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Un padre hablando con su hijo adolescente

Un padre hablando con su hijo adolescentePexels

Consultorio familiar

Tengo dos hijos adolescentes y han cambiado tanto que ya no les conozco, ¿qué puedo hacer?

El orientador, conferenciante, escritor y mediador familiar José María Contreras Luzón responde a las preguntas de los lectores de El Debate, en este caso, sobre cómo entablar una relación de confianza cuando llega la adolescencia

Tengo dos hijos adolescentes, un niño de 17 años y una niña de 15, además de otro más pequeño. A veces tengo la sensación de que los conozco poco y que han cambiado mucho, pero cada uno de una forma distinta. Me veo agobiada y mi marido me dice que no me preocupe, que son buenos chicos y que el tiempo juega a nuestro favor. ¿Realmente es así?

En principio, el tiempo juega a favor de que se acabe la adolescencia. Si son buenos chicos, hay que insistir en los valores que les hemos inculcado hasta ahora. Y hacer todo lo posible por vivirlos nosotros lo mejor que podamos.

En realidad, todos los padres nos hemos quedado sorprendidos cuando nuestro primer hijo, ese que nos está enseñando a ser padres, alcanza la adolescencia. Hace que nos cuestionemos todo nuestro sistema educativo. Nos hace pensar más en educación y hablar más de ella.

Estas conversaciones son más inseguras que al principio, cuando los hijos eran más pequeños. Se da uno cuenta que dos y dos ya no son cuatro. Uno, a lo mejor, pudiera tener la sensación de que los demás eran un poco ñoños. Quizás creíamos que eran padres que no sabían hacer las cosas. Nosotros sí sabíamos. Eso, ahora, ya no esta tan claro.

Tomamos conciencia de que todo nos puede ocurrir a todos. Por otro lado, los chicos, como he dicho antes, empiezan a cuestionarlo todo. La adolescencia es época de grandes ideales o de grandes egoísmos.

En general, se podría decir, que lo que hace un adolescente es meterse las manos en los bolsillos y sacarlos hacia fuera, poniendo encima de la mesa todo aquello que les hemos enseñado desde que nació.

Algunas cosas vemos que les parecen bien. Otras no tanto. Nos cuestionan asuntos que creíamos tenían totalmente asentados, lo cual nos produce inseguridad. Incluso, nos planteamos si ha servido para algo todo lo que les hemos enseñado hasta ahora. Digamos que un adolescente empieza a pelearse con valores que hasta ahora vivía. Los ordena, los cataloga, los rechaza o los acepta. Pero en este proceso, que es lógico, la adolescencia va pasando. El tiempo, como le dice su marido, juega a nuestro favor, ¡y al del niño!

Además ese cuestionamiento de los valores que le hemos enseñado es lucha personal que él tiene. Lo cual es muy positivo.

Si, por el contrario, al darle la vuelta al bolsillo, no encuentran nada, el sexo, las drogas y el alcohol gozarán de una gran prioridad.

Además, como no hay lucha personal, la adolescencia durará más. En esta sociedad, donde las personas luchamos poco por ser mejores, cada vez se habla más de adolescencia tardía.

Educando a una persona con coherencia, límites, exigencia y cariño, se puede decir que va a sufrir menos y lo va a pasar mejor. También en la adolescencia.

Para ello, tendrán que hablar con sus hijos, estar disponibles, ser asequibles, afables. Cuando una persona es delicada, eso le facilita el educar. Si uno es afable, es «hablable». Entonces nos dirán más cosas. Sabremos mejor cómo educarles.

Si queremos que nos cuenten cosas, tenemos que contar nosotros. Cuando nos hagan una pregunta sobre algo nuestro, no tienen que tener la sensación de que se están metiendo donde no les importa. Eso nos hará a nosotros preguntar con naturalidad sobre sus cosas.

Tenemos que tener cuidado de no crear barreras artificiales. Hace falta hablar de lo cotidiano, de lo de todos los días, de lo intrascendente. Para eso, en el tiempo que pasamos juntos, tenemos que hacer posible hablar. Con esto quiero decir que si el tiempo de la tertulia, de la comida, lo pasamos viendo la televisión o con el móvil, será muy difícil que podamos hablar.

Hay que hacer un pacto y vivirlo. Mientras se cena, no se ve la televisión ni se mira el móvil. Sé que es difícil. Pero tenemos que ver que durante el día no es fácil hablar y que algunas veces llegamos a casa muy a deshora. Como no marquemos algo fijo, todo se quedara en un buen deseo, pero inútil.

Está ocurriendo en muchas familias, que de tanto ver la pantalla, no saben qué decirse. Entre que hay poco tiempo, y que cuando lo tenemos no hablamos, nos convertimos en perfectos desconocidos. Cada uno va a lo suyo.

Hay familias en las cuales se ha roto la conversación entre ellos. No interesa lo del otro. En cambio, con lo amigos sí hablan. Pero en casa hay un individualismo feroz, y eso ocurre por no poner las cosas en común. Tenemos que decir, con nuestra vida, que tus preocupaciones son mías y las mías deben ser tuyas.

Eso sólo se hace estando el matrimonio muy de acuerdo en sacarlo para adelante. Actualmente, es vital. ¿No se da cuenta lo que pasa en muchas familias? Nadie sabe nada de los otros. Los hermanos mayores no saben lo que estudian los pequeños. El padre, probablemente, tampoco. Los hijos no saben nada de sus padres y no digamos de los abuelos.

Es un deber de los padres el hacer familia, el integrar, unir a los hermanos, aglutinar. Así se querrán más y las crisis serán más llevaderas. No olvidemos que la adolescencia es una crisis de crecimiento.

Para ello, como he dicho antes, cenar juntos y sin televisión ni móvil. Y conoceremos a nuestros hijos.

José María Contreras Luzón es escritor, conferenciante y asesor personal y familiar. Su email para consultas de pareja y familia es: conluz2000@gmail.com

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