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Javier Begón, CEO de la red de centros de psicología infantil Anda Conmigo

Javier Begón, CEO de la red de centros de psicología infantil AndaConmigoCedida

Javier Bergón, padre de tres hijos y CEO de los centros AndaConmigo:

«Ser padre de un adolescente que se enamora es una de las cosas más bonitas y difíciles que te van a pasar»

¿Por qué los amores adolescentes son tan intensos? ¿Qué errores comenten los padres cuando un hijo se enamora por primera vez? ¿Y qué deberían hacer? Se lo planteamos a Javier Bergón, autor del libro Anda Conmigo, CEO de la red de centros de psicología infantil del mismo nombre, y padre de tres hijos

El primer amor en la adolescencia es uno de los momentos más convulsos, pero también más bonitos, que se puede experimentar. Sin embargo, aunque todos hayan pasado por esa fase, son muchos los padres que temen el momento en que esto les ocurre a sus hijos o no saben cómo gestionarlo.

Javier Bergón sabe bien el terremoto emocional que sacude un hogar en el que uno de los hijos se enamora siendo poco más que un púber. Y no sólo porque sea CEO y fundador de una red de centros de psicología infantil y apoyo familiar (los centros AndaConmigo), sino porque es padre de tres hijos y, como él mismo reconoce para El Debate, ha cometido «todos los errores que los padres cometemos en estos casos».

–¿Por qué los primeros amores se viven con tanta intensidad en la adolescencia?

–Yo no soy terapeuta, pero después de diez años al frente de una red de centros donde trabajan cientos de psicólogos, y sobre todo después de criar tres hijos, algo he aprendido. Y lo primero que me han enseñado mis profesionales es esto: el cerebro adolescente está diseñado para sentir con esa intensidad. No es teatro, no es capricho, no es exageración.

Me lo explicaron de una manera que nunca se me ha olvidado: la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro que regula emociones, que frena impulsos, que te dice «tranquilo, esto pasará», no termina de madurar hasta pasados los veinte años. Pero el sistema emocional ya está a pleno rendimiento. Es como tener un coche con el motor de un deportivo y los frenos a medio instalar. Lo que siente un adolescente cuando se enamora es real, intenso y, desde su perspectiva, absolutamente desbordante.

Pero más allá de la ciencia, hay algo que no necesito que me explique ningún psicólogo porque lo viví en mis propias carnes.

– ¿Y qué es?

–Yo me acuerdo perfectamente de la primera vez que me gustó alguien de verdad. Tendría catorce o quince años y no podía pensar en otra cosa. Me pasaba las tardes esperando a que sonara el teléfono fijo de casa –que entonces no había móviles– y si esa persona me miraba en el recreo, el día entero cambiaba de color. No tenía con qué comparar. No había aprendido todavía que las rupturas se superan. Todo se vivía como definitivo. Y eso, como mínimo, merece nuestro respeto.

–¿Qué errores suelen cometer los padres al enfrentarse a las primeras relaciones sentimentales de sus hijos?

–Voy a ser honesto: todos los que voy a mencionar los he cometido yo. Así que hablo desde la autocrítica, no desde ningún púlpito. Y veo, al menos, tres. El primero es quitarle importancia. «Ya se te pasará», «con quince años no sabes lo que es el amor», «eso no es nada». Nuestros psicólogos en los centros nos lo repiten constantemente a los padres: cuando invalidamos lo que un adolescente siente, no estamos ayudando; estamos cerrando una puerta. El mensaje que recibe es que sus emociones no cuentan. Y la consecuencia es muy clara: la próxima vez que tenga un problema de verdad, no vendrá a contárnoslo. ¿Para qué, si ya sabe que vamos a minimizarlo?

Si hay algo verdaderamente peligroso es que un adolescente viva sus relaciones afectivas en la clandestinidad porque no se atreve a hablar de ellas en casa.

–¿Cuál sería el segundo error?

–El segundo es el drama. El otro extremo: montar un comité de crisis. Interrogatorios, prohibiciones, controlar el móvil, querer saber hasta el último detalle. Yo recuerdo que cuando era adolescente, si mis padres se metían demasiado en algo, mi reacción automática era esconderlo. No porque fuera malo, sino porque necesitaba que fuera mío. Con nuestros hijos pasa exactamente lo mismo. La presión excesiva no elimina las relaciones; elimina la confianza. Y si hay algo verdaderamente peligroso, es que un adolescente viva sus relaciones afectivas en la clandestinidad porque no se atreve a hablar de ellas en casa.

–¿Y el último?

–El tercero es proyectar nuestros miedos. Tenemos miedo de que les hagan daño, de que quemen etapas, de que repitan nuestros errores. Ese miedo es legítimo, nace del amor, pero si no lo gestionamos se convierte en control. Y el control nunca educa. El control solo aplaza problemas y los convierte en secretos.

–¿Cómo se puede acompañar, primero el enamoramiento, y después una posible relación, sin ser invasivo, pero también orientando para que no quemen etapas?

–Esta es la gran pregunta y no tiene receta mágica. Pero hay un principio que a mí me ha funcionado como padre y que, curiosamente, es el mismo que aplicamos en nuestros centros con los niños: adaptarte a la necesidad real de tu hijo, no al revés.

Con un adolescente que empieza a enamorarse, eso significa calibrar. No es lo mismo un chico de trece años que siente mariposas por primera vez que una chica de diecisiete con una relación estable. La intervención parental tiene que ser proporcional. Las psicólogas de los centros AndaConmigo siempre me dicen lo mismo: «estar disponible sin ser el protagonista». Fácil de decir, dificilísimo de hacer.

–¿Y entonces cómo se logra, por más que parezca, en efecto, dificilísimo?

–Algunas cosas que a mí me han servido. Cuatro, más concretamente. Primero, normalizar sin banalizar. Que sepan que enamorarse es natural y bonito, pero que también conlleva responsabilidad emocional con uno mismo y con el otro. Segundo, preguntar sin interrogar. No es lo mismo «¿qué hacéis cuando estáis solos?» que «¿qué es lo que más te gusta de él?». La primera pregunta activa todas las alarmas de un adolescente; la segunda abre la conversación. Es algo que he aprendido directamente de los profesionales de mi equipo: la calidad de la pregunta determina la calidad de la respuesta.

–Nos faltan dos…

–La tercera es contar tu propia historia. A los adolescentes les impacta muchísimo descubrir que sus padres también fueron adolescentes, también hicieron el ridículo y también sufrieron por amor. Yo le conté a uno de mis hijos que con dieciséis años me presenté en casa de una chica que me gustaba con una cinta de casete grabada con canciones, convencido de que aquel gesto lo iba a cambiar todo. No cambió nada, salvo que me puse rojo como un tomate y aprendí algo sobre la diferencia entre las películas y la vida real. Esa anécdota, aparentemente tonta, abrió una conversación de dos horas que jamás habría ocurrido con un interrogatorio.

Es bueno contar tu propia historia. A los adolescentes les impacta muchísimo descubrir que sus padres también fueron adolescentes, también hicieron el ridículo y también sufrieron por amor.

Y la cuarta, poner límites en lo práctico, sin censurar el sentimiento. Puede haber normas sobre horarios, sobre dónde quedar, sobre tecnología. Pero esas normas tienen que convivir con un espacio donde tu hijo sienta que puede sentir libremente sin ser juzgado por ello.

–Por último, ¿qué consejo daría, desde su propia experiencia, a otros padres que están viviendo esta etapa?

–Que respiren y que también la disfruten. Y que sepan que esto también les va a remover a ellos. Y que está bien que les remueva. Cuando tu hijo se enamora por primera vez, tú también entras en un proceso. Te confrontas con tu propia adolescencia, con tus propios amores, con lo que te hubiera gustado que tus padres hicieran y no hicieron, y también con lo que hicieron y ojalá no hubieran hecho.

Yo perdí a la madre de mis hijos cuando el pequeño tenía un año y tres meses. Me encontré solo en aquel tiempo con dos niños, uno de ellos con una parálisis cerebral, intentando ser todo a la vez. En esa vorágine aprendí algo que después me ha servido para todo, también para construir AndaConmigo: no puedes controlar lo que les pasa a tus hijos, pero sí puedes ser el lugar al que vuelven cuando las cosas se complican. El sitio seguro. Eso vale para una terapia, para un colegio y para un primer amor.

Con las relaciones de pareja es exactamente igual. No vas a poder evitar que sufran. No vas a poder elegir por ellos. No vas a poder vivir su relación. Pero sí puedes ser la persona que escucha sin juzgar, que orienta sin imponer, que les deja equivocarse pero que les recuerda: «aquí estoy, pase lo que pase».

Cuando tu hijo se enamora, te confrontas con tu propia adolescencia, con tus propios amores, con lo que te hubiera gustado que tus padres hicieran y no hicieron, y con lo que hicieron y ojalá no hubieran hecho.

Mi consejo más práctico: no esperes a que tu hijo venga a contarte las cosas. Crea el espacio para que las cuente. Una cena sin móviles, un paseo, un rato en el coche. Los adolescentes no se abren en interrogatorios; se abren en los márgenes, en los momentos donde no se sienten observados, casi de pasada, como si no fuera importante. Cuando en realidad es lo más importante que les está pasando.

Y si te sientes perdido, si no sabes cómo manejar esta etapa, no te culpes. Nadie nos enseñó a hacer esto. Pide ayuda tú también. No sólo por tu hijo, también por ti. Porque ser padre de un adolescente que se enamora es una de las cosas más bonitas y más difíciles que te van a pasar. Y merece la pena vivirla de verdad, no desde el miedo.

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