Apagar el ruido y escuchar el corazón
Este ruido crea un clima de ansiedad y de prisa. Empuja a tomar partido antes de pensar, a decidir antes de escuchar. Y, sin embargo, las decisiones verdaderamente importantes –como la de continuar o interrumpir una vida– no se pueden tomar a golpe de tuit. Necesitan calma, recogimiento y tiempo.
El aborto vuelve a estar en el centro del debate público. Lo hemos visto en los últimos días: titulares encendidos, declaraciones cruzadas, tertulias en televisión y trending topics en redes sociales. Cada partido intenta imponer su marco ideológico, cada medio busca el titular más llamativo, cada tertuliano quiere ser la voz más contundente. El resultado es un clima de revuelta política y mediática que, sin embargo, apenas aporta algo a quienes de verdad están en el centro de esta cuestión: las mujeres que deben tomar una decisión tan seria como interrumpir o continuar un embarazo.
El riesgo es claro. Convertimos lo más íntimo, lo más humano y lo más doloroso en un campo de batalla ideológica. Y mientras los discursos se suceden, la persona concreta queda sola. Su experiencia queda eclipsada por el ruido externo. Se habla mucho, pero se escucha poco. Se grita demasiado, y se acompaña demasiado poco.
En ese contexto, creo que necesitamos rescatar un valor olvidado: el silencio. No un silencio vacío, ni un silencio impuesto, sino ese silencio fértil que permite a la persona encontrarse consigo misma y tomar decisiones en libertad. André Poisson, en su libro La oración del corazón, lo expresa con sencillez: orar no es hablar mucho a Dios, sino dejar que Dios hable en nosotros. Es, dice él, más un acto de atención que de palabra, más una escucha que un discurso.
La fuerza de esta propuesta es enorme. Porque lo que falta en nuestra sociedad no son más debates ni más discursos, sino más capacidad de escuchar. La oración del corazón, tal y como la describe Poisson, es eso mismo: un camino para acallar el ruido y volver a lo esencial, para dejar de girar en torno a los miedos y las presiones y descubrir lo que de verdad importa.
Vivimos rodeados de un ruido constante. No es sólo el que proviene de la política o los medios de comunicación, sino también ese murmullo digital que nunca se apaga: notificaciones, mensajes, debates que cambian de tema rápidamente. Todo nos empuja a opinar, a reaccionar, a tomar partido sin pausa. Y cuando se habla del aborto, el ruido se vuelve ensordecedor: consignas, campañas, titulares que reducen una realidad compleja a un simple blanco o negro.
Ese ruido crea un clima de ansiedad y de prisa. Empuja a tomar partido antes de pensar, a decidir antes de escuchar.
Y, sin embargo, las decisiones verdaderamente importantes –como la de continuar o interrumpir una vida– no se pueden tomar a golpe de tuit. Necesitan calma, recogimiento y tiempo.
Romano Guardini lo decía con claridad: «Cuanto más decisiva es una elección, más necesita del recogimiento interior». En otras palabras: sin silencio interior, lo único que queda es dejarse llevar por el miedo, por la presión del entorno o por la ideología.
Por eso, antes de cualquier decisión sobre el aborto, lo primero debería ser apagar el ruido mediático y político, y abrir espacio al silencio.
En este punto conviene aclarar algo: cuando hablo de oración no me refiero a un rezo mecánico ni a una práctica impuesta. La oración del corazón de la que habla Poisson es otra cosa. Es bajar a lo más profundo de uno mismo, reconocer la fragilidad, escuchar el miedo y, a la vez, abrirse a una voz más honda que invita a la confianza.
La oración entendida así no es un refugio para huir de la realidad, sino la forma más radical de entrar en ella. No quita peso a la decisión, pero ayuda a que esa decisión no nazca de la angustia sino de la verdad interior. Una mujer que ora, incluso con dudas, se da la oportunidad de mirar su situación desde un ángulo distinto: ya no solo como un problema a resolver, sino como un misterio a acoger y discernir.
Quizá por eso Balthasar decía que «la verdad no se impone, se ofrece». La oración funciona igual: no obliga a elegir de un modo concreto, pero abre la posibilidad de que la elección se haga con mayor libertad y con más amor.
La oración y el silencio no significan aislamiento. Nadie debería recorrer sola un momento así. Una mujer necesita apoyo real: material, emocional, humano. Y también necesita sentirse acompañada sin ser juzgada.
Por supuesto, la oración y el silencio no significan aislamiento. Nadie debería recorrer sola un momento así. Una mujer necesita apoyo real: material, emocional, humano. Y también necesita sentirse acompañada sin ser juzgada.
Aquí la sociedad tiene un reto enorme. En lugar de añadir más ruido con campañas que estigmatizan o con discursos que dividen, lo que haría falta son redes de apoyo que permitan a cada persona tomar decisiones en paz. Una comunidad que acompañe sin imponer, que sostenga sin presionar, que dé confianza sin gritar.
Joseph Ratzinger escribió que la oración auténtica abre siempre a la comunión. Lo mismo ocurre con el silencio: es distinto callar sola que callar sostenida por alguien que escucha. La clave está en transformar la soledad en compañía y el juicio en cercanía.
La pregunta de fondo es qué tipo de cultura queremos construir. ¿Una que convierte lo más íntimo en espectáculo, o una que se atreve a callar y a escuchar? La cultura del ruido nos empuja a opinar sobre todo sin pensar en nada. Pero una cultura del silencio sabría reconocer que algunas cosas requieren respeto, pausa y recogimiento.
No significa que no haya que legislar o que no haya que debatir. Claro que sí. Pero mientras los parlamentos discuten, mientras los medios informan, mientras las redes arden, conviene recordar que lo esencial ocurre en otro lugar: en el corazón humano que debe decidir. Y ese corazón necesita silencio para ser libre.
Al final, lo que está en juego no es solo una ley ni un titular: es una vida que comienza y una vida que ya está en marcha. Decidir sobre eso requiere más que eslóganes y discursos. Requiere mirar dentro de uno mismo, escuchar al corazón y, si se es creyente, abrirse a la voz de Dios.
Poisson lo resumió con sencillez: «El corazón que ora aprende a ver al otro con la mirada de Dios». Esa mirada no condena, no presiona, no juzga. Esa mirada acompaña, sana y abre caminos.
Si de verdad queremos que este debate sea humano, lo primero que necesitamos es apagar el ruido. Bajar el volumen de la política, de los medios, de las redes. Y ayudar a que las personas que tienen que decidir puedan hacerlo en silencio, desde el corazón.
Porque solo en ese silencio la libertad se hace posible. Y solo desde ahí puede nacer una decisión que no esté marcada por el miedo, sino por el amor.
- Alberto San Juan Llorente es director general de FASE Fundación y exdirector general de Familia y Menor de la Comunidad de Madrid