Los nuevos vigilantes de la calle
Las recientes gafas creadas por Meta además de imágenes grabarán la voz de los paseantes, mientras en Inglaterra adquieren el 70 % de un goleador español y mirar al otro se convierte en algo revolucionario
Melania Trump con unas gafas Meta
Al final de El testigo oidor, Elías Canetti afirma: «Es increíble lo inocentes que pueden ser los hombres cuando nadie los escucha a escondidas». En la soledad compartida de la terraza con algún amigo, creyéndose a salvo de indiscreciones, y animadas por algún licor, las lenguas a veces se desatan para revelar lo inconcebible: el adulterio con la nueva compañera de trabajo, el rencor cultivado durante décadas hacia el hermano mayor, algún pequeño desfalco.
Pero ya ni esas ligeras confesiones de café se encontrarán a salvo a partir de ahora, incluso ni en el hipotético caso de que el confidente decidiera de la manera más extraña guardar el secreto: «Lo que no quieres que se sepa ni siquiera lo pienses», se aconseja en ese útil manual de convivencia, usos y costumbres que ha resultado ser El Padrino, con todas sus secuelas.
La empresa Meta se dispone estos días a perfeccionar su modelo de «gafas de pervertidos», como ya las ha bautizado el ingenio popular (van por los siete millones de usuarios), esos lentes para resguardarse hasta de eclipses pero que, en realidad y, sobre todo, permiten a sus usuarios grabar imágenes en la calle mediante un sencillo mecanismo.
A partir de ahora, además de registrar los movimientos del vecino para poder denunciarlo con propiedad cuando pretenda desvincularse del deber de recoger las cacas de sus mascotas (ya se trate de un can o de un avestruz) al pasearlas, también se podrán fijar con el mismo artilugio, e idéntico sigilo, sus conversaciones particulares.
Imagínense, si durante el Covid ya prosperaron los delatores de balcón, que dormían a la intemperie en sus terrazas con tal de ser los primeros en reconvenir y, en su caso, avisar a la autoridad en cuanto algún viandante osaba poner un pie en la calle sin la correspondiente justificación administrativa, lo que puede llegar a suceder a partir de ahora...
Si los funcionarios de las comisarías ya no dan más abasto para atender a las decenas de miles de solicitantes de regularizaciones exprés, lo próximo puede adquirir las proporciones épicas de una auténtica emergencia nacional, no como lo de Ceuta.
La atención de modélicos ciudadanos cotilla que se presentarán ante los agentes de turno, para denunciar la posible comisión de algún delito inadvertido, desbordará cualquier previsión humana.
Lo cual, bien visto, podría servir para la perseguida erradicación total del desempleo: creando las plazas correspondientes, el 80 % de la población podría trabajar como policía si se habilitase convenientemente la oferta pública. Ya ni haría falta la «renta universal» que Elon Musk promete cuando la IA nos jubile a todos.
Por eso, a partir de ahora, cuídense. Si en el instante mismo del aperitivo se les ocurriese simplemente comentarles a sus compañeros de fatigas laborales la trama de alguna serie de Netflix, por ejemplo, los detallados preparativos del crimen de un familiar del que se espera heredar una fortuna, sobraría tiempo para que algún improvisado aspirante a inspector se dispusiera ya a delatarle sin mayores comprobaciones, tras la oportuna grabación subrepticia.
Recuérdese aquella película de Antonioni, Blow-up, donde el fotógrafo creía descubrir un crimen al percibir, durante el revelado, el detalle de una pistola humeante asomando por entre los matorrales de un coqueto parque londinense.
La tecnología lo pondrá, en este caso, mucho más fácil: aquello fue el inesperado fruto de una coincidencia, lo de ahora la consagración al rango casi profesional de una cultivada afición.
Dentro de poco ya no se podrá ni salir a la calle: además de preocuparse de no meter el dedo en la nariz, o cosas peores, por si apareces involuntariamente en alguna red social, también habrá que medir cada sílaba.
O mejor, permanecer todo el tiempo en silencio, pues hasta algunos monosílabos pueden conllevar una amenazadora carga penal, dependiendo del magistrado que pueda tocarte.
Un acuerdo inquietante
La venta del jugador Gonzalo, canterano del Real Madrid, al Fulham británico de Arbeloa (que casi no lo ponía cuando lo tuvo aquí pero ahora desea convertirlo en una gran estrella mundial: o sea, que las alienaciones se las hacían), ha descubierto una práctica inquietante.
Seguramente todo resulte muy legal, bien atado por la habilidosa imaginación del derecho mercantil, pero no deja de parecer extraño que el equipo inglés se haga ahora con el 70 % del delantero, como se ha anunciado. El otro 30 % seguirá en posesión de la escuadra de Florentino.
Ese cambalache lleva a pensar en El mercader de Venecia, uno de los mejores dramas de Shakespeare, de obligado estudio estos días en las escuelas públicas por su apenas disimulado antisemitismo (lo cual no le resta un ápice de interés, allá el bardo con sus cosas).
En la obra, el obcecado mercader hebreo Shylock pretende cobrarse de su acreedor, Antonio, media libra de su humana carne si este no cumple con el pago del principal adeudado, más intereses, al expirar el plazo convenido por ambas partes.
Como se sabe, al no poder cumplir Antonio aquella estrafalaria reclamación concluyó en los tribunales.
Aguardemos que, si en el futuro, el Fulham y el Real Madrid discuten sobre los términos y consecuencias de la propiedad del cañonero (cuyo eficaz, estilizado remate de cabeza recuerda al del añorado Santillana), el probable litigio no se parezca a aquel otro célebre veneciano.
Ojalá que, llegado el caso, no resulte preciso abrir esa cámara frigorífica, acorazada, la misma que se encuentra oculta del público al fondo de la sala de los trofeos que lo acreditan como rey de Europa, donde el Real Madrid conserva las partes alícuotas de cada jugador. En el caso de Gonzalo, quizá un riñón.
Mirar al otro, una revolución
El poeta Jorge Guillén, en unos versos dedicados a la mujer española, escribió: «¡Cómo en la calle tientas/Qué bien te expones!/ ¡Ay pupilas hambrientas, de los mirones!».
Eran otros tiempos, sin duda. Ahora al escritor, en primer lugar, lo habrían tachado de machista incorregible, misógino depredador porque, vamos a ver, a quién se le puede ocurrir asegurar, aunque sea en un poema, que una dama tiente a nadie. La tentación, como es sabido, solo se halla en la perturbada mentalidad del paseante voyeur.
Al menos aún no hemos equiparado nuestra legislación, en todas las ocasiones y circunstancias, a las tenidas por más avanzadas en este tipo de conquistas sociales. Para los anglosajones, la más leve demora en el parpadeo, al cruzar la vista con la de una chica anónima por la vía pública, constituye de hecho un acoso flagrante, castigado con penas carcelarias.
Todo se andará. Aunque, bien observado, es poco probable que ahora mismo se puedan dar este tipo de incívicos comportamientos, no tanto por el temor a las condenas, sino porque en Nueva York, como en Madrid, lo más natural es que nadie repare ya en el prójimo por la calle.
La visión marcha, más que fija, absorta en las pantallas de los móviles, ajena a cualquier otra distracción o reclamo.
Y no podría ocurrir de otro modo, porque entonces, en ese justo instante, levantando los ojos estaríamos perdiéndonos de algo importantísimo: desde la última contorsión de moda en Tik-Tok al llamado del grupo de wasaps de padres con una nueva queja por el menú escolar o la impropia carga de deberes de los pobres bebés-reyes, además de la alerta con el enésimo anuncio de Trump proclamando bien el exitoso fin de la guerra de Irak o su aniquilación completa, según la hora.
Mirar al otro, más que un delito, constituye ahora mismo una revolución.