Fundado en 1910
Alberto San Juan Llorente

Una segunda oportunidad para el matrimonio

«Hay matrimonios que renacen después de haber tocado el abismo. No porque se han resuelto todos los problemas, sino porque han descubierto que el amor no consiste en no caer, sino en levantarse juntos».

Act. 08 sep. 2025 - 07:46

Vivimos tiempos de vértigo. Cambian las tecnologías, las modas, los discursos, las formas de vincularnos. Y en medio de tanto cambio, algo se ha vuelto cada vez mas raro y mas frágil: la permanencia, especialmente en el ámbito del amor.

Hoy más del 50% de los matrimonios terminan en separación o divorcio en muchas sociedades occidentales. Y lo mas preocupante es que ya no nos sorprende. Hemos normalizado la ruptura. Decimos cosas como «si no funciona se acaba», «es mejor separarse que vivir mal», «cada uno merece ser feliz». Y en parte es cierto, hay situaciones que requieren distancia y personas que necesitan protegerse. Pero también es cierto que muchas separaciones ocurren no por grandes dramas, sino por un agotamiento del sentido, una pérdida de asombro, una renuncia al compromiso.

¿Y si lo que falta no es amor, sino una mirada mas profunda sobre lo que significa el matrimonio?

Aquí quiero invitar al lector a hacer un pequeño ejercicio de pensamiento. Vamos a dejar por un momento de lado las definiciones jurídicas, sociales o sentimentales del matrimonio, y vamos a mirarlo desde otro ángulo: el de lo sagrado.

El término puede parecer extraño en un artículo como este. Suena a religioso, antiguo, casi incómodo. Pero sagrado no significa «rígido», ni «eclesiástico», ni «santurrón». Sagrado es aquello que merece cuidado, reverencia, silencio interior. Aquello que no se trata con ligereza porque nos conecta con lo mas profundo de la existencia.

En 1917, un pensador alemán llamado Rudolf Otto publicó un libro titulado Lo santo. No hablaba de normas ni de dogmas, sino de una experiencia: la sensación de estar ante algo que nos desborda, que impone respeto, que conmueve, que transforma. A esa experiencia lo llamó «lo numinoso», y la definió con tres palabras en latín que siguen siendo fascinantes: mysterium, tremendum, fascinans.

Según Otto, lo sagrado es misterio (mysterium): algo que no entendemos del todo, pero que intuimos como verdadero y profundo. Es también temblor (tremendum): lo que nos sobrecoge, lo que no se puede banalizar. Y es finalmente fascinación (fascinans): lo que seduce, lo que nos atrae con una belleza difícil de explicar.

¿No es eso, también, el matrimonio?

Mysterium: el otro como misterio.

Cuando uno se casa, cree conocer al otro. Pero con el tiempo se da cuenta de algo esencial: el otro siempre guarda algo de misterio. No importa cuantos años pasen, cuantas conversaciones se tengan, cuantos silencios se compartan… Siempre habrá en el otro un territorio desconocido: una herida antigua, un deseo secreto, una vulnerabilidad que no se muestra fácilmente.

Y ese misterio no es un problema: es la posibilidad del amor verdadero.

Amar no es entender todo del otro. Amar es decir «aunque no te comprenda del todo, te abrazo». Es reconocer que la persona que tengo delante no me pertenece, no es una extensión de mis deseos, sino otro radical, con su historia, su mundo interior, su libertad.

El matrimonio no es un proyecto técnico. Es una apertura confiada al misterio del otro y al misterio del tiempo. Uno dice «sí» sin saber que vendrá: enfermedades, mudanzas, pérdidas, cansancios. Y sin embargo dice «sí». ¿No hay algo profundamente sagrado en ese acto?

Tremendum: El temblor del amor fiel.

Hay momentos en los que el amor no brilla. En los que convivir se vuelve difícil, el diálogo se tensa, la rutina pesa, y todo parece apagarse. Ahí es donde muchos sienten que ha llegado el final.

Hay momentos en los que el amor no brilla. En los que convivir se vuelve difícil, el diálogo se tensa, la rutina pesa, y todo parece apagarse. Ahí es donde muchos sienten que ha llegado el final.

Pero quizás no es el final. Quizás es el momento en que lo sagrado empieza a emerger.

Rudolf Otto decía que lo sagrado es a veces estremecerse. No es dulce ni cómodo: es exigente, transforma. Algo similar ocurre con el amor fiel. Hay etapas en las que amar ya no es sentir, sino elegir. Seguir ahí. Sostener la promesa. Acompañar en el dolor. Esperar con esperanza.

Y sí, eso duele. Pero es en ese temblor donde el amor se purifica. Como el oro en el fuego. Como el silencio en la oración.

Hay matrimonios que renacen después de haber tocado el abismo. No porque se han resuelto todos los problemas, sino porque han descubierto que el amor no consiste en no caer, sino en levantarse juntos.

Fascinans: la belleza escondida de lo cotidiano.

Lo mas hermoso de los matrimonios no suele estar en las lunas de miel, ni en los aniversarios, ni en las fotos de Instagram. Está en lo ordinario compartido con fidelidad.

Hay una belleza fascinante en preparar el desayuno al otro sin que lo pida, abrazarse en silencio después de una discusión, sonreír al ver al otro llegar cansado y saber que estás ahí para sostenerlo, cuidar juntos a un hijo enfermo, llorar la muerte de un padre de la mano del cónyuge.

Eso no lo tiene el amor nuevo. Eso solo lo da el tiempo, la herida curada, la memoria compartida. Y eso -aunque no se hable mucho de ello- fascina. Porque revela que el amor puede madurar, puede permanecer, puede ser bello incluso en la arruga, en la fragilidad, en la vejez.

No todo lo roto está perdido

Es cierto: hay matrimonios que ya no pueden continuar, donde la violencia, el desprecio o el vacío se han hecho irrespirables. Pero también es cierto que muchas rupturas ocurren demasiado pronto, sin haber atravesado el desierto, sin haber buscado ayuda, sin haber intentado una segunda mirada.

No hay fórmulas mágicas. Pero sí caminos posibles. Uno de ellos es recuperar la convicción de que el matrimonio es más que una relación afectiva. Es una vocación al amor total, una forma concreta de vivir lo sagrado en la vida cotidiana.

Quizás en lugar de preguntar «¿estoy feliz con esta persona»? deberíamos preguntarnos «¿a que estoy llamado en este amor»?

Tal vez lo que se necesita no es otro comienzo, sino una forma nueva de mirar lo que ya tengo. Volver a ver el rostro del otro no como amenaza, sino como misterio. No como carga, sino como llamada.

Un lugar donde Dios habita sin que lo sepamos.

No hay fórmulas mágicas. Pero sí hay caminos posibles. Uno de ellos es recuperar la convicción de que el matrimonio es más que una relación afectiva. Es una vocación al amor total, una forma concreta de vivir lo sagrado en la vida cotidiana.

Quizás Dios ya no hable con truenos ni zarzas ardientes. Quizás habla en las manos arrugadas de tu cónyuge. En ese beso perdido. En ese silencio que se llena de ternura.

Tal vez cuando crees que todo tiembla…lo que está temblando no es el fin del amor, sino el nacimiento de lago más profundo

No renuncies a lo que aún puede sanar.

No cierres un camino que aún puede dar fruto.

No des por muerto lo que Dios aún puede resucitar.

Alberto San Juan Llorente es director general de FASE Fundación y exdirector general de Familia y Menor de la Comunidad de Madrid.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas