25 de septiembre de 2022

La Familia Kennedy en el verano de 1931

La Familia Kennedy en el verano de 1931Richard Sears / Wikimedia Commons

Dinastías y poder

Los Kennedy: la historia de escándalo y poder de la familia más importante de América

En apenas dos generaciones lograron erigirse en una de las familias más influyentes de Estados Unidos y un símbolo de poder. Por sus sábanas han desfilado desde Gloria Swanson a Marilyn Monroe

¿Cómo se puede pasar de la pobreza a convertirte en el más poderoso clan americano? Emigraron a Boston a mediados del siglo XIX huyendo de la hambruna que azotaba Irlanda. En apenas dos generaciones lograron erigirse en una de las familias más influyentes de Estados Unidos y un símbolo de poder. Por sus sábanas han desfilado desde Gloria Swanson a Marilyn Monroe. Considerados como la más alta «aristocracia americana»; ellos son los Kennedy. De sus filas han salido políticos del Partido Demócrata, grandes fortunas, estafadores y socialities, además de una de las personalidades más icónicas del siglo XX: John F. Kennedy, el primer presidente católico de la historia de EE.UU. y el más joven. Apenas fue durante dos años inquilino de la Casa Blanca, pero su leyenda sigue viva en los americanos y entre alguna presidenciable que aspira a devolver al despacho oval los aires glamourosos de aquel Camelot de los 60.

De la pobreza al poder

Era el año 1848. El hambre azotaba una Irlanda convertida en el granero de Inglaterra. Una colonia de explotación de la que cada día, partían rumbo a las Américas centenares de familias en busca de una vida mejor. Entre ellos se encontraba Patrick Kennedy. Joven, trabajador que se aferró a un empleo como tonelero en el puerto de Boston. Pero el cólera terminaba con su vida tan pobre como había llegado. Dejaba esposa y tres hijos, un varón de nombre también Patrick que se deslomaba como estibador en el muelle. Vivían modestamente, en el barrio irlandés de mayoría católica, alejado de las élites, también emigradas, aunque prósperas, que profesaban el anglicanismo desde tiempos anteriores a Jorge III y la independencia. Patrick Jr. era espabilado, y en ese ambiente tabernario olió la posibilidad de fortuna en la sed y la importación de whisky. Tuvo éxito y ganó peso como líder económico de la comunidad irlandesa de Boston. Con los años hizo fortuna y su familia pudo disfrutar de la holgura financiera que a él le había faltado. Con su esposa, Mary Hickey, educó a su prole en la bonanza que le confería empezar a moverse en las filas de los dirigentes Demócratas de Massachusetts. Por eso, su hijo Joseph Patrick (1888-1969), Joe, el llamado a convertirse en el auténtico patriarca del clan de los Kennedy, creció con el olfato del dinero y el poder. Él ya se formó en Harvard. Corría la primera década del siglo XX y todo empezaba a cambiar en América.
Rose y Joseph Kennedy. En ese momento, Kennedy estaba terminando su gira como embajador en la Corte de St. James

Rose y Joseph Kennedy. En ese momento, Kennedy estaba terminando su gira como embajador en la Corte de St. James

Joe trabajó en banca, formó parte del consejo de administración de una compañía eléctrica y en 1913 se convirtió en el presidente de banco más joven del país, el Columbia Trust Bank, al que libró de una fusión. Era ambicioso, con afán de poder. Por ello cuando se cruzó en su vida la encantadora Rose Fitzgerald no lo dudó. No solo era una celebrity en la ciudad, sino también católica de origen irlandés y, sobre todo, hija del alcalde de Boston, que había ascendido de contable a director de una compañía de seguros. Se casaron en 1914. Ella aportaría los contactos políticos que todavía le faltaban. El tándem parecía perfecto.

Joe tenía un objetivo claro ante sí: convertir a uno de sus hijos en presidente de los Estados Unidos

Con la ayuda de Herst, el magnate de la prensa y amigo, consiguió vender la imagen de familia perfecta. Tuvieron cuatro hijos varones, guapos, listos, deportistas y obsesionados con el triunfo. Y cinco chicas. Las fotografías de su idílica mansión en Brooklyn, llenaban, cada día, las páginas de sociedad, aunque, en parte era fachada y sobre ellos no tardaría en cernirse la tragedia. Joe se hizo aún más rico en pleno Crack del 29 gracias a la especulación en el mercado de valores y con negocios que, parece, rozaban la ilegalidad. Pero nada importaba: se había convertido en una de las principales fortunas de EE.UU. con gran presencia en las inversiones bursátiles y financieras. Tenía también aspiraciones políticas que se vieron recompensadas cuando, en 1938, el presidente Roosevelt le nombró embajador en Londres, el puesto más prestigioso de la política americana. La amenaza del totalitarismo en Europa era cada día más peligrosa. El desembarco de los Kennedy en Reino Unido fue colosal: la perfecta representación del triunfo. Pero, Joe, al igual que el primer ministro Lord Chamberlain, se mostraron partidarios del apaciguamiento; de los Acuerdos de Múnich. Incluso parecía dispuesto a reunirse con Hitler y eso, Roosevelt no podía consentirlo. Así que fue destituido y volvieron a América. En adelante, el patriarca, tenía ante sí un claro objetivo: convertir a alguno de sus hijos en presidente de los Estados Unidos.
John F. Kennedy en el despacho presidencial

John F. Kennedy en el despacho presidencial©GTRESONLINE

Dolor y gloria para los Kennedy

Su primogénito y favorito, Joseph, falleció en plena Segunda Guerra Mundial pilotando un bombardero sobre Francia. John, tras servir en las filas del Ejército estadounidense durante la guerra, inició una meteórica carrera política que lo convirtió en diputado demócrata en 1946 hasta llegar a ser elegido presidente de Estados Unidos en 1961, después de aquel debate televisivo frente a Nixon en el que explotó su lado más seductor. Fueron los días de la carrera espacial y la crisis de misiles en Cuba pero también aquellos en los que su mujer, Jackie, una periodista reconvertida a primera dama, deslumbraba al mundo con sus estilismos de Oleg Cassini y Givenchy. Llevaba un Chanel rosa cuando su marido fue asesinado en Dallas ese fatídico 22 de noviembre de 1863. JFK tenía 49 años. Su hermano Robert (Bob), que había sido designado fiscal general de los Estados Unidos, se convertía en la nueva esperanza de la familia. Pero moría apenas cinco años después, cuando un palestino le atestó un tiro en un hotel de Los Ángeles. Solo quedaba Edward (Ted), el menor, quien tras un prometedor ascenso como senador por Nueva York, sufría un accidente de tráfico con una joven que fallecía mientras él se daba a la fuga. Aquel episodio arruinó su carrera.
Desde entonces, «dolor y gloria» en la más importante familia norteamericana: un matrimonio con Onassis para la viuda de América, drogas, lobotomías, accidentes de avioneta, escándalos sexuales, carreras truncadas hacia el poder y hasta estrellas de Hollywood. Ellos son los Kennedy.
Comentarios
tracking