El estrés del hogar condiciona la salud y el desarrollo de los menores
Un estudio de Harvard demuestra que el estrés familiar perjudica la salud y el desarrollo de los niños
Un nuevo informe del Center on the Developing Child de Harvard explica cómo el estrés crónico en el hogar puede «sobrecargar» el sistema biológico del niño y afectar a su desarrollo y a su salud futura
No hace falta una tragedia para que un niño crezca con el cuerpo «encendido» capaz de enfermarle: basta una rutina imprevisible, discusiones constantes, miedo económico o la sensación de que en su familia todo puede estallar por los aires de un momento a otro.
Así lo confirma un reciente estudio de Harvard, que identifica el estrés en el hogar como uno de los factores más perjudiciales para la salud y el desarrollo de los niños.
«El sistema de respuesta al estrés es el primer ‘servicio de emergencias’ del cuerpo, y su capacidad para protegernos toda la vida se moldea muy pronto», advierte en el informe el Consejo Científico Nacional sobre el Niño en Desarrollo, asociado al Center on the Developing Child de Harvard.
Por eso, el estudio, que acaba de ser publicado por la célebre Universidad, insiste en que no es evitar cualquier desafío lo que construye la resiliencia y fortalece el desarrollo psico-físico de los hijos: lo decisivo es el equilibrio entre retos «manejables» y un entorno estable.
El «sistema de alarma» del niño
El documento explica que activar el «sistema de estrés» está pensado para proteger al cuerpo: ayuda a responder y luego volver a la calma. Pero cuando esa activación «excede límites razonables» en intensidad o duración, sobre todo en la primera infancia, ese sistema puede «sobrecargar el cuerpo» e impedir que retorne a su estado basal.
En sus casos más extremos, esa sobrecarga se describe como respuesta de «estrés tóxico», que provoca una activación «fuerte, frecuente y prolongada» causada por «experiencias impredecibles» y «difíciles de controlar».
Harvard subraya que este tipo de estrés, especialmente en los primeros 2–3 años de vida, puede afectar al desarrollo de los circuitos cerebrales. En concreto, las áreas ligadas al miedo y la impulsividad pueden «sobreproducir» conexiones, mientras que las dedicadas a planificar y controlar la conducta pueden generar menos circuitos.
Un hogar que no «amortigua» el mundo
El informe, titulado Encontrar el equilibrio: Transformando nuestra forma de pensar sobre la respuesta del cuerpo al estrés en la primera infancia, aporta algunos ejemplos de esas cargas que se acumulan en algunas familias y comunidades, y que acaban por afectar a los menores.
En concreto, cita «vivienda subestándar, hacinamiento, exposición a violencia, estrés familiar crónicamente elevado, servicios de baja calidad, malnutrición o contaminación».
Aunque el propio documento recuerda que vivir en unas condiciones de mayor riesgo no significa de forma inevitable un destino de mala salud, sí explica cómo se aumentan las probabilidades de sufrir problemas en el desarrollo temprano (cognitivo, social, emocional y conductual) y, a largo plazo, en la salud física y mental.
Y enfatiza que lo que más beneficia a los hijos es crecer en entornos marcados por la estabilidad, la previsibilidad (también de las reacciones de los adultos) y apoyo.
Así, este working paper de Harvard confirma que cuando las familias tienen «apoyo fiable y oportunidades», pueden ofrecer el entorno «estable y predecible» que los niños pequeños necesitan para desarrollar un sistema de respuesta al estrés que «construya resiliencia».
Dentro de los factores protectores, el documento destaca uno por encima de todos: una relación «estable, nutritiva y receptiva» con al menos un cuidador adulto. Es decir, que los niños con vínculos seguros desarrollan una respuesta hormonal al estrés mejor regulada, incluso cuando están asustados o alterados.
Menos alarma, más previsibilidad
El mensaje final del informe insiste en no culpabilizar a los padres agotados que en ocasiones puedan perder los nervios, sino orientar la crianza y la educación (también con políticas e inversiones que refuercen factores protectores) para que el entorno del hogar sea lo más estable, seguro y predecible posible durante, al menos, la primera infancia.
Un modo de que los hijos crezcan con el cuerpo, la mente y el corazón sintiéndose seguros, y no como si estuvieran expuestos a un peligro o a una emergencia permanente.