04 de diciembre de 2021

Reemplazos para la División Azul. Voluntarios españoles marchan hacia sus destinos

Reemplazos para la División Azul. Voluntarios españoles marchan hacia sus destinos

Primera parte

Legionarios en la División Azul, parte I: 'Tía Bernarda', el batallón más feroz

El batallón de reserva 250, apodado 'Tía Bernarda', era una de las mejores unidades de la División Azul y vengó a los españoles asesinados por los rusos empuñando cuchillos y bayonetas
La División Española de Voluntarios, conocida como División Azul, estuvo nutrida mayoritariamente por falangistas. Pero en sus filas también hubo muchos hombres procedentes de las reclutas de Ceuta y Melilla, especialmente de la Legión española, que jugaron un papel determinante en los grandes combates en la Unión Soviética.
Esos legionarios que marcharon a la División Azul estuvieron distribuidos de dos maneras distintas. Muchos de ellos fueron asignados a distintos regimientos. Otros formaron una unidad propia: el 250 Batallón de la Reserva Móvil, conocido popularmente como la 'Tía Bernarda', dado que su experiencia en combate y ferocidad hacía que fuera usado en situaciones límite, en ataques, contraataques y defensas numantinas.
Tantos unos como otros tuvieron comportamientos individuales y colectivos de legionarios, dejando muy claro el espíritu de acudir al fuego: «La Legión desde el hombre solo hasta La Legión entera, acudirá siempre donde oiga fuego, de día, de noche, siempre, siempre, aunque no tenga orden para ello».
Extendieron la leyenda de que el soldado español no teme a la muerte. Supieron ganarse la admiración de sus aliados en la lucha contra el comunismo de Stalin y, de forma secundaria, hicieron olvidar a los alemanes la tentación de invadir España para ocupar Gibraltar. El mariscal Keitel así lo confirmaría en sus declaraciones durante los juicios de Nüremberg: «Hitler anunció que abandonaba la idea [de invadir España]; no le gustaba verse obligado a transportar sus tropas a la fuerza, contra la cólera de Franco».
Cinco semanas de instrucción recibían los españoles antes de lanzarles a la estepa rusa. El periodo de instrucción de los marines, que operan en escenarios menos sangrientos, es de 13 semanas. Los miles de veteranos españoles que combatieron en la guerra de Marruecos, en la campaña de Asturias y en la de España venían con la ventaja de la experiencia en guerra. El primer reclutamiento en Ceuta, Melilla y el Protectorado dio 1.682 soldados y 63 oficiales, regulares y legionarios suficientes para un regimiento. Eran combatientes experimentados y feroces. 

Grupos de Legionarios

En tres batallones del regimiento 269 existían grupos de legionarios curtidos. El primer batallón lo mandaba García Rebull; el segundo, el comandante Román. El tercer Batallón del 269, organizado en Ceuta, lo mandaba Ángel Ramírez de Cartagena y Marcaida. En este batallón se encuadraban legionarios portugueses. Había más legionarios en el primer y segundo batallón del regimiento 262, procedentes del primer y segundo tercio. En la octava compañía del segundo batallón del 263 había legionarios procedentes de la VIII Bandera. También había personal que venía del Tercio en el Regimiento 240 y en Antitanques.
Pero la unidad del Tercio por excelencia dentro de la División era el 250 Batallón de Reserva Móvil, 'Tía Bernarda'. Su primer comandante fue Fernando Osés Armesto. El Batallón reunió buena parte de la recluta en las plazas de Ceuta y Melilla. Su experiencia en combate no tenía que ver con el resto de la fuerza expedicionaria, en su mayoría voluntarios falangistas. Muñoz Grandes los movilizaba en los momentos críticos: taponaban una brecha, detenían una ofensiva o reforzaban un asalto. Empezaron en la vanguardia de los contraataques más feroces cerca del Volchov. No eran damas de la caridad. Los del Servicio de Información de la División tenían abierta ficha de un centenar de legionarios, en ellas se anotaba: blasfemo, pendenciero o tatuaje en la espalda con el martillo y la hoz.
Era considerado un grupo de elite pero también de exaltados bastante independientes. Era el conjunto más veterano y homogéneo. Su talante era el desprecio a la muerte, con un gesto legionario orlado con largas patillas no reglamentarias y afilados cuchillos que el enemigo ruso llegó a temer. Algunos llevaban el cinturón del Tercio, no la hebilla alemana. En las guerreras lucían escudos de la Legión. Eso incumplía las reglas sobre cómo llevar el uniforme de la Wehrmacht, pero nadie tenía valor para castigarlos por ello. Recordaba un veterano legionario del primer Batallón del Regimiento 269: «Éramos temidos por nuestros propios compañeros de armas, por el jefe García Rebull e incluso por los soldados alemanes, camaradas de armas en la lucha contra un enemigo común».
Los legionarios fueron creando su propia leyenda asaltando trincheras comunistas «buscando acortar distancia con el enemigo para llegar a la bayoneta»; partisanos devueltos a las líneas enemigas vivos pero inútiles para volver a la guerrilla... 

Los cuarteles

El día 18 de octubre de 1941, dos secciones legionarias del segundo Batallón del Regimiento 269 establecieron una cabeza de puente en Udarnik. El comandante Osés, al frente de 'La tía Bernarda', conquistó la aldea de Dubrovka, girando para atacar unos edificios de piedra, bien defendidos, que los guripas bautizaron como 'Los cuarteles'. El Batallón 250 realizó la primera parte del avance en desenfilada, aprovechando el talud del río. Al principio, 'La tía Bernarda' atacó al más puro estilo de la vieja infantería, a pecho descubierto: las compañías desplegadas en línea, la bayoneta calada y avanzando sin suficientes elementos de apoyo de fuego. Una versión de esos hechos figura en el libro Diario de una aventura, del alférez Castañón de la 9ª Compañía del Regimiento 269. En las páginas 144 y 145 relata: «Tuvo este batallón integrado por voluntarios procedentes de Melilla y Madrid, muchas bajas. El enemigo, parapetado en 'Los Cuarteles', dejaba acercarse a los nuestros quienes, pisando minas camufladas por el enemigo para su mejor defensa, provocaban explosiones que lanzaban por el aire brazos y piernas de voluntarios españoles… El coronel Esparza, debía de creer que estaba en el asalto de un blocao en la anémica guerra del Rif».
Entre los caídos legionarios están los tenientes Francisco González Barreira y Acisclo Manzano Carrión, del 250 BON de Reserva Móvil; el sargento Bernard Maldonado Bonilla, de la 7ª cía/2ºBON/269. El soldado Manuel Iglesias Fernández. Y, procedentes del Primer Tercio, Benito Bravo González y Miguel Limón Castizo, de Huelva, destinado este último en el I Batallón, Regimiento 262.

La leyenda de la Posición Intermedia

En el historial de los legionarios guripas aparece una fecha, 27 de diciembre de 1941, y un lugar: «La posición intermedia». Era un reducto español que protegía el sector entre Lubkowo y Udarnik tras las líneas soviéticas. El coronel Esparza envió a la sección del alférez Rubio Moscoso a aquella elevación. La orden que recibieron fue «clavaros al terreno». Tras duros combates, los españoles fueron asesinados de una forma brutal. En La División española de Hitler, los autores Kleinfield y Tambs, escribieron sobre el rescate de la Posición Intermedia: «Cuando la patrulla española coronó la cresta, sonaron gritos de rabia y angustia. Los rusos habían hecho su tarea. Los españoles murieron clavados al suelo con picos de los que utilizaban los soviéticos para romper el hielo. Uno de los picos brillaba en el centro de la frente de un guripa». Un legionario reconoció a su amigo Ramón «con un machete metido en la boca, muy abierta, porque habían clavado su nuca a la tierra endurecida por el frío. Los cadáveres estaban rematados y congelados a casi 40 grados bajo cero».
La réplica fue rápida. Llamaron a los legionarios de 'La tía Bernarda'. Bosquejaron un contraataque rápido apoyados por unidades del regimiento 269. Salieron de sus trincheras a vengar el asesinato de sus camaradas sonriendo de una manera feroz, con gritos de «¡Arriba España!» y «¡Viva La Legión!». Los legionarios atravesaron el campo de batalla como un rayo. Empuñando cuchillos y bayonetas se lanzaron a un combate cuerpo a cuerpo. Uno de ellos lo recordaba así: «Nos metimos en sus trincheras y los sacamos a bayonetazos. Después corrieron sobre la nieve gritando 'Vojna kaputt' [la guerra se acabó] y los abatimos». Los rusos en sus bolsillos llevaban los objetos que habían robado a los muertos españoles. El divisionario Carlos María Ydígoras –tenía 17 años–, dejó su visión del campo de batalla plasmada en su libro Algunos no hemos muerto: «Debía asustar vernos contemplar la bayoneta, acariciarla como si se tratase de una reliquia... Lo que ocurrió cuando nos abalanzamos sobre los rusos entra dentro de los ámbitos del delirio».
Los rusos fueron desalojados. La acción duró menos de 12 horas. Según recuento de los cadáveres, las pérdidas rusas ascendieron a 1.080 muertos, principalmente de los regimientos 1002 y 1004; sin prisioneros. Las bajas españolas: tres oficiales muertos y cuatro heridos y 32 suboficiales y clases de tropa muertos y 61 heridos, todos del regimiento 269.
[Continúa en Legionarios en la División Azul, parte II]
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