03 de diciembre de 2022

Francesc Català Roca, El piropo. Sevilla, 1959

Francesc Català Roca, El piropo. Sevilla, 1959

La prohibición del piropo no es nueva y las bromas que provoca tampoco

La ley del 'solo sí es sí' ha suscitado muchas polémicas. Una de ellas acerca de si el piropo iba a ser considerado como infracción administrativa, incluso como delito leve y, en consecuencia, castigado con multa o arresto

La Ley Orgánica de Garantía Integral de Libertad Sexual de 6 de septiembre de 2022, conocida como la ley del 'solo sí es sí', ha suscitado muchas polémicas. Una de ellas acerca de si el piropo iba a ser considerado como infracción administrativa, incluso como delito leve y, en consecuencia, castigado con multa o arresto. Porque la nueva ley modifica algunos artículos del Código Penal, entre ellos el 173 que considera autor de un delito leve a quienes «se dirijan a otra persona con expresiones, comportamientos o proposiciones de carácter sexual que creen a la víctima una situación objetivamente humillante, hostil o intimidatoria, sin llegar a constituir otros delitos de mayor gravedad». Algunas personas vieron en esto la penalización del piropo, ya castigado en Francia o Perú. Las informaciones aparecidas llevaron a la secretaria de Estado de Igualdad a desmentir tal cosa y señalar que «un piropo no es una forma de violencia contra las mujeres».
Penalizar el piropo es algo complicado y, posiblemente, en la mayoría de los casos, desproporcionado. Seguramente faltaría el dolo del autor y, en cuanto al daño causado, se estaría al sentimiento íntimo de la presunta ofendida por lo que la misma expresión podría ser aplaudida o castigada. En el fondo es una cuestión de buen gusto. Es difícil decir algo ingenioso, que no esté gastado y que agrade a la mujer a quien se dirige. Posiblemente el piropo callejero es algo de otra época, pasado de moda e innecesario según los usos actuales. Pero llevar el piropo a la ley para reprocharlo y sancionarlo es una exageración.
No obstante, siempre ha habido moralistas rigurosos que, en pro de la defensa del bien común, de las buenas costumbres, del orden público o de lo que fuere, han prohibido el piropo en diferentes lugares y épocas. La mayor parte de las veces sin contar con una demanda social previa y provocando cierta hilaridad entre la población a la que se pretendía proteger y que reaccionó con la chanza y la burla. Y estas situaciones han pasado a la literatura. Como muestra, dos ejemplos.

La prohibición y la sátira en la literatura

El 4 de abril de 1934 se estrenó en el Teatro Cómico de Madrid el entremés Requiebros de los hermanos Álvarez Quintero, en función homenaje a sus autores e interpretado por Carmen Díaz, era una actriz sevillana protagonista en muchas de las comedias de los autores de Utrera. Si bien los entremeses de los Quintero son un ejemplo de gracia contenida, de ejercicio para los actores que deben representar sin histrionismos para no perder el sentido de las palabras y el efecto en el público, el monólogo Requiebros no está entre los mejores. El argumento es simple, una viuda joven llega a casa escandalizada porque el gobernador civil de Sevilla ha prohibido los piropos callejeros bajo multa de dos duros. Los autores aprovechan la actualidad gubernativa para recoger una serie de piropos o requiebros, que consideran inventados con gracia y que son inofensivos ya que la protagonista cuenta lo mucho que le gustan y cómo los echa de menos desde la prohibición. En fin, un elogio del piropo y un alegato contra las prohibiciones moralistas.
Antes de esto ya hubo otro ejemplo curioso. En julio de 1889 el jefe de Policía de Buenos Aires ordenó reprimir con cincuenta pesos al que piropeara a una mujer en la calle. Era una época muy interesante porque era el inicio del tango, lo que se llama La Guardia Vieja. Un tango popular, incluso barriobajero, que se bailaba en las calles entre hombres y en lugares de mala muerte, burdeles y tabernas sin lustre. Todavía era música sin letra y los compositores no solían tener formación musical por lo que tocaban de oído. Los llamaban orejeros. Pero ya empezaba a haber algunos poetas del pueblo que entendieron que ese tipo de música merecía letra. Faltaban algunos años para la eclosión del tango canción con Carlos Gardel y algunos otros pioneros tan importantes como José Razzano.
Uno de los primeros poetas del tango fue el genial Ángel Villoldo, nacido en 1861. Tal vez el primero en comprender la importancia de la letra en el tango. Hombre de varios oficios, conocedor de los barrios populares, supo entender el sentimiento de las gentes y transformarlo en canciones. Fue un poeta sencillo de personajes criollos que iban abandonando las costumbres del campo para arracimarse en Buenos Aires. Cantaba sus composiciones, algunas tan importantes como El porteñito o El esquinazo. Cogió de los tanguillos y cuplés españoles la picardía, el doble sentido y la chispa. Por eso no dejó de aprovechar la prohibición del piropo para componer uno de los primeros tangos que tuvieron letra, sencillo, ingenuo, con el título de ¡Cuidado con los 50!
Decía: «Yo cuando vea cualquiera mujer/ una guiñada tan solo le haré/ y con cuidado, que si se da cuenta,/ ¡ay! de los cincuenta no me salvaré». Un amigo le aconsejó que, para darle publicidad a su composición, saliera a la calle y le dijera un piropo a una mujer para ser multado con los cincuenta pesos. Eso, bien sacado en los periódicos, sería la mejor propaganda. Hizo lo que el amigo le dijo pero ninguna de las mujeres piropeadas lo denunció, con lo que se frustró su estrategia comercial.
Al final, una prohibición meramente moralista sometida solo al criterio sentimental solo daba como secuencia la sátira de algunos ingenios.
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