19 de agosto de 2022

Napoleonchu

Paula Andrade

El perfil

Albares, el ministro que quería cruzar el Sáhara vivo o muerto

El pacto con Marruecos ha dejado achicharrado a un diplomático de carrera que, no obstante, pasa por ser uno de los colaboradores de mayor confianza y cercanía a Sánchez

José Manuel Albares (Madrid, 22 de marzo de 1972) iba a pasar a la posteridad por ser el atrezzo de Pedro Sánchez en su foto más icónica tal vez, ésa con la que estrenó presidencia subido en el Falcon con unas gafas de sol que querían mostrarle con la determinación de Kennedy y el atractivo de Tom Cruise pero acabó siendo carne de meme.
El asesor que aparecía a su vera, con la pose de López Vázquez encarnando a Fernando Galindo en la mítica escena de «un amigo, un esclavo, un servidor… un siervo»; era el hoy ministro de Asuntos Exteriores, atrapado para siempre en esa estampa presidencial que abrió la colección de Sánchez disfrazado de Trudeau: que si carretita por la Moncloa, que si posado con el perro, que si encuentro con la infancia en el despacho.
Se desconoce si alguna vez ambos se conseguirán librar de esa imagen, pero al menos a Albares, diplomático de carrera, le sirvió para promocionar del gabinete de Sánchez a una Secretaría General en el «búnquer» moclovita y, de ahí, a la cartera que menos problemas parece dar en el día a día pero más consecuencias tiene en el futuro de una Nación.
Albares, casado y divorciado de la jueza francesa Hélène Davo, asesora de Macron y enlace entre España y Francia durante años en materia antiterrorista; es padre de cuatro hijos nacidos por medio mundo, como ocurre a menudo entre los de su especie diplomática.
Pero se ha puesto en la diana internacional esta semana, como nunca antes, por su controvertido papel en el polémico acuerdo entre España y Marruecos que acerca el Sáhara a Rabat y tiene al Rey Mohamed VI pegando botes de alegría.
No está claro si el ministro indujo el pacto; si ayudó a cerrarlo o incluso si no se enteró de casi nada, aunque casi todos se inclinan por la segunda opción: de hecho, Sánchez le nombró en el lugar de la desastrosa Arancha González Laya para que arreglara el desastre generado con Marruecos a raíz de la complicidad de España con el líder de Frente Polisario, Brahim Gali, acogido clandestinamente en un hospital de La Rioja.
Ese episodio, que dista mucho de estas aclarado, cavó la tumba de Laya y abrió las puertas de Albares, que siempre ha estado a la vera de Sánchez para asesorarles en los arcanos de la geopolítica internacional.
Napoleontxu, como le bautizó irónicamente Ramón Pérez Maura, ha salido achicharrado del desierto saharui, según no pocos observadores imparciales. Pero, para otros, es el tuareg de la novela de Vázquez Figueroa que alcanza el oasis tras una larga travesía.

Hay quien le señala como autor intelectual del fin de Iván Redondo, con quien mantuvo sonadas disputas por sus injerencias en la agenda internacional

No parece probable que Sánchez le releve de su cargo, por mucho que el rumor se haya extendido; y sí resulta más verosímil que le refuerce como heraldo suyo en la reconfiguración de alianzas que pretende impulsar Moncloa: lejos del «eje bolivariano» y cerca de puente aéreo entre Bruselas y Washington.
Licenciado en Derecho por Deusto, exembajador en Francia y Mónaco y excónsul en Bogotá, entre otras distinciones, el aspecto tranquilo del ministro no le libra de ser avistado en todo tipo de volcanes: tiene en pie de guerra a media carrera diplomática; gobierna la cartera con mano de hierro e, incluso, llegó a ser carne de la prensa del corazón por un supuesto idilio con la modelo y actriz Inés Sastre que, en realidad, nunca ocurrió.
E incluso hay quien le señala como autor intelectual del fin de Iván Redondo, con quien mantuvo sonadas disputas por sus injerencias en la agenda internacional que Albares ya intentaba cuidar mientras el Rasputín de Sánchez jugaba a «El ala Oeste de la Casa Blanca»: el paseo de 20 segundos del presidente al lado de Biden en una cumbre de la OTAN, vendido por Redondo como si fuera la Conferencia de Yalta, supuso el fin de uno y el lanzamiento definitivo del otro.

Muy cerca de Sánchez siempre

Albares durará, presagian los «monclólogos» más expertos, que atestiguan la estrecha relación con el presidente del Gobierno, a pesar de que la acción exterior española está más desdibujada que nunca: en Estados Unidos miran con rechazo a un Gobierno trufado por el populismo de Podemos, primo hermano del que anega de nuevo Latinoamérica; y en Europa observan con recelo la deriva económica de un país con capacidad de poner en aprietos a todo el continente.
Y aunque nada de ello parezca preocupar demasiado a Sánchez, sí lo hace a su ministro de Exteriores, una incógnita en casi todo menos en una cosa: hará lo que haga falta por su patrón, menos decirle que se cambie de gafas para mirar mejor al mundo. Él está contento con que se ponga las de sol si con ello siguen viajando juntos en el incasable Falcon.
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