Ronna Keith
Así es la nueva vida de Ronna, 20 años después de la muerte de Papuchi
Tiene fijada su residencia en Jacksonville, en el estado de Florida, donde lleva una vida tranquila junto a sus dos hijos, de 21 y 19 años
Ronna Keith lleva hoy una vida tranquila e independiente en Jacksonville, Florida, donde ha construido su refugio familiar junto a sus dos hijos. Tras años dedicada por completo a su crianza, ahora disfruta de más libertad para seguir sus pasiones, viajar y volver, de vez en cuando, a los lugares que la conectan con el recuerdo de su marido. «Ahora ellos son más independientes y yo también tengo más libertad para hacer cosas, seguir mis pasiones. Estoy en eso ahora: vivir la vida para mí», confesó en TardeAR.
Su rutina actual es serena: viajes esporádicos a Peñíscola, donde la familia solía veranear largas temporadas frente al mar Mediterráneo, y estancias en Galicia, tierra natal de Papuchi. El célebre ginecólogo había nacido en Ourense y conservó siempre un fuerte vínculo con su origen gallego, disfrutando de los paisajes verdes, el mar y la calma familiar que allí encontraba. Estas visitas, explica Ronna, le aportan calma y la certeza de haber cumplido su mayor misión: mantener viva la memoria de Papuchi para sus hijos. Su físico también refleja el paso del tiempo: pelo canoso, recogido hacia atrás, pero con la sonrisa intacta que siempre la ha caracterizado.
Como decíamos, la norteamericana ha sido una madre entregada. De su matrimonio nacieron dos hijos: Jaime Nathaniel, en 2004, y Ruth, en 2006. La pequeña llegó al mundo siete meses después de la muerte de su padre, así que nunca pudo conocerlo. Desde entonces, Ronna ha sido el puente entre sus hijos y la memoria de Papuchi, contándoles historias sobre su humildad, su carácter alegre y su pasión por la vida. También les ha inculcado orgullo por su legado profesional: les ha explicado que fue un médico brillante, participó en la creación del Hospital Materno Infantil Gregorio Marañón, fue profesor en la Universidad Complutense y dejó huella en la maternidad de O’Donnell, lugar que incluso les llevó a visitar.
El doctor Julio Iglesias Puga con Ronna
Aunque vive en Estados Unidos, admite que le habría gustado establecerse en España, pero priorizó la intimidad y el anonimato para Jaime y Ruth, convencida de que allí habrían crecido siempre bajo la etiqueta de «los hijos de Papuchi». Ese deseo de protegerlos la llevó a criarlos lejos de los focos, mientras les transmitía la filosofía vital de su padre: disfrutar de lo sencillo, reír ante las adversidades y no tomarse la vida demasiado en serio. Ruth heredó la belleza de su madre y el humor de su padre, y con seis años fue coronada Miss Florida Princess. Jaime, por su parte, creció con discreción, disfrutando de la vida tranquila que su madre quiso darles en Estados Unidos, lejos de la presión mediática de España.
Esta serena madurez contrasta con la intensa historia que marcó su vida. Su romance con Julio Iglesias Puga comenzó en el Madrid de los 90, en el Paseo de la Habana, cuando ella era una joven estadounidense recién llegada y él, un reputado ginecólogo de espíritu jovial. Hoy lo recuerda como un amor a primera vista, donde los casi 48 años de diferencia nunca fueron un obstáculo. Papuchi, dice, era rápido de mente, divertido, encantador y profundamente religioso, un hombre adelantado a su tiempo que desbordaba vitalidad y sentido del humor.
Julio Iglesias y el doctor Iglesias Puga
El 1 de marzo de 2001, tras varios años de convivencia, se casaron en Florida en una ceremonia íntima y secreta, organizada casi sin planear. Ronna tenía 38 años y Papuchi, 85. Fue él quien insistió en formalizar la relación, y la fotografía de aquel día aún preside su salón: ella, con un vestido blanco entallado y el pelo recogido, mirándole con la complicidad de quienes celebran un amor sin prejuicios.
Hoy, a sus 69 años, y coincidiendo con el que habría sido el centenario de Papuchi, Ronna transmite una alegría serena, mezcla de nostalgia agradecida y libertad recién estrenada. Viuda desde 2005, ha aprendido a recordar sin lágrimas, convertida en la guardiana de una historia de amor que vivió sin estridencias y que ahora honra con una vida discreta, tranquila y agradecida. Y, al menos de forma pública, no ha vuelto a rehacer su vida sentimental.