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Familia y EscuelaMaría del Carmen Vélez Escribano

Mary Shelley concibió Frankenstein y Newton el cálculo infinitesimal: lo que los niños aprenden en vacaciones

«El silencio de la sinfonía escolar», explica María del Carmen Vélez, del Departamento de Educación de la Universidad San Pablo-CEU anuncia un «nuevo movimiento»: el que llega con el verano y supone una oportunidad para educar a nuestros hijos con «unos acordes» totalmente diferentes

Unos niños, durante sus vacaciones de verano

Unos niños, durante sus vacaciones de veranoGetty Images / iStock

¿Quién se atrevería a abrir la puerta del colegio cuando este ha cerrado por vacaciones? Tal vez el capitán Nemo.

Cualquiera que se pasee por las calles de la ciudad, no escuchará a los niños jugando en el recreo; ni a familias charlando en la salida; ni a profesores despidiendo a sus alumnos. El tiempo de verano ha llegado para todos sin excepción y con él se presentan los derechos y deberes de cada cuerda de la sinfonía escolar.

Cada etapa del año se caracteriza por un motivo musical, y el leitmotiv predominante de las vacaciones es el silencio. Si retrocedemos al 28 de mayo, por ejemplo, la panorámica escolar cambia por completo: los alumnos preparando sus exámenes finales y actuaciones, los padres compaginando la jornada laboral con los recitales y las tutorías, los profesores corrigiendo a la velocidad de la luz y preparando el fin de curso… El ajetreo reina en la escuela como en los cuartos movimientos sinfónicos, Presto o Molto Allegro de Mozart o Beethoven.

Sin embargo, finalmente llegaron los aplausos finales del público: alumnos que promocionan, concursos ganados, padres orgullosos de sus hijos… «Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho» (Gen 2, 2) De esta manera el alma de la escuela contempla exultante los frutos del curso escolar y agradece con creces a toda la comunidad educativa.

Sin la labor de cada miembro de la orquesta, el concierto no hubiera sido posible. Es el trípode educativo –alumno, colegio, familia– rescatado por Bronfenbrenner (1979), cuya interrelación proporciona el ambiente adecuado para el crecimiento integral del niño. A su vez, es la armonía interpretada por los instrumentistas, el director de la orquesta y el público que disfrutan de la música que salta de la partitura a la vida real.

Llega el ocaso del curso y se acogen con entusiasmo las esperadas vacaciones. Se recogen los instrumentos y se guardan en sus fundas esperando a ser metidos, si caben, en el maletero del coche familiar. Los pianistas en esta ocasión sufren de alegría o desgracia dependiendo del caso. Los niños no pueden ni llegar a imaginar que los profesores ansían estos meses estivales tanto como ellos; habría que preguntar a los padres si comparten la misma impresión. Sean cuales sean las predisposiciones, el verano llega con todo su calor y promesas de diversión y descanso.

La ausencia de ruido y de frenesí ininterrumpido es fuente de creatividad, autonomía e interioridad

A simple vista parece una ruptura drástica en la educación formal de los niños, pero nada más alejado de ello. La ausencia de ruido y de frenesí ininterrumpido es fuente de creatividad, autonomía e interioridad. Durante unas vacaciones Mary Shelley concibió Frankenstein, Newton desarrolló el cálculo infinitesimal y Tchaikovsky compuso Obertura 1812, pieza en la actual Ucrania que se convirtió en un verdadero himno patriótico. Por tanto, tenemos razones suficientes para confirmar que el silencio y la calma veraniega propician un cambio de actividad que ayudan a humanizar nuestra sociedad contemporánea. Decía Kirkegaard que el origen de la enfermedad actual del mundo se halla en la falta de silencio; si le pidieran un consejo, que los seres humanos hicieran silencio al menos una vez al día.

El silencio de los profesores en el verano consiste en profundizar en las experiencias de ese año escolar. ¿Cuáles han sido los matices que me gustaría repetir en el curso próximo? ¿Qué indicaciones de compás sería bueno acentuar con precisión desde septiembre? ¿Qué he aprendido en la observación de otros directores musicales del colegio?

Además, a pesar de todos los ensayos, repeticiones y caídas de este curso, ¿por qué elegí mi profesión de educador? ¿por qué quiero perseverar en esta vocación?

Muchas son las preguntas y las respuestas que tal vez en busca del rayo verde del atardecer pueden ser replanteadas y conservadas para seguir cultivando la identidad docente y no dejarla vagar por el vacío del sinsentido. Algunos profesores tienen por costumbre dejar por escrito estas reflexiones junto con anécdotas que les han pasado con sus alumnos. Esto queda a la elección de cada cual reconociendo que siempre será un recuerdo alentador en las horas de tiniebla y vacío.

El silencio de las familias consiste en otra faceta que pasa más desapercibida. La escuela es una aliada perfecta en la mayoría de los casos en la formación de los hijos. Sin embargo, cuando esta pasa a un segundo plano parece que la responsabilidad cae enteramente sobre las familias.

Aun así, las familias pueden buscar un campamento que esté en consonancia con su ideario educativo y que enriquezca la educación de su hijo en un ambiente natural y de convivencia con otros niños. No obstante, no es suficiente.

Recogiendo los ecos de Familiaris Consortio, la familia es la primera escuela doméstica donde los niños aprenden una cultura, un modo convivencia y unas costumbres que serán en la mayoría de los casos los pilares sobre los que construirán su vida futura. Por tanto, el silencio de la familia es el de las voces externas para cuidar el tesoro que se les ha confiado.

Por último, el silencio de los niños recuerda al segundo movimiento de la sinfonía No. 94, «Sorpresa» de Haydn. Se le puso ese nombre por el susto que generaba en el auditorio ante el acorde imprevisto después de la calma de la melodía introductoria. Es un claro reflejo del interior de los niños que bulle incesantemente buscando saciar sus anhelos de comprensión, madurez y relación. Es como una melodía soterrada que repentinamente se manifiesta al exterior dejando sorprendidos a todos los de su alrededor. Cultivemos esta potencialidad para despertar en el niño el héroe que lleva dentro

Por todos estos motivos, el verano no es un periodo de inacción, sino de cambio de actividad.

Debe ser aprovechado en todas sus dimensiones y por todos los miembros de la sinfonía escolar para continuar procurando espacios y tiempos de verdad, bondad y belleza que manifiestan la magnífica humanidad a la que están llamados todos los hombres y mujeres.

María del Carmen Vélez Escribano, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad San Pablo-CEU.

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