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20 de mayo de 2024

José Manuel Cansino

La microburguesía 'low cost'

La sociedad de la gran renuncia –esa que comienza las entrevistas de trabajo preguntando si hay que fichar por la tarde– es feliz trepando por el caracol de la pensión de los abuelos

Actualizada 04:30

Sostiene la Ministra de Hacienda española que las pensiones de jubilación de los abuelos sirven para pagar los gastos de los nietos con dificultades. Sostiene la ministra una gran verdad que a mí me gusta definir como «la estrategia del caracol» recordando el guion de la película colombiana dirigida por el director Sergio Cabrera. En ella, un grupo de inquilinos se niega a abandonar la vivienda que ocupan ante la amenaza de su propietario de someterla a unas reformas. Así acaban atrincherándose pacíficamente cada vez en las plantas más altas. Todos suben rodeando una escalera de caracol liderados por un viejo anarquista español cuyo ideario ha sido desprovisto de toda traza de criminalidad para hacer amable al personaje y a su ideología.
Los nietos trepan por la pensión de los abuelos que en cifras contantes y sonantes son más altas que el salario medio de los jóvenes que acceden a un primer trabajo a tiempo completo. No sólo trepan sino que sostienen su modus vivendi felices. Una vez desprovistos de la idea de formar un proyecto de futuro en común y ridiculizada la compra de una vivienda en propiedad por el fanatismo pro alquiler imperante, carece de sentido el ahorro y los cincuenta pavos semanales de los abuelos dan para lo que tienen que dar. Es posible que de no mediar esos euros tampoco lo hiciesen las visitas a los que están engrosando la nómina de la generación que ya se despide.
Decía con sumo acierto el economista Marc Vidal desde estas mismas páginas que nos hemos acostumbrado a ser propietarios de muy pocas cosas, y usuarios de casi todo. Añadía un ejemplo sumamente ilustrativo para sostener lo anterior afirmando que ahora puedes ir a París un fin de semana y volver y sigues siendo pobre de solemnidad, pero puedes hacer cosas que antes era imposible. Es la microburguesía low cost; la versión 4.0 pero devaluada de los que se echaban el país a la espalda para comprarse un Seat 600, pisar la arena de la playa quince días al año o echar más horas extras que una llave inglesa para dar a sus hijos un porvenir.
La sociedad de la gran renuncia –esa que comienza las entrevistas de trabajo preguntando si hay que fichar por la tarde– es feliz trepando por el caracol de la pensión de los abuelos porque durante décadas hemos devaluado el ascensor social del esfuerzo e inoculado la certeza de que no somos responsables ni del futuro en general ni del nuestro en particular. Es como si se hubiese propalado la pandemia del síndrome de Peter Pan y una gran parte de nuestros hijos hubiese elegido conocer el mundo viajando en BlaBlaCar permanentemente en lugar de volando en barco. La tecnología lo permite. Basta con que haya cobertura, un móvil nuevo cada cierto tiempo y una tarifa barata para usar una velocidad 5G.
Pero las pensiones de jubilación –una aspiración histórica de la clase trabajadora que tuvo que esperar al final de la Segunda Guerra Mundial para consolidarse–, las pensiones de jubilación digo, no se crearon para comprar el cariño y los lotes de bebidas de los nietos sino para dignificar el retiro de los mayores. Técnicamente son una renta de sustitución del salario que se deja de percibir cuando se deja de trabajar.
Dos de los pensadores actuales que no se dejan arrastrar por el pensamiento woke, Juan Claudio de Ramón y Rafael Arenas, han valorado con su habitual acierto las palabras de la Ministra Montero. El primero ha escrito que «si es verdad que las pensiones de los abuelos sirven para ayudar a hijos y nietos en dificultades, desde luego yo no lo presentaría como un logro. Es señal de un enorme problema». El segundo no se quedó atrás: «En España, hace tiempo que las pensiones cumplen la función de renta mínima de ciudadanía, pero me sorprende que un miembro del gobierno lo reconozca tan abiertamente, porque prueba que existe un problema no menor en el mercado laboral».
Es el problema de la gran renuncia pero también el de la tomadura de pelo de llamar fijos discontinuos a los que realmente son desempleados que, si pueden, treparán por la escalera del caracol buscando los cincuenta o cien pavos semanales a cambio de unos besos acaso mercenarios.
La microburguesía está llamada a ensancharse demográficamente hablando, pero en su visión presentista que durará lo que la longevidad de los abuelos no sólo oculta que la última planta de la escalera de caracol cada vez está más cerca, sino que en el ciber mundo, los chats bots no cotizan a la Seguridad Social. Cuesta imaginar un mundo en el que una microburguesía demográficamente dominante sea financiada por unas élites económicas poco numerosas pero muy bien pagadas. Es más fácil imaginar que estas acaben construyendo guetos dorados quedando extramuros los camposantos con los abuelos.
  • José Manuel Cansino es Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, profesor de San Telmo Business School y académico de la Universidad Autónoma de Chile / @jmcansino
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