Luis Arroyo durante su entrevista en El Debate
La inmolación pública de Luis Arroyo, el sanchista presidente del Ateneo y kamikaze de Zapatero
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ya retiró la subvención pública de 100.000 euros a la institución bicentenaria por la deriva política de quien hoy la preside como portavoz de Sánchez y de Zapatero
Luis Arroyo es el presidente del Ateneo de Madrid. Un grupo de socios de la Docta Casa le señala desde su elección en 2021. Del PSOE de toda la vida y sanchista desde que existe el sanchismo, antes fue asesor de ministerios y jefe de gabinete de secretarías de Estado.
Arroyo le dijo a El Debate sin ambages que no cumplía el reglamento del Ateneo «en muchas cosas porque es un reglamento claramente anacrónico, realmente caduco, alegal. Estamos incumpliendo, por ejemplo, el reglamento que establece que las decisiones de la Junta General se toman por mayoría absoluta. Llevamos décadas sin tomar decisiones por mayoría absoluta porque no se tomaría ninguna».
No se toman las decisiones de la Junta General por mayoría absoluta en el Ateneo de Madrid. Cabría añadir: «Y Santas Pascuas». El lustro que ya completa Arroyo al frente ha sido un escándalo, por el ruido, todo lo contrario de lo que se presume de una institución semejante. Movimiento, sonidos, palabras, pero sin gritos.
Los gritos de Arroyo y los gritos, a su vez, de los socios descontentos con su gestión y sus formas. Arroyo vino a El Debate a explicarse al respecto y también vino el socio contrario Alfonso Vázquez, quien fue secretario de la institución hasta la llegada del actual presidente.
Arroyo reconoció a este periódico que incumplía el reglamento y Vázquez afirmó a este mismo medio que el problema era precisamente el incumplimiento del reglamento, la «violación», dijo, para ser exactos. Aquella tormenta parece que ha amainado, al menos públicamente, con el protagonista metido en otras batallas desde el castillo ateneísta de señor feudal y progresista (otra incongruencia más), pero lo cierto es que en cualquier momento puede arreciar por las demandas interpuestas y aún por resolverse.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, retiró la subvención pública de 100.000 euros a la institución por la deriva política de Arroyo como portavoz de Sánchez y de Zapatero: «Las relaciones están rotas por completo. Es un activista del PSOE, el mejor ejemplo es lo de Zapatero, es intolerable».
La razón para los ateneístas rebeldes a Arroyo por los que Alfonso Vázquez afirmó al respecto: «Al Ateneo siempre ha venido gente a dar, no a tener». De las cocinas del PSOE a presidente incumplidor del reglamento del Ateneo y a inopinado defensor de Zapatero en televisión hay una caída libre del caballo de la neutralidad requerida en el que se apareció montado a los veteranos ateneístas: se le veía el plumero que ahora está a la vista de todos.
Pero la defensa (se diría que la muerte pública) de Arroyo a Zapatero, además de exagerada a simple vista, forzada, de urgencia, ha incurrido en errores y contradicciones graves que han desnudado el expresidente y a su portavoz fallido, a la causa. Por ejemplo, que Zapatero le trasladó que las joyas no eran un regalo de Arabia Saudita, cuando después la defensa del expresidente afirmaba que eran un regalo de Arabia Saudita.
O el valor de las joyas que Arroyo estimaba con displicencia y sorna en no más de 30.000 o 50.000 euros, cuando la tasación judicial lo sitúa en 1,3 millones. Chuzos de punta. Una afirmación por la que pidió perdón, asegurando sin atisbo de vergüenza que «Yo siempre trato de informar con honestidad y veracidad. No concibo la comunicación de otro modo».
Arroyo ha aparecido en todos los programas de TVE dedicados «chavísticamente» a mayor gloria del Gobierno y de Pedro Sánchez (los de los esbirros Intxaurrondo, Ruiz o Cintora, entre otros, también cada vez más autorretratados sin solución), casi vestido cómicamente de superhéroe (tipo Superlópez) con las siglas en el traje de «PS» o «ZP», en lugar de la «S» y sin saber, ni poder, volar.
La realidad de Arroyo va tornando triste y sorprendentemente de lo malvado en cómic paródico ante la gravedad de los hechos (de otros y los suyos propios, como anunciados en las formas, en el estilo) que niega o rebaja, además de con la habitual desfachatez, con inusitada torpeza, como si el sectarismo hubiera podido en este caso con la presupuesta astucia.