De este agua no beberéRafael González

Adiós al senequismo

Actualizada 08:26

El pasado lunes la Aemet nos avisaba a eso del mediodía del riesgo de caída de granizo en parte de la provincia de Córdoba. Cuando nos asomamos por la ventana de la redacción aparecía un sol radiante que desde luego no presagiaba una granizada o quizá invitaba a una pero en La Flor de Levante.
En caso de alarmas meteorológicas y catástrofes varias también solemos consultar las aplicaciones del móvil. No sé si lo han notado, pero de un tiempo a esta parte la previsión meteorológica digital falla más que una escopeta de caña. Los mapas se ha enriquecido, eso sí, con tonalidades apocalípticas como corresponde a la época milenarista que revivimos. Así, si hace calor, la representación cromática del mismo ha pasado de un amarillo pajizo a un morado entre feminista ocho eme y muerte mortal. El lila ya no es un color sino el individuo receptor de la previsión.
Al llegar a casa la alerta por granizo había subido de nivel: se le añadió un alto riesgo de fuertes vientos. Las ventoleras actuales vienen cargadas de una violencia huracanada y dejan un rastro de arbolitos en el suelo, víctimas no solo de los nudos a los que sopla el fenómeno sino en muchos casos debido a la dejadez y poco mantenimiento que los árboles urbanos tienen, cosa esta que comento así como quien no quiere la cosa y sin ánimo de molestar a ningún prohombre o área municipal.
No todos los vendavales son tan peliculeros afortunadamente, aunque hace un mes pasó un tornado por Córdoba- no metafórico- y causó serios destrozos en algunas zonas de la capital. Si la Aemet avisó del mismo yo no me enteré. Además el tornado tocó tierra durante la madrugada, que es el momento de la jornada en el que suelo dormir salvo que alguien me envíe un whatsapp preguntándome qué hay de lo suyo o convocándome a una reunión sectorial de sexadores de pollos. Debo advertir, llegados a este punto, que a veces los periodistas dormimos un poco. Incluso comemos, aunque sea a deshoras, porque otro momento entrañable del día es la sobremesa, que es justo cuando la gente suele enviar una convocatoria para una rueda de prensa sobre la importancia de la helicicultura en la economía azul del barrio de Cañero. No falla. Te dispones a darle un bocado al muslo de pollo y tienes treinta whatsapps con asuntos muy importantes para los objetivos de desarrollo sostenible según el punto de vista y la prisa de los emisores. Si a lo mejor el cuerpo te pide dar un coscorrón, algún jefe de prensa aparece con un informe resumen (escaneado) con las conclusiones del congreso de gastronomía andalusí. Y uno añora esa España mejor en la que se respetaban las horas sagradas de la vida de las personas.
Puede parecer que me he alejado del asunto meteorológico por el camino de la divagación, pero no es así. Esa premura, esa urgencia digital, ese catastrofismo oficial también desde organismos públicos, pertenece al mismo signo de los tiempos marcado por la irreflexión y los impulsos. El pasado lunes el cielo no anunciaba ningún peligro más allá de un posible golpe de calor, pero el Ayuntamiento decretó el cierre de los parques porque la Aemet, oráculo de isobaras, presagiaba fuertes vientos que horas más adelante despresagió, cuando la tarde seguía con un sol de abril menguante y casi veraniego.
La presión generalizada de la prisa, la sinrazón y los tiempos desvirtuados nos hacen dejar, por ejemplo, a los chiquillos sin una tarde de parque porque un fenómeno meteorológico es tratado con desmesura y temor, y se aplica una sobreprotección para con los ciudadanos que dejan de ser tratados como adultos. Es cierto que Tik Tok ha subnormalizado a parte de Occidente, pero todavía queda gente formal, sensata y que paga impuestos sin blasfemar.
Quiero apuntar, no obstante, que es buena la prudencia y que nadie desea heridos por caída de ramas. Pero esa prudencia es reactiva y en muchos casos precipitada. Vivimos a golpe de impulsos, de sustos arropados por la indiscutible ciencia, por miedos anticipados y sobredimensionados. En Córdoba presumíamos de senequismo, esa forma de vida estoica y razonada, marcada por una sabia aceptación de los hechos que en muchas ocasiones-también es verdad- se ha convertido en desidia o conformismo. Veíamos pasar los días con un medio de vino casi eterno y un tasca sieso de trapo al hombro porque éramos sabios gracias a los estratos y los siglos. Ahora todo es histerismo, desove precoz y normativo. Además de alertas permanentes.
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