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Cubierta de 'Mi nombre es Celestina'

Cubierta de 'Mi nombre es Celestina'Grijalbo

‘Mi nombre es Celestina’: criatura de oscuridad

Desirée Baudel le inventa al personaje los años de infancia, juventud y primera madurez, marcados por una fortuna adversa

No es pequeño el reto para el escritor que devuelve a la vida a un personaje creado por otro y lo envía a caminar de nuevo por los inciertos mundos de la ficción. Si ese personaje, además, está en la terna de arquetipos universales de nuestras letras, el reto puede ser temerario. En el género novelesco, Gonzalo Torrente Ballester se atrevió con el burlador de Sevilla en Don Juan. Andrés Trapiello operó de manera distinta con el hidalgo manchego en Al morir don Quijote. Se quitó el muerto de encima –perdón, la ardua tarea de recrearlo vivo–, para contar los pasos que dieron luego los demás personajes. Por el contrario, en Mi nombre es Celestina, Desirée Baudel nos relata hechos previos a los que conforman la Tragicomedia de Fernando de Rojas. Se deduce que el epílogo de la novela pone el punto final poco antes de que Sempronio requiera para Calisto los servicios de la alcahueta.

Cubierta de 'Mi nombre es Celestina'

Grijalbo (2026). 496 páginas

Mi nombre es Celestina

Desirée Baudel

El planteamiento y el nudo de esa vida cuyo desenlace conocemos desde 1499 eran páginas y páginas en blanco que Baudel ha rellenado con fabulaciones más o menos creíbles. El panorama es de una crudeza desoladora. Por una cuestión de honra, a los seis años Celestina es vendida por su madre a una anciana, a la que debe servir. Sancha, que así se llama, es un trasunto casi exacto de la «puta vieja» en la que se convertirá la protagonista. Celestina la odia profundamente porque de ella recibe maltrato y desprecio, pero a la vez le debe el aprendizaje de todas las artes que empleará en sus futuros oficios: partera, tercera, hechicera. A la niña y luego a la joven se le van cerrando una tras otra las puertas de acceso a la felicidad, siempre de modo truculento. Terribles son las circunstancias en que le roban la virginidad. Pavoroso es el final de su primer amor. Amarguísimo es el trance por el que pierde en sus entrañas al hijo, y con él la fertilidad. Dolorosa es la decepción con el marido y con su mejor amiga. El destino se le tuerce tanto que llegará a calificarse a sí misma como «criatura de oscuridad».

El aspecto más interesante de la novela es el pormenor con que se detallan diversos procesos de elaboración, ya sea cocinar un guiso, procurarse un remedio para curar dolencias, realizar un hechizo de amarre o preparar un sahumerio que expulse de casa a los malos espíritus. La documentación minuciosa sobre componentes y sus combinaciones fecunda el relato. Este lo protagonizan mujeres de arrabal que se mueven conflictivamente entre lo que la sociedad necesita, lo que tolera y lo que aborrece en público. Y es que, junto a la condena de vicios individuales, con especial foco en Sancha y su carácter trapacero, se denuncian la hipocresía y la condición subordinada de la mujer. Esta última se reitera con énfasis de principio a fin. La comparación del hombre con el lobo aparece no menos de tres veces, junto con otras consideraciones que resaltan su carácter predador, confirmado por el comportamiento de buena parte de los personajes masculinos. Hay algo de novela de tesis. De tesis feminista.

La construcción narrativa tiene una limitación frecuente en la novela histórica, y esta lo es en esencia, a pesar de su base ficticia. Lápiz en mano, no sale igual el retrato hecho con trazo libre que el del pasatiempo donde hay que unir los puntos. Este último dibujo suele quedar más bien torpe, picudo. Algo así ocurre con los personajes que se atienen a unas condiciones previas y consabidas: van pasando por donde tienen que pasar, con poco margen para desarrollarse por su cuenta. El resultado es una cierta sensación mecánica de narrador como maestro relojero. Aunque en esta novela ocurren cosas tremendas, uno –que tampoco es que tenga corazón de pedernal– se queda bastante frío. Acaso porque sean demasiadas cosas y demasiado tremendas, pero esa indiferencia puede deberse también a la caracterización funcional de Celestina y, en realidad, de todos los personajes, sean coprotagonistas o secundarios. Cuesta verles la cara por debajo de la máscara, la carne palpitante por debajo del disfraz.

No son los muchos efectismos de esta historia fingida los que nos conmueven, sino un par de momentos en los que precisamente no ocurre nada, más allá de una oscura constatación. En uno, Sancha se asea desnuda delante de la niña que acaba de entrar a su servicio, y que mira con repugnancia sus carnes colganderas, mientras la anciana añora en voz alta el atractivo irresistible de su cuerpo joven, como lo añoraba la bella armera en el poema de François Villon. Y en el otro, esa niña que fue, y que a la altura del epílogo tiene una edad parecida a la de Sancha entonces, tras volver a la villa, cumplido su destierro, se caldea la sangre en la taberna con el vino y la codicia, sabiendo que son ya sus únicos refugios. De Celestina dijo María Rosa Lida que tenía una inteligencia «alerta al medro». Ese fue su último placer y acabó trayéndole la muerte.

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