07 de agosto de 2022

Omar Ibn Hafsún, el Pelayo de Al Ándalus

Omar Ibn Hafsún, el 'Pelayo' de Al Ándalus

Omar Ibn Hafsún, el 'Pelayo' de Al Ándalus

Este rebelde hispano desafío durante cuarenta años el dominio Omeya en Hispania y por supuesto Al-Ándalus

El siglo IX en la Península es muy complejo. Frente al inicio de la Reconquista en Asturias, la creación de los incipientes reinos de León y Pamplona y la presión de los francos en el valle del Ebro, en las regiones conquistadas por los invasores islámicos dependientes del Califato Omeya de Damasco hay que sumarle una serie de pugnas entre diferentes esferas de poder.
De entrada Al Ándalus era, en ese momento, un Estado cristiano dominado por una élite islámica minoritaria compuesta por árabes y bereberes que a través del impuesto de la jizia oprimía a los cristianos y judíos del Estado. En este contexto existían conflictos palaciegos entre miembros de la corte bereber y los árabes.
Tanto unos como otros representaban el poder nuevo que estaba configurando un modelo urbano que atraía a las ciudades a amplias capas de población rural, lo que hacía daño a los intereses de la nobleza rural de origen hispano godo e hispanorromano que unos años atrás se habían convertido al Islam para mantener sus posesiones y privilegios.

El más importante de los rebeldes andalusíes

Se habla mucho de los hispanorromanos Banu Qassim (Familia de Casio, nombres hispanorromanos del orden senatorial) de las regiones del Valle del Ebro pero poco de los Banu Hafsún, una rica y poderosa familia noble de origen hispanogodo que tenía sus tierras en las regiones de Málaga cerca de la zona de Parauta, Ronda, Antequera y el este de Cádiz.
Omar Ibn Hafsún nació en torno al 850 en Parauta (Málaga) y siendo joven mató a un pastor bereber que robaba ganado a su abuelo, el noble Yafar Ibn Hafsún razón por la cual escapó y huyo por los montes uniéndose a una partida de ladrones y salteadores de caminos hasta que fue capturado y azotado en Málaga.
Tras este episodio decidió esconderse en el norte de África temiendo que su asesinato fuera descubierto. En 878 se produjo la rebelión en el sur de Al Ándalus, en las tierras de su familia y decidió volver en el 880 para formar parte de la rebelión.
Junto con otros muladíes (cristianos conversos), mozárabes (cristianos de Al Ándalus) y mesnadas de bereberes, que eran considerados de segunda en relación al orientalizante poder que los omeyas comenzaron a ejercer con Abderrahman II y Mohamed I, las luchas palaciegas y el creciente protofeudalismo (no olvidado por los nobles preislámicos) creó el caldo de cultivo para la campaña que lideraría Hafsún y que hizo tambalearse al emirato de Córdoba.
En 883 será perdonado por Mohamed I e integrado en su guardia personal pero tanto él como sus tropas eran menospreciadas y maltratadas por los propios gobernantes árabes que no permitían que los muladíes tuvieran acceso a las prebendas de los emires al nivel de árabes y maulas en lo que era una sociedad de castas donde los muladíes eran considerados como el último escalón antes de los infieles.
La segunda rebelión de Ibn Hafsún sería la más peligrosa ya que si en la primera se destacó como líder de una revuelta campesina y caótica, en esta era un reconocido caudillo militar, con carisma y con el apoyo de sus tropas y población, de ahí que con sus tropas conquistara una gran parte del sur de Andalucía y creara un centro de poder paralelo concentrado en Bobastro.

El protoreino de Bobastro

Ese centro de poder hizo que la revuelta fuera más fuerte aún y que las tropas andalusíes recuperaran Iznájar, Archidona y Priego sitiando Bobastro. Hafsún firmó una rendición a cambio de la amnistía la cual el emir aceptó por lo que el rebelde andalusí se retiró. Pero en el camino de vuelta Hafsún volvió a atacar a los musulmanes en el momento en que Al Mundir, que lideraba las tropas, fallecía y era sucedido por su hermano Abdallah quien heredó un reino en caos.
Sin embargo en 891 Abdallah junto con los Banu Qassim lograron derrotar a Hafsún en Aguilar de la Frontera, lo que provocó el declive de la revuelta al no poder volver a recuperar las tierras perdidas, no obstante esa situación fue el acicate para que el «protoreino de Bobastro» viva su máximo esplendor.

Su conversión y la de su familia al Cristianismo católico, cambiando su nombre a Samuel y «visigotizando» sus territorios le otorgaron el renombre de Don Samuel de Bobastro , el Don Pelayo del sur

Hafsún, en ese momento, consolidó su poder como señor de la guerra firmando acuerdos con otros rebeldes y rivalizando con Córdoba. Esto le valió ser considerado un rebelde peligroso e incómodo para la historiografía oficial, pero su conversión y la de su familia al Cristianismo católico, credo de sus abuelos, cambiando su nombre a Samuel y «visigotizando» sus territorios le otorgaron el renombre de Don Samuel de Bobastro, el 'Don Pelayo' del sur.
Nombró un obispo, mandó un emisario a Alfonso III de Asturias con su genealogía visigoda y pidió el reconocimiento de su protoestado como un Estado cristiano heredero de la presencia visigoda en el sur de España. Al mismo tiempo sus misiones diplomáticas cubrían a los chiitas del norte de África y a los demás rebeldes musulmanes de España como los de Badajoz o Zaragoza.
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Sin embargo en el año 912 subió al poder el fanático Abderrahman III, enterado de la apostasía de Samuel y sus hijos y entendiendo el peligro de una unión de Cristianos del norte y del sur de España, junto con los fatimíes y demás grupos chiitas enfrentados a los omeyas de Córdoba.

A la muerte de Hafsún

Samuel murió en 918 dejando a sus hijos los territorios mantenidos. Su heredero, Suleyman mantuvo la revuelta hasta que fue suprimida por los omeyas de Córdoba en 928. En 929 Bobastro fue tomada y Abderrahman III, personalmente, hizo abrir la tumba de Samuel Hafsún.
Al descubrir que estaba enterrado de espaldas en una tumba cristiana se ordenó exhumar el cuerpo y que fuese crucificado junto con el de sus hijos Yafar y Suleyman (también convertidos al cristianismo y asesinados por las tropas de Abderrahman III) en la puerta Babassuda de Córdoba para avisar a los musulmanes de que las consecuencias de abandonar el Islam es la muerte.
Ese mismo año Abderrahman III disolvió el emirato independiente de Córdoba y lo transforma en un Califato Independiente.
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