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Daniel Martín Ferrand

El asesinato del buen profesor

Aunque la situación es cada vez peor, cuando los resultados en PISA y en cualquier humilde control o examen son crecientemente pobres, apenas nadie de arriba parezca tener la más mínima intención de arreglar las cosas

Don Manuel Sacristán, más conocido como El Sacris, fue mi profesor de Historia en el colegio. Su método docente, magnífico, consistía en entrar en clase y, tras un sobrio saludo, ponerse a dar apuntes. Sin más. El alumno tenía que tomar notas como bien pudiese y, así, disfrutar de la soberbia capacidad de síntesis de un maestro de la asignatura y de la profesión. Además, solía preguntar todos los días y ponía numerosos exámenes y trabajos.

Con El Sacris no solo aprendimos Historia. También aprendimos a prestar atención, a escuchar, a escribir mientras interpretabas los distintos hechos y procesos históricos. Sus clases se caracterizaban por el rigor y la exigencia, por lo que muchos suspendían y tenían que recuperar la asignatura, ya fuese ese mismo curso o al siguiente. Curiosamente, apenas nadie hablaba mal de un profesor que se esforzaba por enseñarnos, se portaba con el mayor de los respetos y corregía con exquisita justicia.

Cuando, veinte años atrás y en el mismo colegio donde, años 80, había cursado BUP y COU, comencé mi labor docente, me comentaron que el Sacris ya no era el modelo a seguir, sino que había que apostar por otros métodos, como el aprendizaje cooperativo, la evaluación por proyectos y otras zarandajas similares. No sé quién decidió considerar los apuntes y el esfuerzo como elementos dignos de condena, pero desde luego se lució.

Ya hace más de una década escribí que, con este sistema educativo que deja tantos huecos, que crea tantos vacíos en el Vacío, se estaba creando el perfecto caldo de cultivo para que brotasen extremismos por doquier. A los hechos me remito.

Lo asombroso es que, aunque la situación es cada vez peor, cuando los resultados en PISA y en cualquier humilde control o examen son crecientemente pobres, apenas nadie de arriba parezca tener la más mínima intención de arreglar las cosas. Los debates en el mundillo se centran −de manera similar al resto de ámbitos− en el modo adecuado de empleo de las nuevas tecnologías, en concreto de la IA… sin detenerse un instante a meditar sobre la necesidad de desarrollar la Inteligencia Humana en las aulas para así lanzar al mundo ciudadanos con unos mínimos de criterio y responsabilidad.

También se habla de métodos, gamificación, valores, equidad, mentoría… pero nunca de nada con algo de enjundia. Para el Congreso Internacional de Aprendizaje, Innovación y Cooperación que se celebrará en Madrid en 2027 se han abierto 32 áreas temáticas sobre las que reflexionar y discutir. En ninguna de ellas se incluye una referencia a los contenidos, al qué enseñar y aprender, ni mucho menos a la exigencia, el rigor y la excelencia… para mí los auténticos faros de cualquier sistema educativo que se precie.

El mismo sentido se puede observar en las reivindicaciones de la actual huelga de la educación pública no universitaria que han convocado en Madrid unos sindicatos con escasísima representación entre el profesorado. Algunas de las demandas, como reducir a 15 alumnos por clase, son quiméricas. Otras, como la reducción de la burocracia, son tan obvias que no entiendo por qué nadie hace nada al respecto. En cualquier caso, no se pide una educación más exigente y rigurosa donde prime la excelencia.

La batalla está perdida. Los alumnos de la inmensa mayoría de colegios −no me atrevo a escribir todos− son incapaces de coger apuntes con un mínimo de soltura. ¡Pero si tampoco son capaces de copiar lo que se dicta de manera lenta y machacona! Aparte, solo estudian para los exámenes y la cantidad de materia es infinitamente menor −los contenidos son cada vez menos extensos y exigentes, a veces hasta niveles que rozan el ridículo−. Por fin, necesitan la variedad y el cachondeo, porque si no se aburren y dejan de realizar las tareas con un mínimo de interés.

Hace veinte años no supe ver hacia dónde nos dirigíamos. Si profesores como El Sacris no son el modelo que debemos seguir e imitar, entonces hay algo que no funciona, aquí y en toda la OCDE, como bien muestran el informe PISA y los demás estudios que se realizan. Mucho menos en esta sociedad «amemante» que con las nuevas tecnologías, a pasos agigantados, está perdiendo capacidad de atención, discernimiento, valores… ¡humanidad!

Como muchos de los otros asuntos que nos ocupan y nos preocupan, la educación es un asunto espinoso que, por la línea que se sigue, lejos anda de haber tocado su fondo definitivo… aquí ni en el resto de Europa… pero eso no debe ser excusa ni justificación para que, cual gatos despistados, sigamos mirando anonadados los faros del coche que nos va a atropellar.

Es imposible, por pura lógica, que surjan otros «Sacris» … pero de alguna manera deberíamos favorecer −cuando menos permitir− que el buen profesor, que por ahí aún quedan algunos, pueda ejercer su labor con libertad y exigencia… que nada enseña más que un buen ejemplo sostenido y, en este ambiente, rebelde y contestatario.

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