente, un demoledor retrato de la moderna familia norteamericana con sus vicios, miserias y silencios cómplices, que a inicios de los 80 ganó el Oscar.

Ahora, gracias a su reciente encíclica sobre la IA, también se ha sabido que, al menos, ha visto o leído El señor de los anillos para incluir una cita de Gandalf. Aunque tampoco le hubiera venido mal, quizá, conocer Minority report, aquel filme de Steven Spielberg en el que las autoridades buceaban en las mentes de probables criminales para prevenir sus futuros delitos, hasta llegar a abortarlos antes de tiempo. Algunos ya están en ello, a su modo.

Robert Redford, en una imagen de archivo

Robert Redford, en una imagen de archivo

En Europa, estos días, lo que resta de la intelectualidad debate con campanudas tribunas periodísticas a favor o en contra de las advertencias del Papa. Unos piensan que sus reticencias acerca de los usos de la IA no obedecen más que al inútil reflejo melancólico de un mero espectador privilegiado de otro tiempo, sin auténtica conexión real con el futuro, como aquellos infelices que abominan de Bad Bunny.

Una vez vulnerada la armonía impuesta del Edén, no habrá quien logre detener ya a la máquina, ni a quienes la parieron con imprevisibles pero probablemente funestas consecuencias. Hacer ahora humana a la fiera se ofrece como una bella metáfora que llega demasiado tarde: no hay un solo Frankenstein, son varios, y algunos hace tiempo que dejaron ya de creer en ángeles y demonios. Ni siquiera piensan en sus hijos, se encuentran fatalmente atados a la mesa de la ruleta como el protagonista de El jugador de Dostoievski.

Luego ya vienen los articulistas que conceden a los certeros avisos del santo padre el sentido de un último asidero moral al que poder sujetarse, antes de que todo se vaya definitivamente al carajo: como si alguna vez las razonables peticiones de otros pontífices, por ejemplo, con motivo de las guerras, hubieran detenido a los hombres ante el advenimiento de la barbarie.

Tom Cruise y Colin Farrell, en Minority Report

Tom Cruise y Colin Farrell, en Minority Report

No importa, hasta el final, el deber del representante de san Pedro consiste en iluminar en todo momento el camino recto hacia la salvación de las almas, o si así lo prefieren, un ecologismo del espíritu que logre preservar la dignidad de la vida.

Pero en medio de tantas interesantes reflexiones, el mundo continúa girando al paso que marca la ciencia, para bien o para mal. En la lejana China, que tanto fascina a nuestro progresismo por el postergado triunfo de un Mao capitalista, y también a los jóvenes, seducidos con sus baratijas, una empresa pugna estos días por hacer realidad otra metáfora, la que en imágenes trepidantes ya ofreció Spielberg con el citado argumento de Minority Report.

De acuerdo con lo desvelado ahora por investigadores de la Universidad de Vanderbilt (EE UU), hay una empresa de capital chino, Geedge Networks, consagrada mayormente a perfeccionar una de las facetas más inquietantes de la IA, su capacidad de erigirse en Gran Hermano mediante el desarrollo de tecnologías que faciliten la más eficaz vigilancia masiva de las personas, hasta en sus facetas más íntimas, como la del pensamiento.

Steven Spielberg, en la gala de los Oscar 2026

Steven Spielberg, en la gala de los Oscar 2026GTRES

De momento, sus productos han sido empaquetados ya a varios países del Tercer Mundo (Etiopía, Kazajistán, Pakistán, ...), donde operan opacas dictaduras expertas en identificar y dar caza a los disidentes, algo que apenas preocupa al parisino que el sábado pasado tuvo que quedarse en casa por la violencia de los saqueos habituales cuando toca celebrar. Que Cuba, Venezuela y seguramente Irán también podrían haber estado en la lista de potenciales clientes de los chinos resulta algo lógico, quizá impedido por los últimos movimientos de Trump, quién sabe.

Por supuesto, este tipo de softwares destinados a cercenar la libertad de movimientos de los individuos, por ejemplo, a través de la geolocalización, ya existen desde hace años (durante el Covid, China se sirvió ampliamente de ellos). El nuevo elemento distópico, que aproxima los nuevos modelos probados con la IA a la película de Spielberg, se encuentra en los próximos usos.

Los investigadores americanos parecen haber detectado que Geedge Networks trabaja seriamente en la anticipación. Los datos recabados acerca de cada individuo, por ejemplo, sus opiniones expuestas en las redes, mensajes de móvil, reuniones, amistades, etc. propiciarían un cóctel aproximativo que permitiría a los gobiernos autoritarios identificar a posibles futuros opositores, díscolos o discrepantes a los que tener convenientemente fichados de modo preventivo, incluso antes de que decidieran emprender algún tipo de acción subversiva como fundar un partido opositor.

El tiempo de los espías como aquellos de la Alemania Oriental, pegados al pinganillo, también ha pasado. La IA promete tenernos a todos bien vigilados sin tanta épica. Y en China, el futuro líder capaz de conducir al país a su liberación de los postulados totalitarios que promueve el Partido Comunista como dogma único puede que haya nacido ya, pero a esta hora Xi lo tiene fichado.

Sigamos por aquí entretenidos con los juegos florales, mientras la libertad fenece a cada nuevo paso de algoritmo en las manos equivocadas. León XIV no se equivoca. EE UU, tampoco.

El pensamiento o es complejo, o no es

Decían que el recientemente fallecido Edgar Morin había desarrollado el «pensamiento complejo». No se me ocurre nada mejor que la insistencia que los titulares de los obituarios proponen sobre este aspecto de su vida pública para desaconsejar la lectura de algunas entre sus lúcidas páginas. Si es complejo resultará un coñazo, dirán algunos, antes de torcer el gesto entre el desprecio y la indiferencia. Se lo pierden.

Todo pensamiento que aspire a una cierta profundidad es por naturaleza complejo, salvo para Rufián, que tiene encandiladas a algunas damas capitalinas con esa llaneza agreste revestida de tópicos, pero sobre todo la barba: lo de Zapatero ya era una mierda mucho antes de que salieran a relucir las joyas con las que los emiratíes compran a los pobres mandatarios europeos. Desde su mismo discurso de aceptación como candidato a la presidencia por el PSOE, todo apuntaba ya al dislate, evidente además en la camisa de Pepiño Blanco, antes de operarse la miopía para ver mejor la cuenta de resultados.

El mundo es complejo, así que intentar seguirle el hilo no puede reducirse a escuetas fórmulas, sencillos enunciados vistosos pero vacíos, como los que promueve gente iletrada, los habituales vendedores de humo, tal vez el sobrevalorado Iván Redondo, incapaz de articular dos frases seguidas con cierta coherencia discursiva, pero hábil para despachar a precio de oro elementales eslóganes a los aprendices de brujo.

El filósofo francés Edgar Morin

El filósofo francés Edgar Morin

A través su fecunda curiosidad, Morin asistió a casi todos los desafueros, y alguna fiesta (por cierto, le encantaba el cine al que consagró algunas páginas muy interesantes), del malhadado siglo 20 y lo que va del presente. Vivió hasta los 104 años, así que imagínense. Pese a todo, nunca quiso despedirse en marcha.

Por eso, a partir de su de su longevidad, inteligencia y encanto cobran especial valor algunas de las últimas líneas que escribió, las que reunió en su libro, Lecciones de la historia, que Ábalos, ya liberado de su patrocinada pulsión donjuanesca para poder consagrarse íntegramente a otra de sus pasiones reconocidas, la lectura, ha recomendado estos días desde la celda.

Remata Morin su definitiva faena (a falta de que aparezca algún inédito, que a los herederos les dé por rebuscar entre los cajones antiguas cartas de recónditos amoríos para hacer caja con ellas), con esta postrera reflexión:

«La principal lección de la Historia es que arroja luz sobre las distintas caras de la humanidad, sobre los diferentes comportamientos humanos, pero también sobre la estrecha combinación antropológica de razón y locura, de técnica y mito». O sea, lo que viene a advertir el Papa sobre la IA.

Bad Bunny no las quiere gordas

La candidez de algunas nuevas representantes del feminismo último modelo resulta ciertamente como la de aquellos ingenuos que, a última hora, habían descubierto que en el Bar de Rick de la vieja Casablanca además de conspirar también se jugaba.

En sus conciertos, el gran poeta urbano Bad Bunny, cuyas «empoderadas» letras han erigido algunos de los más sublimes monumentos contemporáneos a la mujer (qué falta de respeto, mami/¿Cómo te atreve' a venir sin panty?/ Hoy saliste puesta pa' mí/Yo que pensaba que venía a dormir, no/ Vino ready ya, puesta pa' una cepillá'/ Me chupa la lollipop, solita se arrodilla), se dedica a reclutar entre las presentes anónimas a las tías más buenas para que se pasen por su ya célebre casita y, de ese modo, contribuyan a dar más color al evento.

Bad Bunny en su 'casita'

Bad Bunny en su 'casita'

El artista portorriqueño no hace más que seguir una práctica muy común en todos estos conciertos, que se ejerce en España ya desde los tiempos de la Movida. Habitualmente, un par de empleados de la banda musical se dan una vuelta por la pista y seleccionan a varias de las chicas más guapas para que acudan como invitadas al backstage, si lo desean, donde luego incluso podrán añadir al privilegio otro más: acudir a alguna de las fiestas privadas que a veces organizan los artistas después de sus actuaciones. Ninguna novedad.

Al menos Bad Bunny no las esconde, pues permite que estas formen parte del show, o sea, las emplea como figuración o decorado sin tener que remunerarlas: algunas hasta pagarían por la ocasión de poder codearse con Marta Ortega o Ester Expósito. Lo que pueda ocurrir más tarde, ya pertenece al ámbito indiscreto del cotilleo.

Pero entre las quejas acerca de este «inconcebible machismo», que tanta perplejidad ocasiona por tratarse del monarca de los reguetoneros, un genuino adalid del feminismo y todo lo más plus de la moderna sociología, sus indignadas denunciantes parecen haber encontrado, al menos, un leve resquicio para un cierto optimismo.

Ocurre que en su afán reclutador, los doctos encargados de seleccionar la carne magra (a las gordas ni las miran) no tienen escrúpulos para abordar incluso a las que acuden al Metropolitano junto a sus parejas. La consigna resulta clara: con novio no hay juerga. La sugerencia es individual, el maromo adherido no puede acudir si no es portero del Getafe, al menos.

Ante la grave disyuntiva: dejar al tipo más solo que la una en medio del recital o acudir prestas al llamado del ídolo caribeño, parece que en casi todos los casos suele prevalecer la primera opción. Y ahí es donde algunas comentaristas parecen haber apreciado ahora algún motivo de honda satisfacción.

Dicen las que saben que, en lugar de concebir el breve abandono como una afrenta, estos nuevos representantes de la masculinidad sensible, vacunados contra el demonio de los celos, son los que, en cambio, promueven el agravio sin culpa ni desánimo.

Su contrastada madurez, y la conmoción ante la revelación de la duda (fingida o real) de sus acompañantes, les permite animarlas a dejarlos a su aire para que ellas, mientras, puedan acudir sin más trabas ni remordimientos al reclamo de una fama efímera, u otras cosas.

Admirable y enternecedor. Luego dirán que Mozart es una antigualla, pero todo esto ya se encuentra en la trilogía de Las bodas de Figaro, Don Giovanni y Così fan tutte, con mejor libretista. De la música, ni hablamos.

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